Simon Royo Hernandez | Sábado 20 de julio de 2013
Hay muchas personas que no saben desconectarse de la vida laboral y tomarse unas vacaciones. Y una cosa más difícil aún: ya resulta extraordinario aquellos que logran vivir lo laboral como unas vacaciones y convertir el trabajo en ocio activo.
Administrarse el propio tiempo, encontrar algo relevante que realizar, matar dos pájaros de un tiro y transformar la laboriosidad en libertad es muy difícil. Y lo es porque la vida social no está concebida para que se puedan producir esos casos sino, muy al contrario, para que no se puedan producir.
Quienes sustraen energía a la vida cotidiana para poder seguir una oculta vocación acaban teniendo que pagar un alto precio por ello, ya que toda la estructura que conforma su existencia se tambalea en esos momentos.
De modo que nos queda el antisocial como figura emblemática de quienes saben tomarse unas vacaciones permanentes. Pero al antisocial no le pagan por lo que hace y debe realizar sus labores muchas veces por amor al arte, algo que en la juventud queda muy bien pero que conforme pasa el tiempo se convierte en dramático.
Llegamos entonces al punto en el que a la frase “no saberse tomar unas vacaciones” se le pueden sacar varias interpretaciones o puede decirse de ella que tiene varios estratos de realidad. En primer lugar tendríamos al trabajador al que su labor exprime como una naranja dejándole sin energía para realizar ninguna otra cosa excepto consumir. El círculo producción-consumo absorbe a una mayoría que ya no se da cuenta, en el mejor de los casos, de aquello en lo que se ha convertido su vida. En segundo lugar estarían aquellos que consiguen zafarse en los veranos de las garras del consumismo y pueden desempeñar en esos momentos las actividades que les ha vedado su falta de tiempo anterior. Y en tercer lugar tenemos a aquellos que logran realizar un trabajo que les complace (hay que admitir que son los menos) y que coincide con la vocación hacia la que siempre se han sentido inclinados.
Por lo menos las Redes Sociales y la Web en general son lugares en los cuales quienes sienten la necesidad de pintar pueden exponer sus cuadros, donde quienes sienten la necesidad de escribir pueden mostrar sus textos y donde quienes sienten la necesidad de estar pueden acceder incluso en los horarios laborales, buscando a quienes no vendieron el alma por la causa de un salario.
La información más clara, más transparente y más veraz se puede encontrar en la Web al mismo tiempo que la información más turbia, menos clara y menos veraz. La autopista de la información tiene también como regla un principio humanístico: es necesario estar previamente formado para poder encontrar los alfileres dentro de la mucha paja y saber discriminar entre lo falso, el ruido y la furia, de lo cierto, tranquilo y calmoso.
Pero aquí hemos llegado también a un problema vacacional primordial. No me afecta el antedicho de la erudición, del saber dónde buscar, pero si me puede el casi antedicho de no ser capaz de desconectarme del módem, y con éste, desconectarme del mundo. Hay un chiste que circula en el cual aparece un sepelio (y no era el de un gato) en el que había tres personas. Una de ellas le dice a la otra: “¿no lo entiendo? ¿Si tenía 3000 amigos en Facebook?”. De modo que hay que saber también irse de vacaciones de unos amigos cada vez más virtuales y cada vez menos humanos. De unos blogs cada vez menos leídos y cada vez más abundantes. Habrá que tratar de aprovechar las vacaciones, también, para estar con gente real.