Joaquín Vila | Domingo 04 de agosto de 2013
Parece mentira que un tiparraco engominado hasta las cejas, con abrigos a lo Al Capone, con cara de chulo, desvergonzado, hinchado como una foca por las mariscadas y chuletones, además de mafioso, pueda tener una mujer tan guapa, tan discreta y con tanta clase. A pesar de todos los pesares, ha ido a verle a la cárcel del brazo de su hijo, a darle ánimos, en lugar de atizarle un sonoro y merecido sopapo.
Pero ahora, el juez Ruz le pide a su mujer nada menos que seis millones de euros. ¿Qué tendrá que ver la pobre Rosalía Iglesias con las artimañas de su marido? ¿Qué responsabilidad en sus enjuagues y en sus presuntos robos?
Es verdad que en España y en medio mundo sigue imperando el machismo. Y la bella y discreta mujer de Bárcenas puede haber firmado papeles o se ha involucrado sin saberlo en operaciones mafiosas.
Pero no parece tener responsabilidad alguna en las trapisondas de su marido. Es un caso similar al de la Infanta Cristina. Mientras, presuntamente Urdangarín robaba a manos llenas, la hija del Rey se limitaba a firmar. ¿Sabía la Infanta o la mujer de Bárcenas lo que firmaban?. Mas bien, creo que no.
Pero el caso es que lo firmaban y, ante la ley, una firma significa la conformidad con el documento en cuestión. Deberían los jueces tener en cuenta este dato. Hay mujeres que firman por lealtad y confianza en su marido. Sin saber lo que hacen. Es ingenuo y absurdo. Pero, en realidad, no son responsables. Son sólo ingenuas.
La bella Rosalía Iglesias va a sufrir un calvario por culpa del delincuente de su marido. Pero ahí está. Dando la cara, sin ocultarse, valiente y con una elegancia y un estilo difícil de superar. Hay que esperar que no sufra las consecuencias de las tropelías de su esposo. ¿Cómo puede una mujer así casarse con un repugnante y espantoso mafioso como Bárcenas?
Pues por increíble que parezca ni es la primera ni será la última. El mundo está lleno de magníficas mujeres casadas con ceporros o, peor, con mafiosos. Ellas sabrán por qué. Tal vez, porque de jóvenes, los tontos parecen buenazos. Pero terminan siendo unos sinvergüenzas. Quizás por esos complejos de inseguridad que acarrea la memez. Y el dinero es la única fórmula de camuflar la estupidez y esos enormes complejos.
Pero el caso de Rosalía Iglesias tiene toda la pinta de ser una injusticia flagrante. Aunque, también es verdad, que ella se lo ha buscado al unirse a un tiparraco de esa calaña y al firmar ingenuamente lo que no debía. Esperemos que el juez Ruz llegue hasta el final y esta bella mujer pueda demostrar su inocencia. Y, de paso, que aprenda con quien se junta. ¿Cómo puede ser ella tan guapa y él tan repugnante?
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