Miércoles 10 de julio de 2013
La Fiscalía General egipcia ordenaba ayer miércoles la detención del líder de los Hermanos Musulmanes, Mohamed Badiel, acusado de incitar a la violencia y de ser responsable de la muerte de 55 personas. Es el resultado de la escalada de tensión que vive al país tras el golpe de estado de la pasada semana, cuando Mohamed Mursi fue depuesto del poder. Apenas un año ha durado en el poder el presidente egipcio. Un año en el que, lejos de resolverse los problemas de la era Mubarak, han ido agravándose los que ya había y surgiendo otros nuevos.
Entre los primeros, la complicada situación económica del país, cada día más empobrecido. Y de los añadidos sobresale uno por encima de los demás: imprimir un giro fundamentalista a una sociedad que no necesita de la Sharia y sí, en cambio, de estímulos económicos y de una administración libre de corruptelas. Muchos de los que en su momento votaron a Mohamed Mursi apoyan ahora el golpe, y buena prueba de ello es que, salvo los Hermanos Musulmanes y los salafistas, gran parte de la sociedad egipcia respira aliviada con el giro de los acontecimientos. Resta por ver si, como espera la comunidad internacional, los militares convocan en breve elecciones y devuelven la estabilidad a un país en grave riesgo de fractura social.
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