Opinión

La gratuidad y el plan B

Domingo 21 de julio de 2013
Siempre hay que tener una alternativa para el final, un plan B, aunque no se use. Don Quijote, tras ser derrotado por el caballero de la Blanca Luna, pergeñó un plan B: convertirse con Sancho en pastores e irse a vivir a algún lugar nemoroso para cantar las dulzuras y melancolías de sus afanes amatorios. Decidió autobautizarse como El Pastor Quijotiz. A Sancho le puso El Pastor Pancino, y declaró: “nos andaremos por los montes, por las selvas y por los prados, cantando aquí, endechando allí, bebiendo en los líquidos cristales de las fuentes, o ya de los limpios arroyuelos, o de los caudalosos ríos. Darános con abundantísima mano de su dulcísimo fruto las encinas, asiento los troncos de los durísimos alcornoques, sombra los sauces, olor las rosas, alfombras de mil colores los estendidos prados, aliento el aire claro y puro, luz la luna y las estrellas, a pesar de la escuridad de la noche, gusto el canto, alegría el lloro, Apolo versos, el amor conceptos, con que podremos hacernos eternos y famosos, no solo en los presentes, sino en los venideros siglos.”

No parece mal plan. Ahora llega el verano, el duro ferragosto en el que suelen predominar los fuegos, las sentencias judiciales y leyes pasadas de tapadillo en viernes a la hora del aperitivo. Tal como está la cosa, hay que pensar en un plan B. Difícil asunto, dada la situación actual. Basta echar un vistazo a los periódicos para deprimirse. A veces me pregunto si los periódicos no estarán en manos de las industrias farmacéuticas que elaboran los antidepresivos. Desfalcos, cohechos, contabilidades B, financiaciones encubiertas, subidas de tasas eléctricas con nocturnidad… Y de refilón, “peaje” para los huertos solares de autoconsumo. Esto me ha llegado al alma, y me ha hecho pensar en el plan B.

La verdad es que siempre he pensado que hacerse pastor u hortelano a estas alturas es asunto complejo. La tecnología me tiene en sus manos. Veo difícil hacerme con una gaita zamorana –como deseaba don Quijote--, o con sonajas, tamborines o rabeles, para entonar dulces cantos al atardecer. Aunque quizá sí aceptaría una guitarra eléctrica o un piano fender. Pero eso, siempre he mantenido cierta fe en los huertos solares. Primero, porque es verano, y porque en España, como saben bien las coronillas de los dueños de descapotables, el sol abunda. Segundo, por el mito libertario de Thoreau: hay que dejar de depender del estado y de los demás tanto como se pueda. Por eso, mi plan B pastoril pasa más bien por un buen huerto solar que me elimine la dependencia de las eléctricas y me permita imitar a Jimmy Hendrix o Frank Zappa con cierta solvencia energética. Sin embargo, ahora quieren cortar esta posibilidad y poner un peaje las placas fotovoltaicas. ¿Un peaje al sol? Empezamos bien…
Cobrar a los demás por las cosas naturales es uno de los sueños de todo ser humano. Desde que el niño descubre el dinero empieza a fantasear con maneras de cobrar a los demás por cosas. ¿Cobrar por respirar? Por qué no. Basta, por ejemplo, que haya que limpiar el aire, para que una compañía o un gobierno se arrogue con el derecho a cobrar por el aire respirable. De hecho, la fortuna de algún constructor se hizo vendiendo casas “con el mejor aire para sus hijos”. Lo que no decía era que tenían los peores cimientos para esos hijos también.

El mito de la gratuidad pertenece siempre al pasado. En el Edén, todo era gratis. Allí, Adán y Eva comían fruta sin parar, bebían de arroyos de cristal líquido –como Quijotiz--, y dormían sobre pequeñas montañas de heno sin tener que molestarse por cuánto valía la habitación doble. La salida del Edén es darse cuenta de que las cosas cuestan y de que cualquiera te puede cobrar por ellas. “¿Y por qué no cobrar a los demás?” piensa el niño con buen sentido. “Si otros me cobran a mí, ¿por qué no les voy a cobrar yo?”

El mito de la gratuidad lo apuntaló la televisión. La televisión fue el primer producto complejo enteramente gratis, al menos en apariencia. Bastaba con tener un aparato. O irse a la casa de alguien que lo tuviera, o a un bar. La televisión daba cosas, información, entretenimiento, sin otro final que el de la carta de ajuste o el aguante del televidente. Además, los actores, los que salían en ella, eran seres raros, eléctricos, lejanos, no como los actores de teatro que uno veía en la función vestidos de reyes, pero luego acampados fuera del pueblo, sentados alrededor de una triste olla. La televisión hizo pensar a varias generaciones que el mundo podía ser feliz y trágico, pero sobre todo gratis. Que cualquiera podía ser un cliente potencial y que tras la publicidad había un edén invisible en el que uno compraba algo y alcanzaba la felicidad gratuita. Vaya paradoja, ni la trinitaria.
España despierta ahora de su particular existencia televisiva. Abre un ojo y ve que nada es gratis, que nada lo ha sido y, lo que es peor, que nada lo será. Que la transición no fue solo un guateque con entrada libre, que los noventa no fueron un viaje cultural por Europa con un Eurorail Pass en el bolsillo y una tarjeta de crédito a nombre de una tía millonaria de Bruselas en el otro, y que en los 2000 los éxitos deportivos no bastaron para que todos los españoles midieran quince centímetros más de estatura física y ética. Y, lo que es peor, que esos seres eléctricos que salían en los informativos, en las noticias del congreso y de las convenciones de los partidos políticos no eran inocentes mascotas catódicas sino peligrosos seres de carne y hueso capaces de arramblar hasta con el sol.

Ahora España necesita un plan B. Derrotada por el caballero de la Blanca Luna –que no es otro que su imagen especular y televisiva—ha abjurado de su amor a Dulcinea y se retira derrotada. Tras ser caballera, ¿querrá ser pastora? Cuando Sancho oyó el plan B de don Quijote sobre la vida pastoril repuso: “Pardiez que me ha cuadrado, y aun esquinado tal género de vida”. Pero si le ponen precio al sol, ¿qué plan B nos queda? ¿Seguir votando a quienes quieren convencernos de que todavía hay algo gratis?