Demetrio Castro | Domingo 21 de julio de 2013
Una de las personalidades interesantes en el mundo del análisis político norteamericano es Larry Sabato. Profesor de la Universidad de Virginia, dirige allí un centro de análisis llamado “La bola de cristal de Sabato” dedicado a la prospectiva política que le ha hecho famoso y rico, con lo que ya está dicho que no es alguien especialmente querido por sus colegas que rara vez perdonan cosas así. Los análisis y vaticinios de Sabato han registrado algunos aciertos sorprendentes (y también más de un fiasco) por lo que se ha ganado el crédito de capacidad y lucidez que sus colegas le regatean. Personalmente el Sabato que más me interesa es, sin embargo, el de hace veinte años, antes de su salto a la fama mediática, cuando publicó Feeding Frenzies. Attack Journalism and American Politics, un libro, y una teoría en él desarrollada, inspirado en el Watergate. Nunca he sabido muy bien cómo traducir “Feeding frenzies” en una expresión que aúne en español las ideas de cebar y de frenesí que el sintagma acuñado por Sabato sugiere en inglés, y que algo tiene que ver semánticamente con nuestro comidilla, pero que ni de lejos da idea de aquello a lo que se refiere: el comportamiento descontrolado, como el de los tiburones ante la sangre, dice él, de los medios frente a un escándalo político. En esos frenesíes hay rangos y grados por su dimensión, aunque generalmente se tiende a hacer de cualquiera un megafrenzy, un asunto de esos que por su magnitud eclipsan cualquier otro y se instalan durante mucho tiempo en la cabecera de los diarios y en las aperturas de los informativos de radio y televisión. Como, por ejemplo, el vidrioso caso que se nombra con el apellido del señor Bárcenas.
Los exégetas sabrán, pero uno de los pasajes evangélicos más desconcertantes es aquél de Lucas: 16 en el que se celebra el proceder del administrador que no sólo desfalca a su señor sino que se conchaba con los deudores para falsificar recibos. Posibles elementos edificantes al margen, lo que la parábola sugiere de tejas abajo es que la palabra de los administradores pillados en renuncio es sospechosa y los recibos que puedan esgrimir poco fiables. Por eso sorprende un poco, sólo un poco, el frenesí de cierta prensa para levantar la pira en la que abrasar al Partido Popular y sus dirigentes con el combustible aportado por el administrador infiel. Más que nada porque, hasta donde se va viendo, ese combustible es posiblemente escaso y de poca calidad, pero alguna llama produce y en ella se van chamuscando al fuego lento del feeding frenzy los jerarcas populares, en gran parte por su torpeza para resguardarse de las llamas y por su incompetencia para reclamar la brigada de bomberos adecuada. Algo más sorprende, pero tampoco demasiado, el ardor de la oposición parlamentaria, y ante todo del Partido Socialista, rasgándose las vestiduras con los aspavientos escandalizados de la madama del burdel que clama por los estragos de la deshonestidad. Sólo los incondicionales, y ni aun ésos, dejan de ver que están en la misma situación que la sartén haciendo remilgos al cazo cuando la tizne les cubre a ambos más o menos por igual, o eso parece. Es decir, logreros que se arriman a los partidos, o que de ellos surgen, para lucrarse con las oportunidades ilícitas o dudosamente lícitas que por allí se presentan; partidos que prefieren amparar al garduño antes que pagar el precio en descrédito de denunciarle públicamente; partidos que desde hace más de tres décadas vienen pretendiendo, y actuado en consecuencia, que cuando a uno de los suyos lo encausan no hay nada que resolver mientras no haya sentencia condenatoria definitiva, y en tal caso lo que suelen hacer es esperar que escampe. En ese proceder sectario y mezquino está el origen de la insufrible judicialización de la vida política que con daño para la credibilidad de la justicia y fomento de la desafección ciudadana ha hecho de las páginas de información política poco más que crónica de tribunales. También, y no menos importante, partidos que viven con estructuras y actividades por encima de cualquier criterio razonable y a expensas del presupuesto, obligados por ello a bordear la ley para sostenerse sin que sus responsables hayan pensado nunca seriamente poner entre todos coto a esa prodigalidad.
Es decir, la raíz del mal se hunde demasiado profundamente en los mecanismos de la práctica política y en los imperativos de un Estado tutelar y de partidos condenado a que sean éstos quienes decidan sobre gastos estratosféricos y manejen el dinero para costearlos. Y por eso ningún caso concreto abrirá el camino del remedio. Aun en el supuesto de que el presidente del gobierno decidiera inmolarse en el harakiri político que le reclaman se habría adelantado mucho en esa dirección (otra cosa sería en la satisfacción de las ambiciones y en la ratificación de la eficacia del feeding frenzy), y por eso, para todo lo no sea navajeo partidario, hacer causa de Bárcenas será al final puro barzón, una voz ya de poco uso con la que nuestros mayores en el manejo del castellano designaban el dar vueltas sin más objeto que perder el tiempo y distraerse un rato.
TEMAS RELACIONADOS: