Alicia Huerta | Miércoles 24 de julio de 2013
Hace dos años, justo antes del homenaje que el Teatro Real hizo a Plácido Domingo con motivo de su 70 cumpleaños, preguntaron al tenor madrileño si no barajaba la posibilidad de retirarse, sobre todo, porque era seguro que ya hacía muchos años que había alcanzado la cima de su profesión y no quedaban más cumbres que conquistar. Parecía ignorar quien preguntaba que para un artista siempre habrá nuevas escaladas y que es en el premio que le da su público con los aplausos, donde encuentra, al mismo tiempo, la alegría de haber vuelto a triunfar y el desafío de intentarlo de nuevo. Es la pasión lo que mueve a un gran tenor como Plácido y en esa pasión se incluye un inmenso sentido de la responsabilidad hacia su público, que quiere seguir escuchándole en los teatros de todo el mundo. Por eso, él no se bajará de los escenarios que siguen reclamándole hasta que su voz decida bajarse. Y ni siquiera entonces dejaremos de verle en un teatro, probablemente, sea sólo el momento de acostumbrarnos a verle en el foso, batuta en mano.
Plácido es música, así que difícilmente podría vivir sin ella, y cuando alguien le cuestiona que siga trabajando tanto, debutando nuevos papeles, viajando sin descanso con una partitura bajo el brazo, alargando los ensayos de los que siempre sale el último, atendiendo a los medios o asistiendo a diversos actos públicos, a él le gusta recordar en voz alta a sus padres. Ellos cantaban todas las noches dos zarzuelas y, después, nada más terminar, ensayaban las dos del día siguiente. Eso es trabajar, suele argumentar Plácido con ese gesto tan suyo que, quizás, le venga de su nombre de pila, añadiendo la sal de la luz que brilla en sus ojos delatando que no sólo no ha perdido la pasión por lo que hace, si no que sigue anhelando nuevos retos con los que deleitar al público, ponerlo en pie una vez más. Aquí, en América, en Asia o en cualquier parte del mundo.
Domingo es, desde luego, el madrileño más internacional y luce con orgullo su amor por la zarzuela, ese género que llamamos chico y nos hemos empeñado, sin razón, en maltratar, la mayoría de las veces partiendo de un desconocimiento tristemente cargado de prejuicios. Plácido es desde este miércoles Hijo Predilecto de Madrid. Oficialmente, porque en lo extraoficial ya lo era, se lo había ganado a pulso. La alcaldesa, Ana Botella, le ha entregado el diploma acreditativo de esta máxima distinción de la capital, aunque durante estos años, el Ayuntamiento ya había colocado una placa en la casa de la calle Ibiza donde nació hace setenta y dos años, le nombró pregonero de las Fiestas de San Isidro en 1986 y, posteriormente, en 2006, le concedió la Medalla de Oro de la Villa. Puede que, como argumentaba aquel que cuestionó la febril actividad de Plácido, a nivel de distinciones institucionales no le queden más cumbres que coronar, pero que nadie dude de que él seguirá cumpliendo con su visita anual a la capital y de manera especial en esta ocasión, porque, como él mismo aseguró nada más salir de la clínica madrileña donde había permanecido ingresado a causa de una embolia pulmonar, se sentía muy triste por no haber interpretado a Neruda en el Real, en ese teatro que hace algunos años parecía un sueño difícil de conseguir y que hoy sigue haciéndose un sitio entre los más grandes de Europa.
“No me voy a quedar de brazos cruzados, en algo tengo que pensar para el público madrileño”, es la frase que ha venido repitiendo el tenor estos días, en los que, a pesar de seguir de baja médica, no hemos dejado de verle en diversos actos o espectáculos. Acudió al ensayo general de Il Postino en el Real para apoyar a la compañía, al concierto de la Plaza Mayor que no pudo dirigir para mostrar su adhesión a la candidatura olímpica de Madrid, al recital de Rufus Weinwright porque el cantante norteamericano le había invitado personalmente y, por supuesto, al Ayuntamiento, para recoger su merecida distinción de manos de la alcaldesa. Este jueves, además, será recibido por el Rey en audiencia y seguro que seguiremos viéndole hasta que su doctor le de permiso para volver a subirse a un avión, esta vez con rumbo a Salzburgo, donde aún no se sabe si estará en condiciones de cantar. Plácido creció escuchando a Chapí, Bretón y Vives, oyendo a su madre interpretar a la castiza “Señá Rita” y sabe que él sí es profeta en su tierra, aunque asegura, en todo caso, que para ser de Madrid sólo se necesita la voluntad de serlo, porque “más que una ciudad, es un estado de ánimo”.
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