Opinión

Cotorreando sobre cotorras en Madrid

Juan José Laborda | Viernes 16 de agosto de 2013
Él es un ciudadano corriente de Madrid. Bueno, no del todo corriente, pues tiene trabajo con un contrato que no es precario, y que por tanto todavía no trabaja como dicen que hay que trabajar los dirigentes -no exactamente los representantes- de los empresarios: más horas, con menos sueldo y con el acicate de no tener nada asegurado para el mañana.

Nuestro ciudadano no es del todo corriente, pues en este tiempo son corrientes los emprendedores, aquellos que confiaban en que los autónomos ahora -y ahora empezó a contarse a partir de fines de noviembre de 2011- tendrían la seguridad y los cuidados que se merecían como emprendedores, como héroes del futuro español.

Ahora -es decir, ahora mismo y por mucho tiempo- esos tipos y tipas (suena peor que esa corrección de “ciudadanos y ciudadanas” o “vascos y vascas” que popularizó el antiguo lehendakari Ibarretxe), repito, esos emprendedores/as se topan con que las ventas disminuyen día a día, el IVA aumenta de mes en mes, de manera que para obtener 800 euros mensuales de ingresos, necesitan vender más de 4.000 euros en el mismo tiempo, algo que se comprueba que es imposible.

En estas familiares vivencias cotidianas estaba pensando nuestro ciudadano corriente mientras paseaba solo y de noche -¡que frescor en la calle, que no en su casa!- cuando descubrió un nido de cotorras argentinas. El ciudadano paseante encontró esa creación ornitológica en un parque que une la villa de Madrid con un municipio de la Comunidad de Madrid.

No lo encontró y tampoco exactamente lo descubrió. Adivinó que era un nido de cotorras por los graznidos de las mismas. Las aves que dormían dentro del gigantesco nido emitían sus chirriantes chillidos sin salir de él, quizá -pensó el peripatético ciudadano- porque se molestaban unas a otras, o porque ese graznido nocturno era su ronquido diferencial.

El ciudadano corriente recordó informaciones recientes sobre esas cotorras. Eran antiguas mascotas que sus cómodos dueños soltaron cuando éstos se dieron cuenta que poseían unos monstruos verdes, agresivos, con picos dañinos, y que no parlaban como sus primos los loros, aunque podían romper una copa de cristal a distancia con sus portentosos graznidos.

Se llaman “cotorras argentinas”, y tal vez -pensó el ciudadano bien informado- esas avecillas podrían ser un símbolo de la diplomacia hispano-argentina contra los británicos, por las causas comunes de Gibraltar y de las Malvinas.
Cotorras hispanoamericanas contra monos ingleses y gibraltareños.
El ciudadano que contemplaba el nido de esos pájaros recordó también que una cotorra puede tener durante su vida unos 100 hijos. ¿Por qué en vez de colas, o de alianzas con otros humillados del Mundo como los argentinos, no llenamos Gibraltar de cotorras hasta que se carguen los monos, y a ser posible también a los “llanitos”, y su rollo de la autodeterminación?

Descartó la idea pues era un firme europeísta.
Esas cotorras -le vino también a la memoria- son cerca de 2.000 ejemplares en la Comunidad de Madrid. Cuando leyó cuántas eran, y su capacidad para exterminar a muchas especies de pájaros autóctonos -se comen sus huevos-, nuestro ciudadano relacionó esas informaciones con el hecho de que ya no veía petirrojos desde que las cotorras dominaron todos los grandes parques de Madrid, el hábitat propio de nuestros petirrojos.

Un pájaro extranjero podía cargarse nuestras especies autóctonas.
Volvió a su casa con la seguridad de que las autoridades madrileñas habían decidido luchar contra la invasión de cotorras. Comprobó que internet estaba lleno de noticias sobre esas astutas aves en Madrid. Los grandes periódicos se venían ocupando de ese peligro desde hace varios años. ABC, el 14 de junio de 2010, se refería “a una plaga de colonias” de esos bichos. El Mundo, de 3 de febrero de 2011, incluía un artículo de Félix Sánchez en el mismo sentido. El País, de 22 de julio de 2013, iba más allá: un reportaje de José Marcos daba cuenta de que el “Ejecutivo de Ignacio González”, había adoptado una “declaración de guerra” contra las cotorras y sus nidos “de 50 kilos”, y había organizado unas patrullas para exterminar esos pájaros; y además, autorizaba a cualquier particular, con licencia de caza, a abatir a esos exóticos y amenazadores volátiles.

El ciudadano corriente se durmió pensando que al día siguiente colaboraría con sus administraciones en una tarea ecologista. Se sintió miembro de una comunidad política de un país avanzado.

Así que al día siguiente, antes de salir de su casa, el ciudadano responsable marcó el 012, el número de la Comunidad de Madrid, y una amable voz femenina le informó que para denunciar algo sobre las cotorras, debía llamar al teléfono del servicio competente. El teléfono único era como la ventanilla única: una unidad más. Como tuvo que efectuar varias llamadas a varios teléfonos de la administración autonómica madrileña, el ciudadano empezó a perder sus atributos, al tiempo que recuperaba su tradicional irritada individualidad. Por fin encontró un vestigio de inteligencia. Una funcionaria desconocida le indicó que como su denuncia afectaba al territorio del ayuntamiento de Madrid, la administración de la Comunidad no tenía competencias sobre las cotorras que anidaban en un parque de la Villa. Le indicó que debería ponerse en contacto con la administración municipal en el número 010.

El número 010, aunque se rotula como “de atención al ciudadano”, es sólo un teléfono más. El airado ciudadano, tras encontrarse en el juego surrealista de marcar teléfono tras teléfono -mientras tenía la impresión que se estaba dejando una pasta gansa-, una de las voces conectadas le manifestó que le iba a atender “una técnica”. Se puso “al aparato” una dama que escuchó su relato sobre el nido de cotorras. El ciudadano, algo más sosegado, le manifestó que quería colaborar con el programa madrileño contra las cotorras. La dama estaba muy bien informada. Con mucha serenidad, y con mucha autoridad, la dama le aseguró al ciudadano -ahora ciudadano estupefacto- que no existía ningún plan de lucha contra las dañinas cotorras, ni en el ayuntamiento, ni en la Comunidad de Madrid. El ciudadano, recuperándose de la impresión, fue capaz de preguntar a la dama competente: ¿hay objeciones científicas o problemas administrativos? La respuesta de la mujer experta fue: “son problemas de competencias entre el ayuntamiento y la Comunidad, y además no hay dinero”.

El ciudadano corriente salió hacia su trabajo, y oyó a las cotorras en los alrededores de su casa. Sus graznidos sonaban como si se descojonasen de risa de él.