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El afán de negocio del fútbol español aleja a los niños de los estadios en la Supercopa

los partidos acabarán a la 1 de la mañana

Diego García | Viernes 19 de julio de 2013
Tras convertir la Liga BBVA en la más desigual de Europa e influir decisivamente en el presente económico-deportivo de los clubes nacionales, la batalla enfrenta ahora a los magnates que fijan los horarios de los partidos y los aficionados, que, como ocurrirá en la próxima Supercopa, deberán ingeniárselas para regresar a casa tras salir del estadio a la 1 o las 2 de la madrugada. Por Diego García

Ángel Cappa, ex entrenador de River Plate y mano derecha de Jorge Valdano en su viaje por el banquillo madridista, se ha convertido en un referente destacado de la concepción romántica del balompié, consideración que denuncia el protagonismo económico que ha desplazado a este deporte de su esencia. “El fútbol es una fiesta que el negocio ha convertido en un modo de ganar dinero rápido, y, para eso, creyó necesario invertir los valores, por lo que está en nosotros -jugadores, entrenadores, y público- devolver a este deporte su verdadero sentido, el sentimiento, la ilusión y la alegría”, expuso en un artículo publicado en El Comercio peruano. Esta reflexión ahonda en la dicotomía negocio-afición que se reproduce de manera explícita desde comienzos del presente siglo, y que ha resurgido con los horarios de la Supercopa de España.

La Liga de Fútbol Profesional, la Real Federación Española de Fútbol, el conjunto de clubes que conforman la gerencia del balompié nacional y los magnates que reparten los derechos televisivos -generando las mayores desigualdades del Viejo Continente en la competición española- buscan con vehemencia nuevas vías de ingresos que parcheen los agujeros financieros de la gran mayoría de los equipos profesionales. En busca de mercados jugosos por explotar, los tradicionales horarios de la jornada liguera se han visto transformados hasta configurar combinaciones imposibles. Con motivo de aprovechar un puñado de millones de dólares provenientes de otras latitudes, los aficionados del Barcelona y el Atlético de Madrid que compren su entrada para ver la final de la Supercopa de España, deben mentalizarse para salir del estadio en torno a la una de la madrugada, considerando la posibilidad de abandonar el recinto a las dos de la mañana si resultara necesario disputar una prórroga.


Esta medida, que aleja de manera inexorable a los niños del Vicente Calderón y el Camp Nou, viene precedida del acuerdo firmado por la Real Federación Española de Fútbol y la empresa United Vansen International Sport, por el que, a cambio de 30 millones de euros -cada club recibe 3 y el resto queda para las arcas federativas-, la Supercopa se jugaría en China. Deslocalización a cambio de un trozo de la tarta del gigante asiático. Real Madrid y Barcelona, sentando un precedente del todo razonable, se negaron a cruzar el planeta el pasado año por el capricho de los gerentes de este deporte en nuestro país. La exótica idea se limitó, finalmente, a retrasar la celebración del encuentro hasta las 22:30, arrinconando al empobrecido aficionado europeo.

El golpe sufrido por los clubes, que han acogido la novedosa jornada de los lunes a las 21:00, en forma de estadios vacíos, no representa ningún contratiempo para los administradores de la Liga más desigual -en base al reparto de los derechos televisivos- del planeta futbolero. Incluso, el sonado fracaso de la celebración del Real Madrid-Osasuna a las 12 de la mañana no ha servido para reconsiderar la afrenta al aficionado español. La Federación se enorgulleció de que aquel 7-1 madridista de noviembre de 2011 hubiera obtenido la nada desdeñable cifra de audiencia en China de 220 millones de espectadores. Sin embargo, estas cifras, publicadas por la interesada televisión asiática Beijing TV, nada tuvieron que ver con el balance real. Kantar Media, empresa especializada en audimetrías que también sirve a cadenas españolas, aclaró días más tarde que la cifra real de seguidores chinos estuvo en torno al millón y medio de espectadores. José Antonio Camacho, recién despedido seleccionador de la potencia económica, apuntaba en las horas previas a aquel experimento, con la árida sinceridad que le caracteriza, que “aquí nadie habla del Madrid-Osasuna porque lo televisarán si no hay algún partido de ping pong o bádminton, que son los deportes principales en China”. Y no se equivocaba: el partido estrella que Jaume Roures, propietario de Mediapro, ideó para legitimar el sacrificio de una de las tradiciones ligadas con el sentimiento futbolístico, sus horarios, fue arrollado por un encuentro de tenis de mesa.


En la semana en que Joseph Blatter confirma que el Mundial de Qatar 2020 se disputará en invierno -obligando a variar de forma trascendental la preparación de los clubes o, incluso, a cancelar la temporada 2019-2020- en una situación sin precedentes en la historia del balompié europeo, el señor Roures exponía su filosofía en torno al manejo de los partidos de la Liga BBVA. “Los equipos deben ser conscientes de la necesidad de desarrollar otras vías de ingresos y mirar a Asia, y han de ser los primeros en asegurar la presencia sistemática de buen partido a las 12”, apuntaba en primera instancia para subrayar, más adelante, que la bipolarización de la Liga “es una polémica artificial” porque “la gente debería pensar que tener dos equipos mundiales de referencia es una suerte para los otros equipos que tienen un gran carro al que cogerse”.

Este es el planteamiento ideológico que en esta final de la Supercopa alejará a los niños de los estadios, rompiendo una de las características identitarias del fútbol español y europeo: acudir al estadio en familia. Por el contrario, este jueves, el Tribunal de Justicia de la Unión Europea desestimaba el recurso planteado por la FIFA y la UEFA -organismo que prohíbe que la disputa de la Supercopa coincida con las fases previas de la Champions League- y ha avalado que los Gobiernos continentales obliguen a retransmitir los partidos del Mundial o la Eurocopa a través de una televisión en abierto. La decisión añade pólvora a la polémica hegemonía que el reparto de los derechos televisivos ejerce sobre el presente y el futuro económico y deportivo de los clubes y la Liga españoles.

Tras comprobar que no resulta posible sacar tajada de la selección española, quizá haya que “mirar a Asia” con mayor intensidad en el futuro y retrasar todos los partidos hasta la medianoche. La Bundesliga, referencia en lo que a gestión de una competición futbolística se refiere, ha crecido a través de una distribución más igualitaria de la tarta televisiva y, por sorprendente que resulte, no ha necesitado modificar sus horarios para competir con el ping pong de la televisión pública china. A este lado de los Pirineos no conseguimos sentirnos tan europeos en el balompié como en la esfera económico-financiera.

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