Opinión

El pueblo y la crisis

José Manuel Cuenca Toribio | Viernes 26 de julio de 2013
7 horas. Primer café (público) de una urente mañana andaluza en una de las estaciones de mayor tráfico ferroviario del país. Interlocutor del cronista: una de las personas que encarna más fidedigna y admirablemente los valores éticos que, en la imagen más extendida de la antigua Hispania, caracterizaban la identidad profunda de una de las naciones que forjaron, a través de muchos siglos llenos de fuerza y creatividad, esa maravilla de criatura cultural y moral que fue la civilización occidental. A vueltas estos días el articulista –engolfado en Cádiz, sus Cortes y los enredos en ellas de la infanta-reina Doña Carlota Joaquina- con la soberanía nacional y nociones y definiciones de insignes tratadistas acerca de la voz “pueblo” en el vocabulario político contemporáneo –todas aproximativas, muy aproximativas…-, ha creído hallar en su madrugador colocutor de la estival charla de café la representación genuina del término en este onubense en medio del camino de su vida, honesta y laboriosa en extremo, imantada polarmente por el servicio a los demás. A la fecha, en la segunda mitad del año de desgracias de 2013, si el buen pueblo español pudiera tener un arquetipo, ninguno superaría al entrañado en su figura.

Sin aludir –prueba concluyente de su elegancia y generosidad- al drama que se les avecina a él y sus compañeros de tajo por la pretensión gubernamental de descoyuntar, por mor de un liberalismo mal entendido –escribe aquí la pluma de un devoto seguidor del credo botado en el Cádiz de 1812-, una de las piezas que mejor funcionaban en el organigrama estatal de los últimos tiempos, el amigo del cronista exclamó en el inicio de la inolvidable conversación: “¿Que será de España? Si es verdad lo que aparece en los periódicos sobre el comportamiento de nuestros cuadros dirigentes, ¿qué harán en las próximas elecciones las gentes como yo, sin adscripción política, pero deseosas a toda costa de la salida de la crisis que padecemos?”. Palabras dichas –importará repetir- con acento de honda, mas serena punción.

Al margen de las masas sometidas a permanente proceso de deturpación por las oligarquías autonómicas de diferente signo y credo, son los sectores de población en los que se incluye el personaje que inspira estas líneas, en los que deberán depositarse primordialmente las esperanzas cara a la futura regeneración del país. Por instinto, pero también por reflexión, en ellos anidan la voluntad ética y la tensión patriótica sobre las que se alzará un día la recuperación de las mínimas constantes vitales para que España continúe en el mapa de Europa, si no en puestos de vanguardia, cuando menos con la suficiente fuerza y poder creador que garanticen el núcleo de su identidad.

¿Sueño de verano? Conjúrense las muchas almas nobles de mujeres y hombres que todavía pueblan el solar ibérico para que no sea así. La gratitud de las generaciones del porvenir –tan invocadas en discursos y parlamentos de las élites políticas como preteridas en la realidad cuotidiana- estará entonces asegurada, así como el reconocimiento de una historia en conjunto tan esplendente y altruista como la española. Para alcanzar tan necesaria como estimulante meta, el tiempo urge: los obstáculos aumentan; las amenazas se aceleran. Sobre los recios hombros de gentes como el amigo del articulista descansa el genio cívico único capaz de torcer el destino adverso que semeja envolver en el presente la existencia de una de las naciones que más aportó al progreso humano.