Opinión

¿Manipulación sentimental?

José Manuel Cuenca Toribio | Viernes 05 de julio de 2013
Ha unos meses en uno de los principales diarios del país – y, acaso, el de más influencia en lo medios dirigentes- se publicaron, con breve intervalo entre ellas, sendas evocaciones necrológicas acerca de un personaje relevante de la Transición, una de las muchas figuras que, en todo proceso histórico de largo alcance, ocupan los segundos mandos de la navegación gubernamental, con misión y efectos en no pocas ocasiones más trascendentes que sus “primas donnas”. Personalidad en todo arquetípica de algunas de las hornadas –madrileñas y barcelonesas, sobre todo- surgidas con la reencontrada democracia: hijo de militar de alta graduación, colegio religioso de acreditado prestigio, cosmopolita, gustos refinados… En su caso, debió ser también hombre de singular simpatía y muy dotado para adunar prontas y extensas relaciones amicales y sociales. Cursus honorum igualmente normal en dicha elite, aunque quizá tirando a la baja, pero, desde luego, con los conocimientos necesarios de la alta administración estatal y de los resortes del poder –los arcana imperii de los antiguos…-. Rodado y experimentado en el ejercicio de varias responsabilidades burocráticas en organismos locales e instituciones autonómicas, llegó un día en que le fueron encomendadas elevadas funciones en un Ministerio siempre clave en la vida española, mas, especialmente, en los tiempos del asentamiento de la Transición, en la que no todo ni mucho menos fueron vino y rosas, generosidad y abrazos de Vergara. Su desempeño en puesto de particular dificultad fue notable, con contribución estimable al consolidamiento del régimen parlamentario en su venturoso retorno a los lares hispanos.

Pues bien, a raíz de su –promediadamente- temprana muerte, dos de sus amigos y compañeros de militancia política dejarían constancia en las semblanzas necrológicas antedichas de las cualidades de carácter y trabajo que adornaban al desaparecido. Similares aunque formalmente distintos, ambos retratos coincidían también en la total omisión del fuerte lunar que ensombreciera los años finales del personaje y ennegrecieran una página crucial de la Transición. Por mor del diablo, en su tarea ministerial no pudo resistir la tentación de aumentar su cuenta corriente con fondos públicos. Hecha la luz judicial sobre el, sería condenado con la cárcel. Al devolver más tarde el dinero en cuestión, su prisión se acortó, con viva alegría de conmilitones y colegas.

La amistad lo justifica todo o casi todo. Empero, de ahí a tergiversar sin escrúpulo la realidad de unos hechos clamorosos y acontecidos ante la mirada atónita de gran parte de los lectores del destacado periódico en que se insertaban las aludidas necrologías, media un trecho de honestidad profesional, respeto a la sociedad y servicio a la historia que no cabe recorrer sin incurrir en la manipulación informativa más descarada. Si en tiempos amargos y ya definitivamente dejados atrás –o ello semejaba hasta hace poco…- , la prensa pudo ser llamada con acierto y esperanza el “Parlamento de papel”, deturpaciones como la aquí referida dan vado a reflexiones pesimistas acerca de su aportación a una cultura ciudadana adulta y a una democracia de calidad. Otra vez, los antiguos tenían razón: “Qui custodet cuestores”…

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