Sábado 10 de agosto de 2013
La ministra de Fomento, Ana Pastor, ha dado una nueva muestra de que es una política de raza, tan discreta como eficaz, que está donde debe estar en el momento adecuado y oportuno. Tras el reciente descarrilamiento del tren Alvia, que ha sumido a España en un dolor compartido con las víctimas y familiares del fatal accidente, y ha puesto de manifiesto la solidaridad de los españoles, sobre todo en luctuosas circunstancias, Ana Pastor ha comparecido en el Congreso de los Diputados para dar cuenta de la actuación de su ministerio en lo sucedido. Y lo ha hecho a petición propia, lo que no es nada habitual en una clase política que parece vivir en una torre de marfil, cada vez más alejada de las preocupaciones e intereses de los ciudadanos, quienes le están dando la espalda.
La señora Pastor, con una sólida trayectoria en su haber, enaltece a esa clase política, como ayer volvió a demostrarse. No solo hay que destacar que ella misma pidiera rápidamente la comparecencia, sino que no la utilizara para arremeter contra el adversario ideológico. Ana Pastor podría haber recordado que la línea donde se produjo el accidente se construyó, y con bastante precipitación por motivos electoralistas, en la etapa socialista, cuando era ministro del ramo José Blanco. Pero ha preferido hablar en positivo, sin olvidar el dolor por la tragedia, comprometiéndose a no descansar hasta que se averigüe con exactitud lo ocurrido, y a tomar todas las medidas posibles para que algo semejante no vuelva a suceder y se tengan previstos los más rigurosos protocolos y sistemas de seguridad. Así, entre otras cuestiones, ha señalado que se está llevando a cabo una revisión general de las velocidades en toda la red ferroviaria española y ha anunciado veinte medidas de mejora de dicha red. Está claro que contar con la máxima seguridad es algo imprescindible, pues, llegado el caso, puede evitar o al menos aminorar las consecuencias del error humano imprevisible.
Parece que el terrible suceso que ha conmocionado a España se debió precisamente a un error humano, pero esto no se puede dar por sentado sin investigar a conciencia, como se hará, según ha declarado la ministra de Fomento. Y mucho menos achacar ese error a un comportamiento no solo irresponsable sino que se vanagloriaba de ello. De ahí que resulte poco menos que perverso el juicio, prácticamente condenatorio de antemano, que se montó apresuradamente en la plaza pública de algunos medios de comunicación contra el maquinista del tren siniestrado, actuando como verdaderos Torquemadas. Lo primero es, como bien ha apuntado la ministra, que se sepa toda la verdad de lo sucedido.