Alejandro San Francisco | Lunes 29 de julio de 2013
Una de las noticias más impactantes de las últimas semanas ha sido el viaje del Papa Francisco a Brasil, para participar en la Jornada Mundial de la Juventud. Desde hace muchos años estas reuniones juveniles congregan a cientos de miles de personas en los distintos continentes, y se han constituido en uno de los sucesos religiosos más importantes del mundo. Hay varios aspectos que destacar en este tema.
El primero, es la interesante expresión de continuidad y cambio que representa el Papa Francisco en la historia de la Iglesia. Es igual a Juan Pablo II, pero muy distinto; es similar a Benedicto XVI, pero también muy diferente. Es igual porque es el Papa, comparte no solo la sede de Pedro sino también una fe para vivir y predicar, así como también una visión del hombre y el mundo. Es igual porque comprende que la fe cristiana está centrada en Cristo.
Esto quedó claramente reflejado en la primera Encíclica del Santo Padre, Lumen Fidei (dada en Roma el 29 de junio de 2013). En la parte inicial reconoce que Benedicto XVI ya había culminado prácticamente la redacción de la obra, por lo que asumió “su precioso trabajo, añadiendo al texto algunas aportaciones” (n. 7). Hablar de la fe, por lo demás, era completar las encíclicas precedentes Deus caritas est (2006) y Spe Salvi (2007), para conformar una trilogía tan lógica como trascendente.
La misma continuidad se apreció también en Brasil en la Jornada Mundial de la Juventud, que comenzaron en Buenos Aires con Juan Pablo II en 1987, y luego se desarrollaron en ciudades de Europa del Este, Norteamérica, así como también en París y Santiago de Compostela. Benedicto XVI, por su parte, las vivió en Alemania, Australia y España, en esa recordada jornada de 2011 en Madrid. El Papa Francisco ha comenzado en Brasil, que coincide también con el primer viaje del Pontífice elegido recientemente.
Un tercer elemento que podríamos recordar es la continuidad en la doctrina. En la jornada de clausura en Copacabana, Río de Janeiro, convocó a los jóvenes a compartir su fe “sin miedo”, enfatizando que se trata de “una llama que se hace más viva cuanto más se comparte”. Una fe que debe expresarse en su integridad, en plena unidad de fe y razón y bajo la luz del amor. En la misma línea se expresa en Lumen Fidei, al recalcar que “la fe se transmite por contacto, de persona a persona, como una llama que enciende otra llama” (n. 37), enfatizando la importancia de los padres, así como de quienes han dado testimonio de la fe a través de la historia.
Finalmente, podemos mencionar un aspecto que se ha ido volviendo importante con el paso de los años y la irrupción de los medios de comunicación de masas: nos referimos a la participación de cientos de miles, e incluso de millones de personas, en las actividades religiosas a las que convoca la Iglesia Católica. A la primera misa del Papa Francisco asistieron unas doscientas mil personas; a la misa de clausura de la JMJ fueron cerca de tres millones de jóvenes. Todo ello, además, contó con información inmediata a través de la radio, la televisión e internet, además de tener con una amplia cobertura en otros medios en todo el mundo.
Hay otro aspecto sobre el que vale la pena reflexionar, y que ha sido puesto en la palestra desde el comienzo del pontificado de Francisco. El Cardenal Jorge Bergoglio es argentino y se transformó en el primer Papa latinoamericano de la historia. Esto, por sí mismo, constituye una noticia trascendente. Algunos han valorado también la sencillez del Pontífice, sobre lo cual ha dado señales públicas además de recordar a través de su predicación la importancia de vivir la virtud de la pobreza y de la coherencia de vida de los cristianos. En Brasil llegó a decir que anhelaba obispos que amaran la pobreza y que no tuvieran “sicología de príncipes”. Su formación jesuita y el que haya elegido el nombre del santo de Asís son otros factores interesantes en el plano simbólico.
Como lo es también el hecho de que la lengua materna del Santo Padre sea el español. Me parece que fue Juan Pablo II quien dijo en una ocasión que la mayor cantidad de personas que reza a Dios en el mundo lo hace en la lengua castellana. El idioma es un modo de pensar y de ver las cosas, como sabemos. Así como haber sido latinoamericano en el siglo XX es una historia personal y social que es distinta a la de sus predecesores. Ni mejor ni peor en sí misma que la experimentada por un papa italiano o polaco o alemán, sino simplemente diferente, con sus amores, pasiones, dolores y especificidades.
Es probable que mucha gente no haya tenido el tiempo o carezca del interés para seguir la JMJ, las homilías y los discursos papales. En ese caso es casi seguro que tampoco leerá Lumen Fidei. Probablemente, para conocer y comprender lo que ha ocurrido en los últimos meses y en la Jornada Mundial de la Juventud sería bueno mirar una foto, solo una imagen, en la playa de Copacabana en Río de Janeiro. Se puede apreciar de fondo el mar y un primer golpe de vista con millones de jóvenes que fueron a la clausura de la JMJ a escuchar al Papa Francisco. Se calcula que los asistentes habrían llenado cincuenta campos de fútbol.
A esos jóvenes animó el Santo Padre a ser “protagonistas de la historia”, como ya lo está siendo él en apenas unos meses de pontificado. Para poner exigencias altas, los exhortó a ir sin miedo, para servir, y para “llevar a Cristo a cualquier ambiente”, a salir a la calle, para “hacer discípulos a todos los pueblos de la tierra”. Y, en pleno siglo XXI, los invitó a volver a llenar las iglesias, en lo que no parece haberse guiado por la emoción del momento, sino por una genuina convicción y una profunda fe.
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