Alejandro San Francisco | Lunes 12 de agosto de 2013
En estos días de caluroso verano recibo la visita de un grupo de amigos chilenos. Conversaciones largas, diversas y entretenidas sobre fútbol, actualidad y de nuestras vidas. En un momento consultan sobre mi libro preferido. Interesante pregunta, difícil respuesta. La literatura nos da siempre sorpresas agradables, podemos elegir una gran obra reciente, un clásico de todos los tiempos, nos podemos mover desde los rusos a los norteamericanos, los franceses del siglo XIX, los ingleses, alemanes, por cierto los españoles o los autores del boom latinoamericano, y podríamos agregar una lista importante de autores de distintas nacionalidades y sus respectivas obras. Para resolver esta pregunta cobran importancia tanto los gustos personales de lo gozado y leído, así como la propia ignorancia por aquellas obras que desconocemos. Con esas consideraciones previas, me decidí por Los Miserables, gran obra del francés Víctor Hugo (1802-1885), a quien muchos llamaron el “escritor del siglo”.
El libro, sabemos, no es muy leído hoy. Se ha dicho que los lectores modernos podrían no aceptar una obra tan larga y que se detiene en mil detalles (la ciudad de París y sus cloacas, la batalla de Waterloo, la vida de los delincuentes y de los rebeldes políticos, historias de amor que cruzan la obra completa). Quizá deban leerlo siempre personas con más lecturas en el cuerpo y con un criterio más desarrollado. Los conocimientos históricos no estarían de más para no enredarse en algunos asuntos de contexto. Sin embargo, como problema de fondo, Los Miserables conserva su frescura y un desarrollo atractivo a través de muchos capítulos, que hacen que el lector esté interesado, esperando con ansiedad las próximas páginas para saber en que terminará la historia.
Jean Valjean, quien había estado preso durante dos décadas, hombre indeseable y proscrito social, golpeó la casa de un hombre de Dios y fue recibido con amor, palabra que quizá desconocía o había olvidado. Monseñor Bienvenido no sólo lo acogió, sino que pidió más cubiertos para compartir la mesa y sábanas limpias para la cama que ocuparía como invitado especial. El huésped no estuvo a la altura, y robó algunas cosas además de golpear al anfitrión, aunque fue pronto detenido por la policía. El ladrón dijo que había recibido una donación por parte del obispo y este ¡ratificó! a la policía la versión y agregó un par de candeleros adicionales de regalo. Miró a los ojos a Valjean y le dijo: “No olvidéis nunca que me habéis prometido emplear este dinero en haceros hombre honrado… no pertenecéis al mal sino al bien. Yo compro vuestra alma; yo la libro de las negras ideas y del espíritu de perdición, y la consagro a Dios”. El hombre no entendía nada, pero algo se removía en él. Había comenzado su conversión y su vida tomaría un giro radical.
Efectivamente, después el ex presidiario levantó una ciudad y la hizo próspera, haciéndose llamar señor Magdalena. Ahí conoció a una mujer que se había prostituido por dar salud a su hija lejana y que termina muriendo enferma y sola: Valjean le promete cuidar a su pequeña Cosette. Como el Obispo con Valjean, el ex presidiario fue para Fantina la única luz en medio de una gran oscuridad, una nota de humanidad en un mundo cruel, la dulce expresión de la caridad que parecía no existir para ella. Pero hay un problema: Javert, policía escrupuloso y cumplidor implacable de la ley, reconoce en Magdalena al antiguo presidiario Jean Valjean, quien todavía tenía cuentas pendientes con la justicia. A pesar de ser un hombre bueno y reformado, Javert no cesará en perseguir a quien se convierte en una verdadera obsesión que llevará al mismo policía a un trágico final. En París Valjean se convertirá en el rentista Señor Leblanc y luego en “el otro Feuchelevent”, siempre para huir de su persecutor y dar una vida amable a Cosette, su hija adoptada. Así se desarrolla una historia con múltiples vaivenes, en un contexto histórico y político de rebeldía y cambios, con un final que mezcla tristeza, dolor y esperanza.
En un pequeño excurso sobre su propia obra, Víctor Hugo plantea una reflexión crucial que fija el sentido de la obra: “El libro que el lector tiene a la vista es, de un extremo a otro, en su conjunto y en sus pormenores, cualesquiera que sean las intermitencias, las excepciones o las debilidades, la marcha del mal al bien, de lo injusto a lo justo, de lo falso a lo verdadero, de la noche al día, del apetito a la conciencia, de la podredumbre a la vida, de la bestialidad al deber, del infierno al cielo, de la nada a Dios. Punto de partida, la materia. Punto de llegada, el alma”.
En un interesante artículo Mario Vargas Llosa agradecía en la distancia a Víctor Hugo, porque cuando leyó Los Miserables teniendo poco más de veinte años (yo lo hice poco antes de cumplir los cuarenta), hizo que su propia vida “fuera menos miserable”, y quien culmine el libro del escritor francés seguramente se sumará a la reflexión del Premio Nobel de Literatura de 2010, cuya obra titulada La tentación de lo imposible (Alfaguara, 2004) puede ser un buen complemento en la lectura del clásico francés.
A propósito de esto, me recordaba una de mis visitantes a propósito de mi respuesta, que le regalé un ejemplar de Los Miserables cuando él cumplió veinte años, y en la dedicatoria le pedí que no cometiera la herejía de llegar a los veintiuno sin haberlo leído. Felizmente lo leyó, lo gozó y agradeció el regalo y el consejo algo imperativo que le di en esa ocasión.
La obra del escritor francés representa una larga historia que está ubicada en torno a la primera mitad del siglo XIX, época de movimientos en la Francia post revolucionaria y de transición hacia la consolidación de una república. La obra ha retomado cierta preeminencia a nivel mundial en las últimas dos décadas, especialmente por el esfuerzo del musical del mismo nombre, presentado durante años a tablero vuelto en los teatros de Nueva York o Londres, y que pronto estará en España. El cine también ha reconocido su importancia, con nuevas versiones de una película que cuenta ya con producciones en habla inglesa y francesa, además de la reciente película –con actuaciones de Russell Crowe y Anne Hathaway–, que es una adaptación basada en el musical. Todo eso tiene valor y hermosura, y vale la pena apreciarlo en su justa dimensión.
Sin embargo, nada reemplaza una buena lectura de Los Miserables, obra para sufrir y gozar intensamente.