Opinión

El retablo de Maese Pedro

Alejandro Muñoz-Alonso | Lunes 05 de agosto de 2013
La comparecencia del Presidente del Gobierno ante el Congreso –sesionando excepcionalmente en el desangelado hemiciclo del Senado- con el asunto Bárcenas como gran tema de fondo, ha sido objeto de múltiples comentarios, muchos de ellos segados y malintencionados, al servicio de la desaforada cacería que se inició hace ya muchos meses. No voy a glosar lo que, en mi opinión, ha sido una de las mejores y más brillantes intervenciones parlamentarias de Mariano Rajoy, porque creo que, pese a la fecha, ya plenamente estival, ha sido suficientemente conocida, valorada y sopesada por el público en general. Quizás a una cierta parte de ese público le habrá costado trabajo desasirse de los prejuicios, las insidias y las calumnias más profusas y elementales diseminadas con el mayor esmero y redundancia por la izquierda, sus terminales y tertulianos de guardia y hasta por ese sector de la derecha sociológica, persistentemente desorientado, y propicio a aceptar los más clamorosos infundios, sin un mínimo atisbo de espíritu crítico y sin la menor capacidad para realizar en qué escenario estamos y qué es lo que está en juego.

Con la perspectiva que dan los pocos días transcurridos e intentando hacer un análisis de conjunto, lo que allí se vio fue a un Presidente que casi desde el principio reconoció que su confianza había sido burlada (“¡me equivoqué!”) y que explicitó los principios, los valores y los fundamentos jurídicos que han guiado su acción como Presidente del PP y como Presidente de Gobierno. Enfrente –con notables y escasas excepciones- se pudo ver y oír a unos portavoces de los grupos más grandes y más pequeños de la oposición, haciendo el papel de jauría parlamentaria y decididos a destrozar a dentellada limpia al Presidente, compitiendo por ver quién le daba antes el definitivo bocado, en la expectativa de verle salir, derrotado y con los colgantes miembros ensangrentados, camino de su despacho para redactar la carta de dimisión.

Ninguna variedad en los argumentos -por llamarlos de alguna manera- utilizados, ninguna sorpresa en el estilo, de lo torpe hasta lo soez, de que hicieron gala los intervinientes. No tienen otro. Ni un remoto eco ciceroniano (“Quosque tandem abuteris…) que habría tenido sentido ante una situación tan grave como, la que según ellos, está sufriendo este país, al que casi todos evitan llamar España. Sí hubo, por cierto, una referencia indirecta a Catón el Viejo (imposible saber si quien la usó conocía su autor) cuando uno de los voceros, el independentista catalán Bosch, después de afirmar que el Presidente “miente como un bellaco o es un zoquete” (sic) se despachó con un delenda est Mariano, ignorando que en latín habría que usar el masculino, esto es delendus. Dicen que es profesor universitario, lo que muestra cómo anda la Universidad española (o catalana) y cómo se cuelan en ella los auténticos zoquetes.

En realidad, todos esos portavoces de la oposición podrían haber sido sustituidos por una sola persona, Luis Bárcenas, pues todo ellos utilizaron los supuestos “hechos” que este presunto delincuente encarcelado (como poco, defraudador de Hacienda) viene propalando, en el marco de su estrategia de defensa, en la que todo vale. Con la inestimable ayuda, claro está, de su personal portavoz, el director de El Mundo, que también podría haber participado en la sesión parlamentaria, en tándem con su única y peculiar “garganta profunda”, que en esta ocasión no es anónima sino protagonista principal de este poco quijotesco retablo, no de las maravillas sino de los infundios, que para satisfacer la general curiosidad presenta un hodierno “maese Pedro”. Los cada vez más escasos lectores del Quijote recordarán que el tal maese tenía un mono –asígnese el personaje a voluntad- que al oído de su amo “adivinaba” el pasado y el presente, pero no el futuro y seguro que no han olvidado que don Quijote acabó a mandobles con el retablo del maese. Todo un símbolo de cómo terminan siempre los retablos-montajes de patrañas, por bien armados que parezcan. Podrían recordar también la exclamación de Cicerón cuando la conjuración de Catilina fue desmantelada y ejecutados sus compinches: Vixerunt! (Que se lo traduzca Bosch).

Más aún. Todos esos voceros podían haberse ahorrado la escucha del discurso de Rajoy, pues todos ellos llevaban la respuesta preparada y daba igual lo que dijera el Presidente. Se trataba de exigirle la dimisión, cualesquiera que fueran los argumentos que utilizase. Tenía razón Alfonso Alonso, portavoz del PP –que hizo una espléndida intervención- cuando se refirió al tono inquisitorial de la oposición. Como en las purgas stalinianas de los años treinta del pasado siglo, la sentencia ya estaba redactada antes de empezar el juicio y el reo solo era preciso que confesase y aceptase la pena. Muy pocos matices entre ellos. La petición de dimisión era el denominador común. IU pedía, además, elecciones anticipadas, pero de eso Ruabalcaba no dijo nada porque habría sido como mentar la soga en casa del ahorcado. ¿Cómo va siquiera a aludir a la posibilidad de unas elecciones cuando su partido y él mismo están en caída libre?
Pocas veces se ha visto en nuestro Parlamento un contraste tan flagrante entre un estadista que mira a los lejos sin más brújula que el interés general de su país y su prestigio y una serie de portavoces que, muchos de ellos, encajan a la perfección en ese concepto de “politicastro”, que se usaba tanto en el siglo XIX, y que el DRAE define acertadamente como “político inhábil, rastrero, mal intencionado, que actúa con fines y medios turbios”. Rajoy practica la Política con mayúsculas, por eso no entró, nunca ha entrado, en la minucia de las infamias gratuitas, de las preguntas-trampas de origen barceniano sobre las que los voceros de la oposición habían montado su penosa estrategia. Fieles a las definición citada, éstos practican eso que los franceses llaman despectivamente la politique politicienne que es la del vuelo bajo, rastrero, incapaz de desprenderse de las miserias y del egoísmo. Esa política del “todo vale” que, desgraciadamente, parece haberse impuesto como norma en una buena parte del escenario político español.

Pero, ¿qué se puede esperar de una oposición que hace solo unos días, con motivo del terrible descarrilamiento de Santiago, pretendía tirarse al cuello del Gobierno con el pretexto de los sistemas de seguridad o de los servicios de socorro y asistencia? Algunos parecían frotarse las manos antes la perspectiva de un nuevo Prestige. ¿No había dicho en aquel entonces un dirigente socialista de segunda fila que si hacía falta se hundía un nuevo Prestige? Pues ahí lo tenían, ansiosos como los tiburones ante el olor de la sangre.

Resulta difícil saber el porqué de este encono, obsesionado con la exclusión, ávido no de ganar al contrario sino de eliminarlo. Unas actitudes políticas pre-democráticas, porque les incomoda el pluralismo, no toleran al adversario porque para ellos solo es el enemigo a abatir. ¿No ha dicho el invictus dirigente del socialismo madrileño que el PP es el heredero y legatario del franquismo? Y se quedó tan pancho el pobre hombre, sumido en su ignorancia. Ya decimos que los zoquetes surgen en los sitios más inesperados, especialmente en ciertas zonas de nuestro panorama político.

TEMAS RELACIONADOS: