Es difícil encontrar las palabras adecuadas cuando se tiene el corazón encogido. Sobrecogido por el accidente del tren de Santiago. Es difícil agradecer a todos los amigos y conocidos que me han escrito interesándose por si alguno de los míos le había tocado la desgracia de estar en ese tren. Todo por haber nacido en esa mágica y maravillosa ciudad que es Santiago. Gracias a Dios nadie próximo ha sufrido en ese accidente, pero siento muy cercanos a los que nos dejaron, a los heridos, a sus familiares y, a todos los que ayudaron y lloraron por ellos.
Esto me lleva a una primera reflexión que tiene que ver con nuestro carácter. Los españoles y, en eso incluyo a gallegos, catalanes, riojanos, leoneses, cartageneros o de Angrois… tenemos un espíritu solidario que se manifiesta en los grandes momentos, buenos o malos. Igual que somos capaces de emocionarnos con el juego y los triunfos de la selección española de fútbol, también nos emociona y demostramos nuestra gran solidaridad en los momentos malos: atentados, grandes desastres naturales o accidentes. Seguramente por eso somos de las naciones con más donantes de órganos y con más trasplantes. Dar algo de nuestro cuerpo para que otro viva es un gran acto de generosidad y solidaridad. Es verdad que a veces nuestro corazón nos mueve de forma puntual y que nos olvidamos a los pocos días. Así, después del accidente, las donaciones de sangre se triplicaron en Lugo y prácticamente se doblaron en otras zonas de España. Desde los hospitales se agradecía el gesto y se pedía que se volviera dentro de unos días.
La segunda reflexión tiene que ver con el porqué. ¿Por qué ha ocurrido este desgraciado accidente? El Imparcial ha realizado un excelente resumen neutral en “
las diez claves del trágico accidente de Santiago”. En otros medios se abre el debate sobre las medidas de seguridad: que si el sistema automático de señalización y frenado automático, ASFA, de las líneas convencionales no es suficiente y debería haberse establecido el ERTMS (European Rail Traffic Management System); que si la curva era peligrosa; que si las reducciones presupuestarias hicieron ese trayecto menos seguro… Si todo ello no fuera suficiente, se achaca a los servicios de emergencias “claros errores de coordinación”. No creo que las empresas extranjeras de trenes de alta velocidad con las que competimos en proyectos internacionales estén detrás de ese tipo de manifestaciones. Nosotros mismos somos especialistas en tirar piedras contra nuestro propio tejado. Como ya he manifestado en otras ocasiones se ha abierto la veda para apuntar y disparar a todo lo que huela a PP y parece que el fin justifica los medios, incluso con muertos por el camino.
Lo que parece claro y, así hemos podido ver en el
vídeo de descarrilamiento, es que la razón se encuentra en el exceso de velocidad. El maquinista del tren era al que correspondía controlar la velocidad en ese tramo de “integración urbana”. Muchas son las posibles razones: por despiste, pues pudo confundirse con el túnel anterior; porque estaba hablando con el móvil; por exceso de confianza; porque apretaba para no llegar tarde; porque le dio un “subidón” con la velocidad o; por cualquier otra. Las cajas negras del tren seguramente confirmarán el exceso de velocidad, pero no será posible acceder a la caja negra del maquinista. A esa caja negra que se encuentra en nuestra cabeza. Comparezco al conductor del tren que tendrá que vivir toda su vida con la responsabilidad de su acción.
De esta desgracia trataremos de extraer conclusiones para mejorar nuestros trenes. Posiblemente mediante alguna norma que complique aún más el ordenamiento jurídico o, un sistema más automatizado que incluso pueda soslayar al maquinista. Yo, por mi parte, creo que lo importante es invertir en las personas. En formarlas adecuadamente: espíritu de sacrificio, responsabilidad, concentración en el trabajo… Eso exige no sólo comportamientos adecuados a las normas jurídicas y a las normas sociales, también que las normas éticas de cada uno sean conformes al respeto de las personas. Aún así, es posible que por el margen que nos otorga nuestra libertad, alguno se dedique a disparar indiscriminadamente en una escuela, otro para cobrar una indemnización trate de hacerse pasar por el compañero de una fallecida en el accidente, se circule a 190 km/h cuando el tramo está señalizado a 80 km/h o, incluso, se quiera emplear una tragedia como ésta para apuntar a uno u otro gobierno.