Alejandro San Francisco | Lunes 05 de agosto de 2013
Las noticias se repiten de manera desalentadora, triste y sostenida. Decenas de muertos en Egipto producto de la situación política que afecta a ese país; cerca de ochenta personas perdieron la vida en un absurdo accidente de tren camino a Santiago, en España; otros tantos accidentes de tránsito han tenido también víctimas fatales en Suiza e Italia; bandas de narcotraficantes y mafias matan sin piedad a sus adversarios y a otras personas lejanas al mundo de la droga. En China fallecen personas por el calor; niños son muertos antes de nacer en distintos lugares del mundo; algunos ancianos abandonados dejan el mundo sin que nadie los llore. Es el drama y el misterio de la muerte, que se renueva en estos días de dolor, afectados especialmente por el accidente de tren en Galicia que tanto nos conmovió.
En las sociedades religiosas o con sentido trascendente, la muerte tiene un lugar central, es camino hacia la vida, la culminación de la existencia, incluso el encuentro definitivo con Dios, como lo creen y esperan los creyentes. En las sociedades secularizadas no solo se pierde esa dimensión sobrenatural, sino que también surgen vacíos para explicar el por qué de la vida, de la muerte y del más allá.
Hay momentos históricos en que la muerte se multiplica por cientos, miles e incluso millones de personas, como ocurre en el caso de las guerras mundiales, que azotaron a la humanidad en el siglo XX, o las carnicerías sufridas bajo los regímenes totalitarios que asolaron fundamentalmente Europa, pero que afectaron a diversos continentes. A ello se suma una condición que podríamos considerar
contra natura, como es la muerte de tantos jóvenes que preceden a sus padres en dejar este mundo, que es muy inhabitual en circunstancias normales y casi obvia en los años de guerras. Son momentos para rebelarse contra todo lo conocido, contra el propio sufrimiento e incluso contra el Dios que lo permite, pero también es una oportunidad para pensar más profundamente y descubrir el sentido de la propia existencia.
Así lo explicó, entre tantos otros, el siquiatra Viktor Frankl, quien expuso sus conclusiones en un libro fundamental, El hombre en busca de sentido (Madrid, Herder). El había estado en un campo de concentración, experimentó las bajezas de los guardias, los deseos de morir de tantos hombres y mujeres que no se explicaban cómo se había llegado a esa inhumanidad. Ante esa situación Frankl explicaba que “al hombre se le puede arrebatar todo salvo una cosa: la última de las libertades humanas –la elección de la actitud personal ante un conjunto de circunstancias– para decidir su propio camino”. Por ejemplo ante la muerte. Es como decir que se puede morir con más sentido y tranquilidad cuando se ha sabido para qué vivir. En otra parte agregaba: “El modo en que un hombre acepta su destino y todo el sufrimiento que éste conlleva, la forma en que carga su cruz, le da muchas oportunidades –incluso bajo las circunstancias más difíciles– para añadir a su vida un sentido más profundo”.Esa, podríamos decir, fue la circunstancia que rodeó la muerte de Sócrates, el hombre sabio de Atenas en tiempos de pensamiento profundo y de servicio público decidido, fue condenado a muerte de manera absurda, injusta y vergonzosa. El paso de los siglos sitúa al formador de Platón –que nos ilustra en su notable
Apología de Sócrates el proceso vivido por su mentor– y de otros tantos filósofos en un verdadero panteón ejemplar destinado a perdurar, mientras sus acusadores han sido olvidados o aparecen en medio de un recuerdo humillante y triste. Poco antes de acercarse a su destino final, Sócrates proclamó una curiosa despedida: “Aquí me voy yo a morir y ustedes a vivir. Solo el dios sabe quién va a mejor parte”. Curiosa para lo que escuchaban y lo habían condenado, no para quiénes entendían el fondo de su ejemplo ni tampoco para la posteridad.
Otro caso paradigmático es el de Jesús, condenado a muerte, también injusta y que avergüenza a sus acusadores, pero plena de sentido y cuyo valor se conserva hasta hoy. Sufrir por los demás, morir por los demás, experimentado en primera persona por quien había dicho que no hay amor más grande que dar la vida por los amigos, es un ejemplo ético que traspasa épocas e incluso las religiones.
Es obvio, como sabemos, que a la mayoría de las personas no corresponderá enfrentar esas muertes ejemplares, sino que tendremos un final más anónimo y normal. Esperamos que no se repitan las carnicerías humanas del siglo XX, que segaron vidas arbitrariamente y repartieron el horror. Pero en todos los casos, con heroísmo o normalidad, en la circunstancia que a cada uno le toque, es preciso estar preparado y, en lo posible, haber descubierto el sentido de la vida (y de la muerte), para cuando llegue el momento.
Quizá convenga recordar esos versos de Antonio Muñoz Feijoo, aprendidos hace tantos años, y que nos pueden servir de vez en cuando para orientar nuestra propia vida.
No son los muertos los que en dulce calma
la paz disfrutan de su tumba fría,
muertos son los que tienen muerta el alma
y viven todavía.
No son los muertos, no, los que reciben
rayos de luz en sus despojos yertos,
los que mueren con honra son los vivos,
los que viven sin honra son los muertos.
La vida no es la vida que vivimos,
la vida es el honor, es el recuerdo.
Por eso hay muertos que en el mundo viven,
y hombres que viven en el mundo muertos.
Después de todo, pase lo que pase, solo de la muerte de todos y de cada uno podemos estar seguros. Por ello es preciso repensar lo que somos y lo que hacemos, dar sentido a nuestra propia vida y aprovecharla al cien por ciento. Vivir conscientes de que vamos a morir y de que eso puede ocurrir en cualquier minuto. Vivir preparados para esta vida y también para la muerte.