Rafael Amargo es un bailarín y coreógrafo ecléctico. Sus montajes se mueven entre la concepción tradicional y a la vez actual. A veces muy cercanos al baile contemporáneo, nunca pierden el punto de referencia de la esencia del flamenco. Crea con una mentalidad muy abierta que ha enriquecido considerablemente sus coreografías y que ha despertado interés en muchos círculos, entre los que se encuentran algunos de sus más fieles seguidores. Reconocido con distintos galardones como el de Patrimonio Español concedido por el Consejo Internacional de Danza Unesco o el Premio Max de las Artes Escénicas al Mejor Intérprete Masculino de Danza por El Amor Brujo y por Poeta en Nueva York, entre otros. Tras tres años sin bailar en Madrid, regresa los días 4, 6, 13, 20 y 27 de julio al escenario del Círculo de Bellas Artes para presentar su nuevo espectáculo: Gran Gala Flamenco . Con la colaboración de las bailaoras Concha Jareño y Olga Aznar y junto a sus cantaores y músicos habituales, Amargo presenta un espectáculo creado tanto para el público entendido como para el aficionado.
¿Cómo definiría su espectáculo? ¿Qué ha intentado transmitir?Es un espectáculo que no tiene dramaturgia, es explícito. Es sencillamente una gala de flamenco donde hay una presentación, un final y, entre medias, palos sueltos de flamenco. No es como en
Amor Brujo o
Poeta en Nueva York, en los que había personajes. Aquí no.
La coreografía y la realización están hechas por usted, es decir, que tienen una connotación muy personal. ¿Buscó inspiración en algo o alguien?No, porque no había argumento. Al ser una
suite de palos flamencos y no tener dramaturgia, he tenido que bailar por derecho. Vuelvo a bailar por el cante de las minas, por tarantos, que hace muchísimo que no lo hacía por ese palo. Ha sido como escarbar por dentro. Lo que hace de este espectáculo algo único es que vuelvo a bailar en el teatro donde lo hice hace quince años. Hace tres años que no bailaba en los escenarios de Madrid y ahora vuelvo donde empecé mucho tiempo atrás. Ha sido como un proceso cíclico. No quería, no quería, no quería, y cuando me he animado a bailar, lo he hecho como hace quince años: despacio, en el mismo escenario y con un espectáculo humilde y pequeñito, en el que pretendo que la calidad no sea la cantidad y menos sea más.
En estos quince años, ¿qué cree que ha cambiado en su baile?Ahora tengo la madurez, pero tengo otros miedos, los que tienen que ver con la responsabilidad, es decir, la presión de que se aprecie la evolución. Creo que bailo mejor que antes, pero ahora pienso más las cosas. Eso te hace tener más responsabilidad sobre lo que haces.
Un espectáculo de flamenco como este requiere de mucha preparación. ¿En qué ha consistido?En este caso, al ser grandes piezas de flamenco, hemos hecho
hits, es decir, lo que sabemos que funciona y bailes propios de las bailarinas. Cada uno ha propuesto lo suyo. Por eso, esta vez no ha sido tan difícil ni ha llevado tantas horas de ensayos. Hemos hecho un
collage enlazando piezas.
Cuenta con colaboraciones muy interesantes, pero ¿qué aportan?Estoy arropado por dos grandes bailarinas: Concha Jareño, Premio Nacional de Córdoba, y Olga Llorente. Las dos son muy diferentes. Concha es más la maestría y la solera, el conocimiento de todos los elementos del flamenco, y Olga es más el virtuosismo de la juventud. Una destaca en la técnica de pies y la otra, en la técnica de torso y brazos. Creo que los tres hacemos un tándem muy bueno. También cuento con Maite Maya, Gabriel de la Tomasa y Saray Muñoz como cantaores, y con Antonio Maya al cajón y Mario Montoya y Flavio Rodríguez a la guitarra. Es un conjunto coral maravilloso. Estoy muy contento.
¿Su espectáculo tiene un enfoque puro del flamenco o ha apostado por la fusión?No, no quería hacer fusión porque con este espectáculo quiero que la gente diga ‘olé’. Para lograrlo, hay que bailar flamenco por derecho, flamenco puro.
¿Cree que Madrid es un lugar de referencia para el flamenco?Madrid es un lugar de referencia para el flamenco y la cultura en general, lo que pasa es que el público es muy volátil. No es como en Barcelona, donde hay un público fiel que va evolucionando. Allí es muy difícil llenar, pero si lo consigues, llenas siempre porque el público es fiel. En Madrid nunca sabes lo que va a pasar. Puede ser porque es un colectivo que se mueve más, que recibe mucho turista. Es muy complicado, me da mucho vértigo.
¿Considera que el espacio que acoge el espectáculo, en este caso el Círculo de Bellas Artes, es determinante a la hora de la puesta en escena para su acogida?En este caso es muy importante el sentimentalismo. Para mí estar en el Círculo de Bellas Artes es estar en mi casa. He tenido una carrera meteórica, con muchísimas cosas y mucho recorrido, y ahora es como que otra vez se para el tiempo y vuelvo allí.
Tanguillos, bulerías, tangos, alegrías, fandangos… ¿el público necesita lecciones de danza? ¿Quizá más oferta para que pueda entender y disfrutar de esta disciplina? Creo que igual que los jóvenes van mucho a las discotecas, entienden de una cultura de club y conocen quiénes son los grandes Dj’s, deberían interesarse por la cultura de su país. Es decir, saber que igual que hay una gran gastronomía y una gran moda, hay un sonido, que nos guste o no, es el flamenco. Es el gran desconocido sobre todo para las nuevas generaciones, aunque creo que en realidad todo se basa en mayorías y minorías, porque luego hay mucha gente que le encanta. Creo que no llega a ahondar porque no tenemos el apoyo de las instituciones. No tenemos el apoyo necesario. Falta un apoyo considerable.
¿Qué propone para salvar la danza?No pretendo dar ninguna lección de cómo salvar nada. Tengo un sello, es decir, la gente que ha trabajado conmigo sabe la forma que tengo de enseñar, que se basa sobre todo en la improvisación. Mis alumnos crecen como personajes, pero a mi lado, como persona más que coreógrafo. No soy un maestro patólogo, soy más creador. Soy partidario de unir las artes y las referencias intelectuales de otras disciplinas con danza para que la gente crezca como artista. Me gusta cuando la gente a la que enseño no solo aprende a bailar, sino que sale sabiendo distinguir un Klimt de un Dalí.
¿Los artistas encuentran su hueco en España o se ven obligados a salir fuera?Tiene que salir fuera. Debe hacerlo, de hecho. Conviene vivir en un mundo sin fronteras, con la mente abierta.
¿Cuál de sus representaciones le ha dejado un recuerdo imborrable?He tenido muchas, pero recuerdo una noche en el Teatro Real de Madrid que bailé muy bien y otra noche en el City Center de Nueva York. Recuerdo también una buena actuación que hice en el Sadler's Wells de Londres y otra en el Bunkamura de Tokyo. Cuando bailo bien, lo disfruto. Se crea una sinergia en el escenario con los músicos y los que están presentes que es increíble.
Lance un eslogan a la gente que vaya a ver su espectáculo... Hay que hacer un esfuerzo para que la cultura no sea solo un entretenimiento.