José Manuel Cuenca Toribio | Viernes 02 de agosto de 2013
Los días estivales –y más en C´…- son ocasionados a confidencias y desaguaderos sentimentales. Como es sabido –y los medios, aquí corporativismo laudable y patriotismo constitucional aún más loable, se encargan por estas fechas de recordarlo aun meses antes de la celebración-, en octubre próximo hará 70 años de la salida al público de los beneméritos Cuardernos para el Diálogo.
El cronista tiene aquí su pequeña e ínfima “historia” y a manera de expiación de sus pecados literarios –genus vatum irritabile est, dijo el viejo y siempre infalible Horacio- la reconstruye con permiso de los lectores y –lo que es más importante- a modo de posible escarmiento –denominarla lección sería, seguramente asaz altisonante- de futuros lletraferits, que en este, termométricamente apacible, verano afilan sus plumas y ensanchan su cultura al abrigo del silencio y el descanso que los meses del estío propician.
Un autor nunca llorado demasiado, Javier Tusell Gómez, hizo en el otoño de 1964 de introductor de embajadores a fin de que su amigo el articulista pudiera estampar su firma en el ya preciado sumario de uno de los números de la revista fundada por aquel gran español y demócrata que fuese avant la lettre D. Joaquín Ruiz Giménez. (Su devoto discípulo Guillermo Peces-Barba solía contar que, pese a su insistencia, nunca le “apeó” el tratamiento, prueba de la delicadeza del primero y de la auctoritas del maestro…). El tema elegido por el cronista para estrenarse en las páginas de la crecientemente prestigiosa publicación fue nada más y nada menos que las relaciones entre la Iglesia y el Estado en los tiempos de la Segunda República, asunto por el que transitaba a menudo por aquellas fechas –inminente oposición a cátedra de Hª Moderna y Contemporánea en el horizonte-. con el ahincado deseo de que su asiduo trato bibliográfico le entregase el secreto de algunas de sus enrevesadas claves. Muy influido por entonces por el magnético magisterio póstumo de Em Jaume Vicens Vives -escritor de raza en su lengua vernácula y todavía más si cabe en la castellana-, utilizó, en el afán de síntesis de su muy infirme trabajo, una metáfora muy del gusto de la prosa del gran historiador gerundense –“Calzose Pulgarcito las botas de las cuarenta leguas…”. Sin acordarse quizá de la raigambre vicensniana de la expresión, el redactor jefe de la mítica revista rechazó, con buen criterio, sin duda, el ilusionado artículo ofrecido a su consideración, fundándose primordialmente, según las noticias madrileñas recibidas por su autor, que nunca más, engolfado en otras tareas, volvió a llamar a las puertas de Cuadernos para aumentar la lista de sus colaboradores ocasionales.
Se repetirá que, aparte del momentáneo sinsabor producido por negativa tan puesta en razón, no hubo en dicho desistimiento despecho o altivez algunos. Acaso el censor se mostrara un punto rígido en difícil e indispensable función; pero su postura evidenciaba un cuido por el lenguaje y la propiedad expresiva que sólo merece loanzas. Vista desde las perspectivas actuales, de absoluta degradación de la forma –a su vez reflejo, por supuesto, del descaecimiento del fondo- en todos los géneros literarios sin excepción, la actitud de P. A., colocado por D. Joaquín, de limpia prosapia humanista en su, hèlas, escaso comercio con las musas, para custodiar la nobleza y esplendor del idioma en que se escribió El Quijote, resulta bien acreedora al aplauso más encendido, tributado con todo ardimiento desde las líneas de su frustrado colaborador..