Opinión

Aquellos últimos veranos

Alfonso Cuenca Miranda | Domingo 04 de agosto de 2013
Cuando muchos nos disponemos a disfrutar de los atractivos estivales, merece la pena que, haciendo un último alto en el camino, recordemos dos veranos en los que el mundo cambió para siempre, los de 1914 y 1939 (a los podría añadirse el de 1936 para el caso de España).

Por qué “todo” se desencadenó en verano es algo que, en principio, no puede sorprender si se tiene en cuenta que ésta ha sido tradicionalmente, por razones evidentes, la mejor época para emprender campañas militares. Pero, junto al referido factor operacional, también existe un componente psicológico propiciatorio. El verano, y el mes de julio en particular, es un período en el que el año parece venirse encima, mucho más de lo que sucede en el otro final del semestre. Sin duda, el recuerdo de nuestro pasado calendario escolar ha impreso en este sentido una huella indeleble en el subconsciente colectivo e individual. Pues bien, de este modo julio se ha convertido en una especie de fin de ciclo, de pequeña muerte del mundo podría afirmarse, en el que la catarsis como solución puede llegar a convertirse en una tentación para algunos. Esta pulsión por “acabar de una vez”, por jugar “un todo o nada”, estuvo muy presente en los días previos al estallido de la Primera Guerra Mundial, incluyendo de manera decisiva en su desencadenamiento, como reflejara lúcidamente Bárbara Tuchman en su célebre “Los cañones de agosto”. Por otra parte, y en cierta medida en sentido inverso a lo anterior, la inminencia del descanso, del letargo social consentido durante al menos un mes, favorece cierta negligencia en los quehaceres profesionales y cotidianos. Esta distracción, este relajamiento de la vigilancia, también jugaría un papel destacado aprovechado por los desencadenantes de las tragedias aquí evocadas. Así, la pasividad de los aliados ante los contactos diplomáticos entre Berlín y Moscú en el verano de 1939 es claramente ilustrativa de lo acabado de afirmar.

Los acontecimientos de aquellos días cogieron por sorpresa a un mundo que poco vislumbraba su inminente desaparición. Todavía hoy nos llaman poderosamente la atención las imágenes viajando a las playas y disfrutando de los placeres del verano de aquellos que sólo unas semanas o meses más tarde iban a vivir la más terrible experiencia humana, la guerra en su extrema crudeza, como nunca antes había sido sufrida. Si ante el estallido de la Primera Guerra Mundial Lord Grey (ministro del Foreign Office) pudo premonitoriamente afirmar que los faroles de Europa se habían apagado, dudando que fueran a encenderse de nuevo durante la vida de su generación, tras el conflicto de 1939 no sólo Europa sino la propia existencia del ser humano en el planeta jamás volvió a ser igual, afirmación corroborada con la sola invocación de nombres como Austwich o Hiroshima.

Hay una imagen frecuentemente evocada en la literatura (también en el cine), principalmente en la de tipo bélico, que pronto habría de surgir: el baño estival de aquellos que pronto iban a inmolarse en tal colosal ara. Jóvenes, casi niños, en su verano vital pronto truncado. Sobrecoge aún leer un célebre poema británico de la Primera Guerra Mundial: “somos los muertos, hasta hace pocos días vivíamos, sentíamos el amanecer, veíamos el resplandor de la puesta de sol, amábamos y éramos amados y ahora yacemos en los campos de Flandes”. El baño es el preludio del abismo, el último recuerdo de la niñez de un mundo que perdería para siempre su inocencia. Las metáforas son múltiples: el mundo muere en su climax, el verano –algo parecido a la vinculación entre eros y tánatos-, el verano reclama la siega, no sólo de campos, sino de hombres, etc…

Felizmente, aquellos veranos nos quedan muy lejanos. Pero, si bien no parece que estemos ante las puertas del infierno, no nos engañemos. Aquellos rostros sonrientes de nuestros predecesores que hoy contemplamos en documentales bañándose en el mar, jugando en familia, montando en bicicleta, no eran de personas más infelices, más ingenuas, más estúpidas, en definitiva, que nosotros, los hombres y mujeres del presente. La muerte les llegó sin avisar, aunque hoy podamos hacer análisis científico-deterministas señalando lo contrario. Es algo que no deberíamos olvidar.