Juan José Laborda | Viernes 02 de agosto de 2013
El presidente Rajoy ha marcado un estilo. Su discurso avanzaba por medio de citas de su mayor adversario, Alfredo Pérez Rubalcaba. Las citas de Rubalcaba -el presidente lo citó como “señor Pérez Rubalcaba” para marcar una distancia ¿definitiva?- sirvieron para descalificar al autor de las mismas. Fue la parte más vibrantemente agresiva de una pieza oratoria que empezó pidiendo disculpas. Muchos se percataron entonces de los ecos de otro recordado “me he equivocado”.
Pero encadenar un discurso con citas nos sitúa en la más rabiosa actualidad. ¡Es cierto! Es el método con el que se confeccionan escritos varios. “Cortar y pegar” citas, recolectadas en Google y en wikipedia, nos acerca a la modernidad. Modernidad que nos lleva -es un ejemplo- al final del periodismo como profesión que busca “hechos” -”los hechos son sagrados, los comentarios son libres”, se decía antes-: los alumnos de periodismo, como de cualquier facultad literaria, no investigan en la calle, en la sociedad, en los archivos; ¡no!; lo hacen entre las cuatro paredes de su casa u oficina, persiguiendo los hechos en la red de internet.
Así se aprehende la verdad virtual de nuestro tiempo.
Construir con citas se emplea hoy para elaborar los trabajos señeros del saber académico. En Alemania -tal vez uno de los pocos países donde el título de doctor da lustre, aunque no se trate de un médico-, la técnica de unir citas ha ocasionado que famosos, sobre todo en la política, se doctoren copiando sus tesis doctorales. Allí, en Alemania, tienen en esto costumbres igual de raras, y es normal que el plagiario dimita del cargo político. Algunos entendidos sostienen que esa particularidad dimisionaria se debe al protestantismo, y a que los pecados no se olvidan una vez confesados.
Donde la confesión de los pecados, la contrición o atrición de los mismos, como en España, se unen a la prescripción de los delitos, o a los largos procedimientos judiciales, esa coincidencia se conjuga con una percepción del tiempo político que conduce al olvido, y éste, muchas veces, a un desapego ciudadano de las instituciones y del Estado.
La dimisión por causas políticas se sitúa en otro plano que la renuncia por efecto de una condena judicial; el concepto de responsabilidad es diferente en uno y otro caso. Por algo la cultura democrática surgió primero en países como Holanda e Inglaterra, donde la revolución religiosa produjo la política.
Cuando conocí al president Josep Tarradellas le escuché un aforismo que resumía esa diferencia (como país católico y roman(ic)o). Tarradellas, viéndome entonces joven, me dio un consejo: “Un político no debe jugar o apostar con dinero; no debe beber; no debe faltar a una cita con sus electores, aunque se haya muerto su padre; y no debe dimitir nunca”.
El presidente Rajoy, según eso, mantendrá su compromiso de no dimitir y de no adelantar las elecciones. Lo puede conseguir salvo que su partido no le apoye, y eso podría suceder si las encuestas electorales, o las elecciones próximas, fueran muy malas.
Y dentro de esa misma lógica está Alfredo Pérez Rubalcaba. El debate de hoy debe tener continuidad con el de los tiempos posteriores. ¿Los tiempos posteriores son los tiempos futuros?
Diría que sí. Ha quedado anunciado hasta una moción de censura. Rubalcaba, como Rajoy, salen del debate con “una hoja personal de ruta”, un itinerario.
Ese calendario es conveniente para ambos, pues el caso de Bárcenas, que es también un caso de competencia periodística, volverá a alimentar las tensiones entre los partidos.
Pero si las tensiones llegan al seno de los partidos políticos, para Rubalcaba será menos grave que para Rajoy. La crisis de la UCD con el presidente Suárez puede ser el antecedente, con la diferencia que ahora no existe una alternancia clara en el Gobierno como entonces.
¿Se abriría entonces una formula inédita, una coalición entre los dos principales partidos? Sería la respuesta a ese: ¿Y ahora qué?
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