Opinión

Delfines

José María Herrera | Sábado 10 de agosto de 2013
Los antiguos poetas griegos sostenían que los delfines fueron originalmente piratas a quienes el dios Dionisos castigó transformándolos en criaturas marinas por haber intentado venderlo como esclavo. Tras la metamorfosis, arrepentidos de su conducta, aprendieron a ser simpáticos y beneficiosos. Arión de Lesbos, poeta del siglo VII a. de C., lo comprobó en un viaje cuando, informado mediante un sueño por Apolo de que la tripulación de la nave pensaba matarlo para sustraerle el dinero, subió a cubierta, entonó una canción tan aguda que atrajo a los delfines al barco, se arrojó al mar y huyó montado a lomos de uno de ellos. El delfín lo llevó directamente hasta Corinto, ciudad en la que residía, y murió allí en la orilla exhausto debido al esfuerzo. Periandro, el rey, conmovido, mandó construir un monumento funerario en honor al heroico cetáceo.

Plinio el joven, inventor de la crónica periodística, relata en una carta dirigida a Caninio la historia que protagonizó en Hipona otro famosísimo delfín. La ciudad, colonia romana hasta la época de San Agustín, quien falleció allí trescientos treinta años más tarde, durante el asedio vándalo del 430, se situaba en una bahía a orillas del río Ubus. Los vecinos, especialmente los jóvenes, acostumbraban a ir a la desembocadura para pescar, nadar y pasear en barca. Un día, mientras varios muchachos competían en una carrera de natación, un delfín se aproximó a uno de ellos y empezó a jugar con él, dando vueltas a su alrededor, lanzándolo al aire, llevándolo encima hasta la orilla o adentrándose con él en el mar. La tele nos ha acostumbrado a este tipo de espectáculos, pero el pueblo de Hipona nunca había visto semejante cosa y quedó atónito con el prodigio. El asombro aumentó a medida que crecía la confianza entre el chico y el delfín, tan grande como para que éste llegara a tumbarse en la arena a fin de tomar el sol junto a su compañero. La noticia se difundió rápidamente por la región y empezaron a llegar curiosos de todas partes, entre ellos Octavio Avito, legado consular, quien, por ridícula superstición, estuvo a punto de echar a perder el espectáculo al aprovechar que el delfín yacía en la orilla para untarle un perfume con el que consiguió que no volviera en varias jornadas. Cuando lo hizo, al cabo de unos días, se multiplicó la afluencia de público, no faltando magistrados a los que hubo que agasajar a costa del erario municipal. Aunque algunos ganaban con el barullo, Plinio cuenta que el municipio se encontraba en una situación cada vez más apurada, así que, con el pretexto de no perder la tranquilidad de que había gozado hasta entonces Hipona, se decidió matar en secreto al delfín y acabar con el problema, como así ocurrió.

Descubridores del tedium vitae, los romanos sabían que la felicidad es algo precario y mediocre y que es absurdo arriesgarla a cambio de beneficios inciertos. Su visión del mundo se asemejaba a la de Abderramán III, en cuyas manos se encontró al morir un papel donde había apuntado los días de reinado en los que gozó de una alegría pura y sin nubes. Eran catorce, pocos para alguien que dispuso de las delicias de las mil y una noches durante cincuenta años, siete meses y tres días. Y es que no es tan fácil disfrutar de la vida como afirman los manuales de autoayuda. Incluso en las ciudades veraniegas, donde la gente posterga los nobles ideales que profesa el resto del año e intenta que unos deseos no estorben a otros, pocos alcanzan el placer soñado. La maldición humana es que hasta cuando nos conformamos con la obtención de satisfacciones menores lo habitual sea el fracaso. Afortunadamente, mientras se piensa en ello, la mirada perdida en el océano, reiterativo e insulso, asoma a veces la cabeza de un delfín que nos recuerda el deber de no desairar a Dionisos, el dios que desata los nudos.