Opinión

La paz del Dos de Mayo

Sábado 03 de mayo de 2008
La entente cordiale que escenificaron el 2 de mayo Rajoy, Esperanza Aguirre y Gallardón devuelve algo de sosiego a las filas populares. La dulce derrota electoral ha empachado a Génova, y ha sumido al PP en un pesado e inquietante sueño, pero sueño a fin de cuentas. Diera la impresión de que el Partido Popular se dedica, ora a sestear, ora a trifulcas internas que le llevan por un rumbo incierto. No hay oposición, porque la oposición anda enfrascada en asuntos propios, desatendiendo su labor principal, cual es la de fiscalizar los de todos los españoles.

En cualquier democracia, una buena oposición es sinónimo de esfuerzo gubernamental. Quien lleva las riendas de gobierno ha de responder ante las cuestiones que plantean sus oponentes, los cuales, por otra parte, han de mostrar una actitud firme y combativa si quieren ser alternativa. En España, el PSOE asiste, entre perplejo y divertido, a la riña a garrotazos -tan goyesca en estos fastos del 2 de mayo- en el seno del PP. Hay quien asegura que significados políticos populares ya retirados, incluido el propio Aznar, han tomado cartas en el asunto, procurando llamar al orden a un partido que corre el riesgo de descoserse entre taifas y baronías.

Es hora de empezar a hacer oposición. Argumentos hay de sobra. Si el PSOE no estuviera en la bancada azul, temas como el secuestro del Playa de Bakio, la marcha de la economía o el aceite de girasol presuntamente peligroso serían un auténtico caramelo a la hora de controlar y combatir al Gobierno. No ha sido así. Son otras ahora las caras populares -y demasiado pocas aún-, a quienes corresponde salir a la palestra y presentar batalla. Es complicado pasar del terciopelo a la trinchera, pero más difícil es ganar unas elecciones generales. Si esa es su pretensión, los potenciales electores han de ver que la oposición actúa. Sin complejos.

UN FANTASMA RECORRE EUROPA

Alguna mente preclara de la izquierda debe estar estos días rememorando la célebre frase con la que Karl Marx inicia su obra Das Kapital -“El Capital”, Biblia del marxismo-, aunque adaptándola a los tiempos que corren. Tales tiempos no son los mejores para los herederos del prusiano, políticamente hablando. Bien es verdad que el comunismo como tal ha dejado de ser un referente político en la Vieja Europa, tornándose en una anécdota del pasado más bien patética. No así en el ámbito intelectual, donde la órbita de influencia marxista sigue aún viva en determinadas corrientes de opinión, sobre todo en las ciencias sociales. Y es que a nivel político, su heredero más afortunado, el socialismo, no pasa por sus mejores momentos.

El último acontecimiento que certifica tal cosa es la pérdida de la alcaldía de Londres, que pasa de manos laboristas -Ken Livingstone- a conservadoras -Boris Johnson-. Los tories han arrebatado a los whig la joya de la corona municipal británica, y con ello, uno de sus más importantes púlpitos. Ser alcalde de Londres, independientemente de la trascendencia per se de gobernar una ciudad tan importante, supone además un puesto de honor en el particular speakers` corner político de la opinión pública británica y, por qué no, europea.

Ken the Red, como era conocido, no ha sido capaz de reeditar un mandato que duraba ya 8 años, fruto del desgaste -iniciativas como el desorbitado peaje por circular en vehículo particular dentro del casco urbano de Londres nunca acabaron de ser bien vistas-, pero también de los elementos. Sobre todo uno, Gordon Brown, que ha llevado a los laboristas británicos a sus horas más bajas en muchos años. Puede que estemos ante el final de un ciclo, y que el voto de Londres sea un indicador de por dónde pueden ir las tendencias cara a próximos comicios. Ocurre que semejante argumento parece haber cruzado el Canal desde el Continente, pues los conservadores ya gobiernan en Francia, Italia y Alemania, entre otros. ¿Y bajo los Pirineos? Es de esperar que algún fino analista de cuestiones internacionales le traslade al Gobierno de España un análisis parecido. Claro que para eso hay que tener primero las cosas claras en política exterior, pero parece que tal cosa no es prioritaria. A ver por cuánto tiempo.

EL HOMBRE TRANQUILO

Ha fallecido el primer ex presidente de la democracia, Leopoldo Calvo Sotelo, y eso es ya de por sí reseñable, toda vez que el último mandatario -aunque las circunstancias eran bien otras- de quien se anunció el óbito fue el general Franco. Lo ha hecho tranquilamente, sin sobresaltos, un poco como fue él, y eso que razones tuvo de sobra para vivir su vida política con intensidad. Seguro que tenía grabada a fuego aquella sesión de investidura del 23 de febrero de 1981, cuando Tejero entró armado en el hemiciclo y toda España se estremeció al ver planear la sombra de un golpe de estado. Fue aquí precisamente donde Calvo Sotelo tuvo uno de sus principales aciertos. Porque, tras ese acontecimiento traumático, el Presidente Calvo Sotelo encaró su mandato con altura de un gran político. A pesar de que, desde un punto de vista electoralista le hubiera convenido -y hubiera podido hacerlo- resistió tentaciones y presiones para disolver inmediatamente las Cámaras. Actuó como hombre de Estado. Comprendió que, tras el abortado golpe, el país necesitaba encarar el juicio de la intentona con sosiego, serenidad y firmeza, en lugar de una campaña electoral tensa y volátil. Y eso hizo. El juicio fue ejemplar. Se juzgaron, con todas las garantías y transparencia, hechos y se dictaron condenas ejemplares. Pero se evitó un juicio de intenciones y se procuró, con éxito, no convertir el proceso en una caza de brujas indiscriminada contra todo el colectivo militar. Fue la suya una intervención justa y llena de sentido político porque la alternativa contraria, con toda probabilidad, nos hubiera traído graves problemas.

Amén de otras muchas cosas, si en algo se distinguió Calvo Sotelo fue en la discreción con la que desarrolló su vida posterior a la política de primera fila. Apartado del ruido mediático, se centró en asuntos personales o desarrolló su actividad en instituciones independientes, como en la Fundación José Ortega y Gasset, de la que fue su Presidente. En este sentido, su ejemplo debería servir de referente a tantos otros que no han tenido, como él, la virtud de saber pasar a otro plano con discreción. Pocas reacciones fuera de tono se recuerdan del político gallego. Bien es cierto que el naufragio de la UCD no invitaba precisamente a ello, pero aún así, Calvo Sotelo supo retirarse con honor. En su haber cabe apuntar igualmente la época tan tumultuosa que le tocó vivir. Los rescoldos del antiguo régimen aún no se habían apagado, ETA atentaba indiscriminadamente, los partidos de izquierda se movían en una beligerancia fraguada en largos años de clandestinidad, y las estructuras aún poco rodadas de una nueva concepción de Estado hacían que gobernar fuese una ardua tarea. Lo hizo, junto a hombres de la talla de Suárez y Gutiérrez Mellado, y quizá gracias al esfuerzo de todos ellos la nave de la Transición llegó a buen puerto. En el tiempo presente que no vemos más que actores de ocasión interpretando papeles electoralistas soplados por “encuesteros” de coyuntura, parece oportuno acordarnos de quien supo estar a la altura de su papel de hombre de Estado.

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