David Felipe Arranz | Lunes 29 de julio de 2013
Un poeta, escribió Robert Green a finales del siglo XVI, “es un gastador y un pródigo, nacido para convertir en rico al tabernero y a él mismo en un mendigo”. Nos imaginamos a William Shakespeare batiéndose en duelo con Ben Jonson en las tabernas de La Sirena, La Cabeza del Jabalí, La Mitra y El Delfín, mientras le dedica alguno de sus versos más atrevidos. O visitando el lecho, con nocturnidad… y ganas de garabatear después –o durante–, de alguna mujer casada: “No te aflijas más por lo que has hecho. Las rosas tienen espinas y lodo las fuentes de plata; las nubes y los eclipses pueden empañar la luna y el sol, y el gusano aborrecible vive en el capullo más fragante”, escribe en uno de sus sonetos el autor de Hamlet. Ahora, el lector podrá disfrutar sus poemas, “medida por medida”, en Poemas (Pigmalión Edypro, 2012), en la pulida y fiel traducción más el auxilio de las notas de Eduardo Gallardo Ruiz, que ha publicado en esta editorial Cuentos de Oscar Wilde y Shakespeare en relatos, de Charles y Mary Lamb.
Inglaterra, dividida durante siglos desde el enfrentamiento de las casas de York y Lancaster al que puso punto y final la casa de los Tudor en 1485, comprendió al fin y tras un periodo de intrigas y ejecuciones bajo la corona de Enrique VII, Enrique VII y María Tudor, que su unidad política constituía la clave de su futura hegemonía. Ningún reino inglés se vio más envuelto en la perturbación que el de la reina Elizabeth debido a las disputas internas y en especial por las aventuras ultramarinas de los españoles, cuya Armada Invencible se convirtió en el juguete ingenuo de los ingleses, ayudados por el terrible clima, y sus navíos fueron en las “cáscaras de huevo contra nuestros arrecifes” –Cimbelino, III–.
La sociedad se asentaba sobre el poder absoluto de la reina, que repartía favores, concedía patronatos, otorgaba privilegios y recompensaba a sus más leales súbditos por los servicios prestados a la Corona, a través de intermediarios completamente corruptos a los que los solicitantes habían de sobornar. El exceso marca, pues, el pulso del tiempo isabelino –poco ha cambiado la historia en cuatrocientos años–. El orden celeste colisionaba con el desorden terrenal y los intelectuales y creadores isabelinos dedicaban la mayor parte de su obra a resolver esas contradicciones. El primero en declararse pesimista ante un escenario que había desterrado la equidad fue Christopher Marlowe, el aventurero que hizo de las tablas –al igual que más tarde Calderón– el verdadero tribunal del hombre, anticipándose con Tamerlán, Fausto, El judío de Malta y Eduardo II al ciclo de Shakespeare, al que Harold Bloom califica como “el más grande escritor que podremos llegar a conocer” y sitúa en la cúspide del canon occidental. Hasta la capacidad de albergar mil almas le atribuía Goethe al vate nacido en Stratford-on-Avon el 23 de abril de 1564.
En 1593, Shakespeare entró en el olimpo de los poetas al dedicar al Conde de Southampton Venus y Adonis. Londres, una ciudad llena de estafadores, pillos y nigromantes, “charlatanes parlanchines y muchos otros adeptos del pecado” –La comedia de los errores– contaba con tres teatros regulares: The Theatre, The Swan y The Globe obraban el milagro –casi siempre conflictivo– de reunir en el mismo lugar a la nobleza y a los pícaros y de unificar el gusto de toda una época.
Joyas como Venus y Adonis (1593) y La violación de Lucrecia (1594) –obras de juventud–, los polémicos y escandalosos Sonetos (1609) –publicados en edición pirata por Thomas Thorpe– o La queja de un amante (1609) son vertidos al molde castellano desde las naturales resistencias que ofrece la isla: las rocas inaccesibles de sus vocablos, las olas rugientes de sus formas verbales y los bancos de arena de sus infinitas dilogías y alusiones. Eduardo Gallardo Ruiz salva con creces en estos Poemas estos escollos –un viaje de placer para un lobo de mar del océano de la lengua inglesa como él–, solidificados por el paso el tiempo y las dificultades lingüísticas no sólo del lenguaje isabelino, sino de las peculiaridades de su idiolecto, de la lengua del bardo inglés volcada y expresada en su corpus poético. El léxico y las especificidades idiomáticas han sido calibrados y sopesados por Gallardo con precisión de cirujano. Y, de paso, Gallardo nos despeja las dudas, en medio de la nebulosa de identidades sobre la que se siguen escribiendo cientos de páginas los que él llama con socarronería “criptoanalistas”, sobre quién fue el bardo de Stratford.
A qué darle más vueltas, si Shakespeare fue… Shakespeare. Disfrutemos de su legado en esta excelente edición y traducción que, a nuestro juicio, supera a todas las anteriores. Imprescindible.
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