Cultura

[i]Tres60[/i]: las medidas para atraer a jóvenes y adolescentes

crítica de cine

Domingo 28 de julio de 2013
Se ha estrenado este fin de semana la ópera prima de Alejandro Ezcurdia, una cinta protagonizada por jóvenes y hecha a la medida de los gustos de quienes acuden al cine sobre todo en vacaciones, es decir, también los jóvenes.

Se trata de una película que parece contar, a simple vista, con todos los ingredientes que se precisan para gustar a un público adolescente. Serán, por tanto, ellos, a través de su paso por taquilla, quienes digan la última palabra. Sin embargo, lo cierto es que durante todo el metraje, con mínimas y fugaces excepciones, la mezcla de todos esos ingredientes - misterio, amor, chicos y chicas guapos, tramas mafiosas – no funciona como debería. No lo hace, en primer lugar, la interpretación de los actores, que tampoco reciben el indispensable apoyo de un guión que patina casi todo el tiempo entre tópicos y chirría, cuando pretende ser original con escenas poco convincentes y completamente artificiales como la que tiene lugar en la lujosa suite de un hotel, en la que interviene Geraldine Chaplin haciéndose cargo de un personaje que es el mayor ejemplo de la incomprensible exageración e incongruencia que domina el primer filme de Alejandro Ezcurdia en su salto desde la televisión a la gran pantalla.

Por otra parte, el título de la cinta hace referencia a un movimiento de surf que es un giro radical como el que se supone que da la historia que va a narrarse, ambientada, como parece indicar su promoción, en el ambiente surfista, aunque lo cierto es que, después del inicio de la película en las playas de San Sebastián donde el protagonista practica ese deporte, posteriormente ya no volvamos a encontrarnos con escenas en las que aparezcan olas, tablas, etc. Y eso, para empezar, ya es una enorme incongruencia, así que nadie vaya al cine pensando que es una historia de locos del surf que se ven inmersos en una investigación policial. Pero, por supuesto, esto no es lo peor, porque si después la historia es capaz de atrapar la atención del espectador no importa el modo en que se le haya convencido para entrar en la sala. Lo que ocurre es que para tejer cualquier intriga en la que un tipo normal y corriente decide ponerse a investigar algo que a la policía parece no interesarle en lo más mínimo, se necesita mucho arte y paciencia, al menos, los suficientes para construir los sutiles elementos que convenzan al público de que al valiente protagonista no le queda otro remedio que jugarse el pellejo persiguiendo a los malos.

Por desgracia, ninguno de los movimientos que en la película empujan a Guillermo, el guapo estudiante protagonista a quien da vida Raúl Mérida, a meterse en casas ajenas, espiar y utilizar llaves robadas, justifican de verdad sus torpes intentos de desenmascarar una trama de tráfico de órganos de seres humanos liderada por el surrealista personaje interpretado por Geraldine Chaplin y en la que andan metidos todos los poderes fácticos desde la Iglesia a la mismísima Policía. Demasiado obvio todo, cogido por los pelos. En todo caso, Mérida consigue, en algún momento, desprenderse del encorsetamiento de un guión, a cargo de Luiso Berdejo, que hace saltar por los aires la trama, pero, sobre todo, quien se hace ver por encima de la historia, el único que se hace notar, es el jovencísimo Guillermo Estrella, que interpreta con solvencia al hermano pequeño del protagonista y despunta del resto del elenco, que parece, más bien, de cartón piedra: Sara Sálamo, Adam Jazierski, Joaquim de Almeida, Manuel Morón.

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