Opinión

Malos tiempos para la robótica

Sábado 31 de agosto de 2013
Los japoneses acaban de mandar a la estación espacial internacional (ISS) una nave de carga, la HTV Kounotori-4, con alimentos, agua, y otros pertrechos. Entre ellos, viaja un robot parlante, Kirobo, que esperará pacientemente a que dentro de algunas semanas llegue el tripulante japonés Koichi Wakata a la estación. Kirobo está preparado para reconocer al tripulante e interactuar con él. Mide 34 centímetros, pesa dos kilos y su finalidad es prestar ayuda emocional a Koichi Wakata en su estancia extraterrestre.

En Japón, uno de los verbos más usados es “ganbaru”, que significa algo así como “esforzarse”, “hacerlo lo mejor posible”. Cuando alguien dice a otra persona que va a hacer algo, que ha iniciado un proyecto, que va a llevar a cabo cualquier tarea que implique un mínimo esfuerzo, la respuesta del oyente es “Ganbate kudasai”, algo así como “esfuérzate, por favor”. La otra persona siempre responde “Ganbarimas”, o “Me esforzaré” (o “Me esfuerzo”, que el japonés carece de tiempos futuros). En el día a día japonés, es muy común escuchar estas interacciones; lo repiten los estudiantes, los deportistas en televisión, cualquier persona que va a llevar a cabo algún tipo de tarea ligera o intensamente esforzada, lo que no es raro en Japón. Allí la gente se da ánimo ante el esfuerzo, de forma cotidiana y repetida.

“Ki” en japonés es ánimo, espíritu, fuerza. El “ki” de las personas es el hálito vital. “Robo” es “robot”. El “Kirobo” es el “robot del ánimo”, algo así como un asistente espiritual, lo cual me parece altamente paradójico. Estamos acostumbrados a que los robots sean elementos deshumanizados, que nos ayudan a pintar coches, limpiar suelos o piscinas, o llevar a cabo otras tareas mecánicas que juzgamos deshumanizadas. Los japoneses, sin embargo, crean un robot para que lleve a cabo una de las tareas más humanas que hay: dar ánimo a un ser humano para que su vida o su tarea sea más soportable, que su ánimo se mantenga vivo y fresco. Kirobo es un robot espiritual, o del espíritu.

Una cosa curiosa de Kirobo es que está programado para interactuar con el astronauta japonés, pero no con el norteamericano o el cosmonauta ruso. Me imagino que Kirobo reconocerá al japonés por la lengua, ya que sería chocante que lo reconociera por su aspecto físico o su propensión a comer pescado crudo. En cualquier caso es un sutil caso de linguafobia robótica a la que nos lleva el reconocimiento de voz. Me imagino que un astronauta extranjero que sepa japonés también podría relacionarse con Kirobo, pero la cosa no está exenta de problemas: alguien que hablara mal japonés, ¿volvería loco a Kirobo? ¿Lo llevaría a un cortocircuito espiritual?

La “linguafobia” es un fenómeno de nuevo cuño todavía no muy estudiado. Google lo practica ya, por ejemplo. Cuando reconoce que estás en un área lingüística determinada, el buscador te da resultados de búsquedas en la lengua de esa zona, pero posterga los de las demás. Es como si Google decidiera que por ser español o vivir en España solo te van a interesar los resultados en español, cosa que en un mundo globalizado no tiene mucho sentido. Y más que en las búsquedas, en esta manía googliana de anticipar la dirección web antes de que uno la termine de teclear. La ayuda espiritual norteamericana consiste sobre todo en mecanismos que te ayudan a terminar las cosas antes de que las hayas completado. Siempre he pensado que la sociedad estadounidense es una sociedad perezosa pero eficiente, mientras que en el planeta las hay eficientes y no perezosas, perezosas pero no eficientes y ni eficientes ni perezosas. ¿Cuál de ellas es la sociedad española?

Podemos establecer una generalización arriesgada (como toda generalización): los robots norteamericanos ayudan a hacer las cosas de forma rápida, y los japoneses ayudan a mantener el ánimo. Hay que recordar que los japoneses han inventado ya otros robots como el “tamagochi”, que autoeduca mediante la dependencia y cuidado de un básico ser virtual, o Aibo, el perro de Sony que te espera, te sigue, ladra, y quiere jugar contigo cuando vuelves a tu minúsculo apartamento de una jornada agotadora en una compañía de trabajo nipona. Uno se puede preguntar, ¿y cómo sería un robot español? ¿Preferimos los españoles acabar rápido nuestras tareas o preferimos que nos den ánimo mientras las hacemos? ¿O preferimos otras cosas?

Sabemos que Juanelo fue un precursor hispano de la robótica, y que inventó un ingenio para subir el agua del Tajo al corazón de Toledo. Y sabemos también que hubo un jugador mecánico de ajedrez por la misma ciudad, aunque no está muy claro si necesitaba a un operador humano. Pero por los demás, los inventos españoles son poco robóticos. La fregona, el olvidado botijo, el futbolín, incluso el submarino (este con cierta polémica) o el autogiro necesitan un humano dentro (o al lado) que los opere. Hasta el garrote vil (nuestro proto-robot estilo norteamericano para acabar antes las cosas), o el confesionario (nuestro Kirobo pre-era espacial), necesitan algún operador dentro o al lado. Creo que lo único que los españoles hemos inventado que no necesita a nadie para funcionar es el Espíritu Santo, aunque quizá proceda en realidad del Concilio de Nicea u otro.

Lo que en España se ha logrado con bastante éxito es mecanismos contrarios a la robótica, que podríamos denominar antirrobóticos: mecanismos que, en vez de no tener a nadie dentro y cumplir su cometido, tienen a mucha gente dentro y no cumplen casi ninguna función. Ejemplos de estos mecanismos antirrobóticos son las diputaciones, las comunidades autónomas, los ayuntamientos, el sistema sanitario, la administración de justicia y, en general, sistemas de funcionarios (notarios, registradores, etc. incluidos). En esta era de la robótica que se nos viene encima, los americanos optan por la eficiencia a base de terminar pronto, los japoneses por la eficiencia a base de un estado anímico positivo, y los españoles por eliminar la eficiencia a base de la antirrobótica. Lo que podría hacer un ordenador, lo hace un alto cargo, ayudado por dos o tres asistentes, cuatro secretarias, dos chóferes, y un echador de cartas de tarot, porque hay que cubrir el aspecto espiritual. Y, con estas, acaba el verano y comienza la campaña de otoño/invierno. “Ganbate kudasai!” o, lo que es lo mismo en términos hispanos, “Que dios nos coja confesados”.