Los Lunes de El Imparcial

Velibor Colic: Los bosnios

RESEÑA

Domingo 04 de agosto de 2013
Velibor Colic: Los bosnios. Traducción de Laura Salas. Periférica. Cáceres, 2013. 128 páginas. 16 €

“Todo es verídico, por desgracia”. Así lo señala Velibor Colic, porque lo que cuenta lo vivió y sufrió en primera persona, aunque el libro no sea ni una autobiografía ni un relato pormenorizado de la historia vista con sus ojos.

En Los bosnios se narra el drama de la guerra de los Balcanes, hacia 1992, cuando los enfrentamientos adquirieron ribetes de crueldad que parecían olvidados. Pero también es una historia de la guerra, del drama asociado a ella, de las personas de carne y hueso que sufren en cada conflicto bélico, más de lo que se puede imaginar siquiera una generación que no las haya vivido. Es la historia de los musulmanes, bosnios y serbios que maltrataron y fueron maltratados. También de las ciudades y pequeños pueblos que, literalmente, desaparecieron, fueron arrasados, como Grapska o Derventa. Es, por último, la vida en los campos de concentración, donde las mujeres eran violadas con sevicia y de forma reiterada, los hombres eran torturados e incluso amputados, mientras muchos encontraban una muerte temprana y cruel. Libro donde los que sufren son personas y no meras estadísticas, como ocurre en ocasiones.

Parece como si, de repente, todos los males se hubieran concentrado sobre los Balcanes y los sufrimientos de su gente. Esto está narrado de manera magistral en la primera parte, donde Colic presenta pequeños retazos de vidas, y sobre todo muertes, de personas de los distintos bandos en disputa. “Hombres”, se denomina el capítulo, quizá para señalar lo que une a los sufrientes, en vez de distinguirlos por su raza, nación o religión. El primer caso es ilustrativo: Adem estaba marcado, encorvado, con la columna vertebral lesionada a perpetuidad. Un día lo detuvieron y lo encontraron después erguido por primera vez, “de pie contra la pared de su casa natal, empalado en una estaca. Le habían roto la columna vertebral para enderezarla”. Así comienza el libro. Otro caso es el de Anto, líder croata, que fue detenido y sobrevivió once días: en los diez primeros le cortaron diariamente los dedos de la mano, al decimoprimer día le cortaron la cabeza.

La guerra también permite momentos de grandeza y heroísmo. Como no cometer arbitrariedades aunque eso cueste un castigo físico; como el del soldado serbio que en su Devocionario ortodoxo tenía marcada como lectura habitual la Oración por los enemigos, pidiéndole a Dios que los perdonara; algunos otros. Pero, como se puede presumir, eso no era lo habitual.

Esto llevó quizá a Greba a decir que había tres cosas que “saben a derrota: son el hambre, la sed y la vergüenza. Nos darán comida y agua, pero me temo que la vergüenza nos sobrevivirá”. Así era, por haber visto tanto horror, bien expuesto a través de las páginas, y muy claro en esos capítulos finales titulados “Alambradas”, donde aparecen temas como Ruzica o “el campo de las mujeres” (es decir, campos de concentración serbios donde violaban a las detenidas); Manjaca o “el campo del hambre”; Doboj o “el campo de la muerte”; todo lo cual culmina con el Estadio de Slavonski o “el campo de la derrota y la vergüenza”, donde estuvo el propio autor y desde el cual escapó para contar lo que había vivido.

Después de las guerras mundiales y los genocidios de la primera mitad del siglo XX muchos pensaron que el horror había llegado a su punto culminante y no se volvería a repetir. Bosnia demostró que la capacidad destructiva del ser humano seguía intacta y dispuesta a reinventar las miserias.

El libro de Colic nos acerca a la guerra y a la muerte, donde es posible palpar el dolor de las pérdidas, la brutalidad de los asesinatos y las violaciones, la bestialidad de las amputaciones e incluso el olor de los cadáveres recién fallecidos. Como ha ocurrido tantas veces en la historia, del drama de las guerras y el dolor de la muerte ha surgido abono fértil para la literatura. En este caso la guerra de los Balcanes nos entrega una novela breve, sufriente, pero necesaria.


Por Alejandro San Francisco