José Antonio Sentís | Miércoles 21 de agosto de 2013
La delegada del Gobierno en Madrid, Cristina Cifuentes, ha sufrido un accidente de moto por el que, a las horas en que se escribe este artículo, está hospitalizada. Desearía que no se hubiera producido, como deseo que se recupere pronto, pero he de decir que me ha dado oportunidad para escribir un artículo que probablemente no hubiera hecho; injustamente, por cierto.
Porque Cristina Cifuentes, con accidente o sin él, se merecía una reflexión política. Porque es una persona que está en ese mundo, el de la política, con modos no convencionales, y menos aún en los que se supone al PP. Lo que da una enorme ventaja a ese partido, porque puede esgrimir la transversalidad de la que otros adolecen. Y especialmente si el sujeto no convencional no tiene ningún reparo en sostener las convicciones de su entorno ideológico, generalmente por complicidad y eventualmente por disciplina.
Cristina Cifuentes no parece del PP, sólo que lo es más de lo que otros parecen. Y eso es bueno (para el PP) o malo (para los demás). Por eso, una legión, bastante calificable, ha dedicado sus energías a poner a caldo a la delegada gubernamental a cuenta de su accidente, deseándole lo peor desde las redes sociales. Pero esa maldad es un elogio, porque nadie ataca a quien no cree importante, por lo que la señora Cifuentes tendrá un motivo de orgullo en la convalecencia. Aunque también, probablemente, el sentimiento encontrado sobre las propias redes sociales a las que ella se asoció de forma entusiasta, que exponen a un político y a cualquier personaje público a la arbitrariedad cobarde. Sin embargo, me atrevo a aventurar que su primer "tuit" será de agradecimiento para quienes hayan alentado su recuperación, esquivando esos simpáticos interlocutores que se muestran tan contentos deseando la muerte al prójimo, que, por cierto, los tenemos entre nosotros. Pueden ser nuestros vecinos, que en la vida pública quieren a los niños y a los perros, pero detrás de un teclado dicen barbaridades que alguna vez serán de cárcel.
Y puesto que de cárceles hablamos, la delegada del Gobierno en Madrid es la responsable de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado. Normalmente, eso sería una atribución formal, de la que la gente no tiende a acordarse, si no fuera porque Cristina Cifuentes se encarga día a día de recordarla con elogios sin fisuras a las fuerzas que comanda. Por eso, si yo fuera policía en Madrid le estaría, al menos, un poco agradecido.
De la señora Cifuentes se han comentado posibilidades de ascenso político en Madrid, para la Comunidad o para el Ayuntamiento. Yo no puedo descartarlas, porque eso es competencia de otros, pero no las veo si tales posibilidades surgieran tras una pugna personal, ya fuese con el presidente de la Comunidad, Ignacio González, o con la alcaldesa, Ana Botella. Si tal hecho (la candidatura a uno u otro puesto) se produjera, sólo sería porque alguien lo dejara libre, lo que a estas alturas es mucho suponer.
Veo más razonable el paso de Cristina Cifuentes a la política nacional a través del Gobierno (y que me perdone por sugerirlo, porque todo el mundo sabe que las personas que mandan no aguantan consejos y les gusta ser originales). Pero creo que la gestión de la señora Cifuentes ha demostrado que se puede aguantar con cierta entereza que se organicen veinte manifestaciones diarias en una ciudad y apenas aparezcan en los telediarios. Y eso no le sale a cualquiera.
Ni tampoco es normal que un delegado del Gobierno se desplace en moto, o tenga algún discreto tatuaje, o dé la cara cuantas veces haga falta. Es decir, justo el modelo de político que se opone a todas las caricaturas de políticos que vemos cada día, cuando buscamos culpables para todos nuestros males.
Como es imposible que a estas alturas del artículo no se haya entendido que la señora Cifuentes, Cristina, me cae bien, le desearé por tanto la mejor suerte, en su beneficio y en el de su partido, por encima incluso de la adversidad propiciada por los propios, que suele ser la más letal.
En todo caso, ahora lo que le incumbe es superar el accidente. Y, como Cristina es tintinóloga, entenderá que le ha tocado el papel de Chang en el Tibet, que es la metáfora de que se puede salir de momentos complicados. Ya llegará el momento de aterrizar en la luna.
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