Opinión

Una primavera ahogada en sangre (II)

Víctor Morales Lezcano | Martes 30 de julio de 2013
El autor de estas cuartillas ha dejado constancia en varias ocasiones de su afecto hacia Túnez y de los buenos recuerdos que conserva de los círculos que transitó durante cinco años de fructífera cooperación con colegas de la Universidad de La Manouba y del Centro de Documentación Temimi. Como ocurre siempre en tales ocasiones, la convivencia profesional con docentes e investigadores se suele proyectar a otros allegados de aquellos. De esta manera, se amplifica -y se precisa- el horizonte humano de la sociedad extranjera en la que se habita -Túnez, en este caso-. No es por ello injustificado -ni mucho menos arbitrario- que quien firma estas líneas se haya visto impulsado a redactarlas ante la gravedad de lo que está pasando.
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El lector recuerda, sabe ya, y tiene constancia, de que la “primavera árabe” floreció en Túnez durante el mes de enero de 2011. Fue, pues, en la vetusta Ifriquiya, patria de dos colosos de la filosofía de la Historia como fueron el cristiano San Agustín de Hipona y el inconmensurable Ibn Jaldún, donde estalló la primera rebelión popular norteafricana contra el poder político esclerosado de Zine El-Abidine Ben Ali. Por ello, el proceso de legitimación de la rebelión popular a través de una operación constituyente de nítida legalidad democrática, se adelantó en Túnez con respecto a otros países norteafricanos y, a la larga, del mundo árabe-islámico.

Sin embargo, hay que reconocerle a la transición en Túnez, un ritmo metabólico algo lento, puesto que dos años largos después del encauzamiento de la marcha del país hacia las aspiraciones de libertad y justicia que movilizaron a su sociedad durante los primeros meses de 2011, el país se encuentra inmerso todavía en el proceso constituyente que se está fraguando en la Asamblea Nacional de la República. Los elogios a la moderación y escrúpulos de los constituyentes no empecen para reconocer que el acuerdo entre caballeros que todos ellos han contraído -demócratas, islamistas moderados, liberales de viejo y nuevo cuño- está tardando en cerrarse definitivamente para dar vía libre a futuras elecciones generales y presidenciales que terminarían por redondear el círculo.

Frente al antagonismo visceral entre las partes que tiñe el tejido social de
los dos Egiptos, en Túnez no falta voluntad de entendimiento gradual entre las gentes afectas al Islam político que encarna Ennahda y aquellas otras que cubren el arco del espectro demoliberal, como lo expresaríamos en el seno de la Unión Europea. Se ha apuntado, por ello, que no resulta comprensible el impasse que viene observándose en la Asamblea Constituyente a la hora de dar a luz la tan esperada Carta Magna del Túnez post-autoritario y clientelar.

Sin dejar de percibir lo delicadas que son las transiciones políticas en las sociedades modernas, no habrá que cansarse de repetir que los enemigos del cambio en Túnez -como no importa dónde- no cejarán en minar la materia prima con la que se inició la rebelión (revolucionaria) que hizo del bulevar Bourguiba, en la capital de la república, toda una metáfora urbana de un acontecimiento fundacional que inmediatamente trascendió a la nación entera.

En febrero de 2013 se cometió, en efecto, el asesinato de un líder del Frente de Izquierda -Chokri Belaid- a las puertas de su domicilio. No obstante las masivas y firmes manifestaciones de condena por el atentado, el ritmo de la gestión constitucional en ciernes no imprimió mayor velocidad a su cometido.

Ni por esas. Es así como se puede entender el segundo asesinato de otro destacado miembro del Frente de Izquierda -Mohamed Brahmi- ocurrido precisamente el 25 del mes en curso. O sea, en una fecha de regocijo conmemorativo, puesto que fue en tal fecha de 1956 cuando Túnez obtuvo la independencia de la metrópoli francesa. De ahí que el presidente de la república, Moncef Marzouki, haya declarado al diario Le Monde que “la fecha (del asesinato) no es por azar: significa todo lo que quieren destruir”. No habría que omitir la apostilla del líder de Ennahda, Mohamed Ghannouchi: “Ha sido más que un atentado, un crimen atroz” (a Brahmi le incrustaron once balas en el cuerpo), saliendo al paso de las sospechas circulantes que atribuyen los dos atentados al Islam político (ya sea moderado, o con ramificaciones extremistas).

A lo que parece, las investigaciones practicadas hasta el momento desde el Ministerio del Interior conducen a pensar que un terrorista a sueldo, de filiación yihadí, haya sido el autor de los dos asesinatos políticos. En cualquiera de los casos, más de cuarenta constituyentes han desertado de la Asamblea en protesta por la lentitud de proceso y por las pequeñas querellas internas que vienen dificultando la culminación del trascendental cometido que tienen en sus manos los electos. Es de temer que una dilación prolongada pueda favorecer el jaque mate a todo lo que Túnez representa para tanta gente, el autor de estas líneas incluido.