Pese a ser considerada hoy una pseudociencia, la frenología gozó de gran interés en el siglo XIX, cuando se impuso la idea de que el estudio de los rasgos faciales y del cerebro podían determinar la personalidad, el carácter o la tendencia violenta de un individuo. Un neurólogo y un investigador especializado explican a este periódico en qué consistió esta teoría científica y por qué está desacreditada en la actualidad.
En el siglo XIX, la
frenología planteaba la posibilidad de determinar la personalidad, el carácter, la tendencia violenta o el ingenio a partir del estudio de los rasgos físicos y del cráneo del individuo. Hoy considerada una pseudociencia, es definida por el diccionario de la Real Academia Española como "una doctrina psicológica según la cual las facultades psíquicas están localizadas en zonas precisas del cerebro y en correspondencia con relieves del cráneo. El examen de estos permitiría reconocer el carácter y aptitudes de la persona".
Fracisco Carod Artal, neurólogo y editor de la revista
Neurosciences and History, explica a este periódico que, según la opinión de la época, “el cerebro constaba de muy diversas áreas o regiones en las que residiría específicamente una función – el lenguaje o las capacidades mentales superiores-, pero también otro tipo de centros u órganos, como el de la
agresividad, impulsividad o religiosidad”. La potencia de cada una de las funciones cerebrales, añade, “estaría en relación directa con el estado del órgano en el que se asienta, es decir, que si el órgano es grande, su función estaría aumentada”.
Partiendo de las técnicas de la época, “cada uno de estos centros no serían visibles directamente, pero sí de un modo indirecto, ya que la morfología de la
calota craneal vendría determinada por la forma, el tamaño y la función de las regiones cerebrales subyacentes”. Así, los relieves externos del cráneo “serían signos indirectos de los centros cerebrales y su mayor hipertrofia o hipotrofia, una expresión del grado de desarrollo de esos centros donde se localizan las funciones cerebrales”.
A principios del siglo XX, el naturalista Nicolás León integró en la penitenciaría de Lecumberri, también llamado El Palacio Negro, una oficina de identificación antropométrica criminal. Los cráneos y fotografías de cada uno de los criminales estudiados por Nicolás León se encuentran actualmente en el Museo Nacional de Antropología de México. Imagen por cortesía de José Concepción Jiménez, archivo de la Dirección de Antropología Física del INAH, México. Sobre la imagen se superpusieron las dos medidas (anchura facial y altura facial) utilizadas para construir el índice fWHR (cociente anchura/altura facial).
La frenología, pues, contemplaba la posibilidad de “conocer el
estado de cada órgano cerebral , así como la potencia y magnitud de su función cerebral mediante la palpación externa del cráneo, técnica llamada craneoscopia”, explica el doctor Carod Artal.
Pese a que hoy por hoy esta doctrina científica se encuentra
desacreditada, en el siglo XIX fue usada como un método de estudio de la personalidad. “A través del estudio del cráneo se podía llegar a conclusiones sobre la agresividad o peligrosidad social del individuo. Por ejemplo, fue empleada para valorar la peligrosidad social de sujetos recluidos en presidios”, comenta este neurólogo.
Sin embargo, no sólo fueron estudiados los cerebros de
individuos violentos, sino también los de los genios. Así, por ejemplo, se sospecha que la cabeza de Francisco de Goya, que fue perdida, pudo ser sustraída de la tumba con objeto de que fuera estudiada por frenólogos. Otra teoría apunta a que pudo ser el propio pintor el que la donó a su amigo Jule Laffargue con tal propósito.
Durante el
siglo XIX, la frenología se popularizó especialmente en los países anglosajones y en Francia, “ya que ofrecía la posibilidad de ‘diagnosticar’ o detectar los centros cerebrales sin una tecnología y con un acceso muy fácil por parte de cualquier persona medianamente entrenada”, comenta Carod Artal.
Aunque este neurólogo cree que la frenología ha de ser considerada como una
“protociencia”, cree que su mérito fue lograr “una localización de las funciones cerebrales”. Los seguidores que pueda tener hoy han de ser tratados como defensores de una “pseudociencia”, ya que “no existe ninguna evidencia científica que sustente que las callosidades de la calota craneal (o su hipertrofia) guardan relación con ninguna pretendida función cognitiva, social o de la personalidad”.
El descrédito le llegó a la frenología de la mano de sus propios seguidores, argumenta Carod Artal, quien opina que fueron ellos quienes llevaron la doctrina “al terreno del charlatanismo”. El “error” de pretender describir “localizaciones precisas para la emotividad, las pasiones, la agresividad, la religiosidad, la vida social o sexual, la criminalidad o la peligrosidad social en función de la craneoscopia no resistieron el paso del tiempo ni el desarrollo de la
moderna neurología funcional”.
Estudios recientesEn 2011,
Michael P- Haselhuhn y
Elaine Wong, de la Universidad de Pensilvania y de la de Milwakee, respetivamente, plantearon que aquellos individuos con la cara ancha en relación con la altura del rostro tienden a presentar
comportamientos más agresivos.
“A partir de estudios experimentados realizados en jugadores de hockey sobre hielo y en estudiantes universitarios, se aseveró que los varones con caras más anchas en relación con la altura eran percibidos por los demás como más antiéticos”, explica a este periódico
Rolando Gozález-José, investigador del Consejo de Investigaciones Científicas y Técnicas de Argentina (Conicet) y autor de un estudio publicado este año junto al mexicano Jorge Gómez-Valdés, de la Universidad Autónoma de México (UNAM), y que vino a rebatir los postulados expuestos por sus colegas estadounidenses.
Según Gozález-José, “la correlación entre la anchura y la altura facial y el
comportamiento antiético no necesariamente implica que algunas personas ‘nacen’ antiéticas, ya que las correlaciones encontradas son muy débiles y explican una proporción de variabilidad comportamental muy baja”.
Debido a las interpretaciones
“socialmente peligrosas” que se pueden derivar de esta hipótesis, este investigador sostiene que es fundamental someterlas a una evaluación con todas las herramientas disponibles; tarea que resulta “complicada”. Si bien, a partir de las investigaciones llevadas a cabo por el equipo internacional del que ha formado parte, sus conclusiones desmintieron que hubiera una correlación entre el índice facial y la conducta agresiva como también que los hombres con rasgos dominantes tuvieran mejor salud reproductiva.
Gozález-José coincide con el doctor Carod Artal al afirmar que desde mediados del siglo XIX “ha habido un
interés recurrente por predecir las cualidades morales de un individuo a partir de su aspecto físico”. Fue, sin embargo, la misma biología poblacional “la que derribó estas creencias demostrando que aspectos como el comportamiento y la moralidad no están ligados de manera determinada e inmutable a la información genética de los individuos, sino que se trata de 'fenotipos' superplásticos y capaces de ser modelados mediante la educación y el contexto sociocultural”.
La publicación de este tipo de hipótesis poblacionales, “sin la debida contrastación”, generan “un
aumento de prejuicio racial, casos de discriminación e intolerancia”, comenta este experto.