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Jonathan Clements: Los samuráis. Historia y leyenda de una casta guerrera

RESEÑA

Domingo 21 de julio de 2013
Jonathan Clements: Los samuráis. Historia y leyenda de una casta guerrera. Traducción de Cecilia Belza y Gonzalo García. Crítica. Barcelona, 2013. 400 páginas. 20,90 €

Decir la palabra “samurái” es invocar un mito contemporáneo. El samurái, seguramente la figura nipona más estereotipada, traspasó hace un siglo más o menos las fronteras de sus islas para ocupar un lugar en el inconsciente cultural planetario. No hace falta tener mucho contacto con Japón o su cultura para saber algunas cosas sobre estos guerreros de espadas curvas, armaduras de cuero, y un código tan estricto como para llevarlos a cometer un suicidio ritual rajándose el vientre antes que caer en el deshonor. Este samurái internacionalizado es un arquetipo mítico, atemporal, sin origen ni final, pero con una gran capacidad de fascinación en occidente. Jonathan Clements, en Los samuráis. Historia y leyenda de una casta guerrera repasa su historia y nos ofrece algunos datos muy interesantes.

Clements divide su libro en once capítulos. Los dos primeros tratan sobre el origen de los samuráis, y los tres últimos sobre su ocaso. Los seis centrales agrupan su desarrollo, desde los Taira y Minamoto hasta la restauración Meiji.

Sobre los orígenes, Clements aporta datos interesantes. De forma no del todo tajante, relaciona la casta guerrera con los emishi, los “hombres peludos” u “hombres gamba” (por eso de la barba roja), que poblaban el centro y norte de la isla principal japonesa. De origen poco claro, seguramente estaban relacionados con manchúes o tribus siberianas continentales, aunque algunos historiadores también los entronquen con los aínos, los otros hirsutos pobladores, adoradores de osos, que acabaron refugiados en las montañas de Hokkaido en vergonzosas reservas. Los emishi también eran llamados los “hombres-arco”, por ser esta su arma principal. Con influencias chinas y coreanas, Clements relaciona a los samuráis con esos guerreros, una vez fueron derrotados y absorbidos por los nipones.

Tras escarbar en ese origen, Clements lanza un aluvión de datos, en ocasiones farragosos, casi siempre tremendamente atractivos, en el que relata la historia japonesa de forma bastante completa, analizándola desde el punto de vista de la lucha por el poder de los distintos clanes. Pasamos al galope por los Taira y Minamoto, época en la que se pasa de los kondei o “compañeros robustos”, a los samuráis o “servidores”. Los samuráis se convierten en una clase guerrera al servicio de un señor, al que guardan fidelidad a cambio de protección y posibilidad de gloria. En esta época es cuando se desarrolla su ética especial y se codifica el seppuku o harakiri, y la identificación del guerrero con una espada sobre cualquier otro tipo de arma.

De Nobunaga y su amargo final pasamos a Hideyoshi, el gran unificador del Japón, el que doblegó las ocho islas y bregó con la aparición de los primeros europeos en el archipiélago. Los datos sobre guerreros convertidos y sus intrigas en el reino son de especial interés, teniendo en cuenta que España desempeñó un importante papel en ese siglo ibérico de Japón (1543-1643), y que este año celebramos los 400 años de la primera embajada “cuasi-oficial” japonesa (Keicho) a España, buscando un acuerdo comercial que les permitiera usar las rutas comerciales de la Corona española. El intento de acuerdo falló, y Japón cerró sus fronteras durante más de 200 años.

Son también interesantes las notas sobre la restauración Meiji y la obligada apertura de fronteras impuesta por norteamericanos fundamentalmente, así como la reacción de los últimos samuráis a esta imposición. Y como todas las cosas bellas tienen que tener finales melancólicos, los últimos capítulos son especialmente atractivos en su reflejo del ocaso de una clase. Aunque tras este ocaso fue cuando los samuráis entraron en el panteón cultural planetario gracias a la obra El Bushido, de Nitobe, traducida en España en una fecha tan temprana como1907 por Gonzalo Jiménez de la Espada, y gracias también al suicidio “samurái-pop” de Yukio Mishima.

Cuando desapareció, el samurái dejó de pertenecer a un tiempo, para pasar a ser un código atemporal. Su espíritu es rastreable en el Japón moderno, en la ética de trabajo, en la aceptación de los desastres naturales y en la no huida ante el sacrificio. Y así pervive, semi-fundido con los sueños, como expresa el bello haiku que Matsuo Basho escribió frente a las ruinas del castillo de Takadachi hace ya más de tres siglos: “Hoja en verano. / Como si los guerreros / fueran un sueño”.

Por José Pazó Espinosa

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