José Manuel Cuenca Toribio | Viernes 12 de julio de 2013
En uno de los frisos del salón principal de una de las instituciones culturales de la España contemporánea más afamadas y de mayor rendimiento intelectual y político, el Ateneo de Madrid –camino ya de su bicentenario:1820-, lucen los retratos de sus presidentes lo largo de las dos siglos de su existencia. Sin embargo, incluso el visitante más distraído advierte una llamativa y prolongada ausencia en galería tan eminente. Desde la postguerra hasta el final de la dictadura franquista ninguno de los rectores del organismo figura en ella. Pese a la positiva gestión administrativa –acrecentamiento notable de su envidiable fondo bibliográfico, renovación en profundidad de servicios y estancias, ciclos de conferencias y actividades literarias de alto coturno, publicaciones de innegable entidad, exposiciones prestigiosas- de algunos de entre ellos, ninguna efigie o pintura los recuerda en un lugar en que la memoria histórica ocupa por fortuna un sitial privilegiado.
Muy otro es, sin embargo, el espectáculo contemplado en la antigua Escuela de Estado Mayor del Ejército, hoy Escuela de Guerra. Allí esplenden por igual todos los responsables del prestigioso centro que un día afrontaron con desigual suerte pero idéntica voluntad de servicio e ilusión la siempre difícil misión de afrontar los retos bélicos con garantía de victoria. La venturosa Transición reparó la afrenta histórica e institucional de no incluir en tan ilustre elenco castrense la rica y por ello, controvertida personalidad de quien se responsabilizara del destino en tiempos inmediatamente anteriores a la contienda fratricida de 1936, Toribio Martínez Cabrera. Tal circunstancia basta para explicar –y acaso comprender en ciertos extremos- las minoritarias reticencias y suspicacias en un sector de la jerarquía militar que alzaron el vuelo tras la muy plausible decisión de dos directores consecutivos, los Generales Luis Villanueva y Alfonso de la Rosa, de, en primer lugar, devolver su efigie a la citada galería y, en segundo término, añadir su faja de Estado Mayor a las de sus compañeros fallecidos en acto de servicio.
Entre las páginas excruciantes y negras de nuestro pasado se insertan, según es harto sabido, la que la monarquía absoluta de Fernando VII escribiera al pretender borrar de la mente de los españoles “hasta la más remota generación” el recuerdo de los “tres mal llamados años” del Trienio constitucional. El arraigado cainismo ibérico nunca alcanzó tal sumidad… Incluso en la Europa trágica de la centuria precedente, ninguna de las aberrantes operaciones de ingeniería social que la ensombrecieron aspiraron a alcanzar tamaño nivel.
Las épocas abrillantadas por la generosidad y la concordia como lo fuese la España de finales del novecientos encuentran su más preciado e intransferible ADN en la superación de rencores y agravios por legítimos que, a las veces, puedan ofrecerse. El olvido no se incluye en esta difícil, laboriosa tarea, pero subordinado a la invariablemente más fecunda apuesta por un futuro de entendimiento y paz.
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