Opinión

Pastafarismo: una religión esperpéntica

José María Herrera | Sábado 31 de agosto de 2013
A finales de la década de los noventa, el Estado de Kansas (no sé si algún otro Estado americano) ordenó a los profesores de biología que dedicaran el mismo tiempo en sus clases a la enseñanza de la teoría de la evolución que a la del diseño inteligente. La razón argüida para adoptar esta medida, fruto de la presión de ciertos grupos cristianos, era que el evolucionismo, pese a su raigambre científica, constituye una cosmovisión más cercana a la religión que a la ciencia o cuando menos tan cercana a ella como la hipótesis de un creador perspicaz. No más conocerse la noticia, un joven físico de Oregón, Bob Henderson, denunció lo que le parecía una forma velada de eludir la prohibición de enseñar en las escuelas públicas el teocentrismo, pero en vez de entrar en el trapo de un debate que, a su juicio, desembocaría en la misma nada de siempre, prefirió cuestionar la medida sarcásticamente exigiendo que se permitiera enseñar su propia versión del diseño inteligente, el pastafarismo, una teoría según la cual el Universo fue creado por un ser invisible, el monstruo del espagueti volador, al que sus fieles representan como una masa informe con dos ojos como albóndigas y unas extremidades o tentáculos que recuerdan la pasta fresca italiana.

El pastafarismo es una religión paródica, esperpéntica. Para aquellos que no sepan de la existencia de semejantes religiones, les diré que se trata de un fenómeno americano en auge, típico de gente que ve la religión como algo obsoleto, una versión errónea de la realidad en la que sólo pueden confiar ignorantes y trastornados. Pertenecen a estos cultos jocosos la secta de la caída inteligente (en oposición al diseño inteligente), la religión jedi (inspirada en la Guerra de las Galaxias), la iglesia de google (cuyo primer dogma es que el buscador de ese nombre es Dios porque posee todos los atributos de Dios: ubicuidad, omnisciencia, etc.) o los testigos de Goku, el personaje manga. Apoyados por ateos militantes convencidos de que la ciencia proporciona cuanto precisamos para entender el mundo, el objetivo de estas religiones chuscas es poner de relieve los privilegios de que sigue disfrutando la religión, algo para lo que no encuentran ningún motivo.

El pastafarismo surgió por casualidad. Henderson, de hecho, no se tenía al principio por militante antirreligioso. “No tengo problemas con la religión, decía, sino con aquellos que pretenden hacer pasar la religión por ciencia”. Es una postura sensata, y lo sería más si fuera igual de activa en el rechazo de quienes pretenden convertir la ciencia en fe. Convertido en profeta, se ha visto sin embargo obligado a elaborar una compleja teología al servicio de sus reivindicaciones. Esta teología toma de aquí y de allá sus elementos, igual que hace cualquier comediógrafo cuando se burla de alguien. Por ejemplo, del gnosticismo, que juzga la creación un error, obra de un dios perverso, extrae la tesis de que el monstruo del espagueti volador creó el mundo después de una borrachera, y del catolicismo, en sus versiones de parroquia bolivariana, sus símbolos y distintivos externos, en general chuscos y malintencionados.

Uno de estos distintivos externos es la causa de que se haya hablado este verano de los pastafaris y más concretamente de Lukas Novy, ciudadano checo que logró a principios de agosto que las autoridades de su país, de acuerdo con la ley que autoriza a aparecer en los documentos públicos vestido con atuendos religiosos, aceptaran para su carné de identidad una fotografía en la que lleva un colador en la cabeza, tocado pastafari por excelencia. Aunque después el ministerio del interior anuló el documento arguyendo que el pastafarismo no es una religión recocida en la República checa, no es la primera vez que alguien en Europa logra posar de esa guisa en una foto oficial. En el mes de julio otro devoto austríaco hizo lo mismo con su licencia de conducir sin que hasta el momento se la hayan retirado. La cosa tiene gracia porque siempre es gracioso ver cómo alguien pone en un aprieto al Estado. Lamentablemente, el sentido del humor de los pastafaris no conoce límite y a veces caen en lo desagradable. Es lo que les ha pasado al parodiar la figura de Jesús mediante la imagen de un tenedor crucificado. La crucifixión fue en tiempos una práctica real y Cristo la sufrió no por defender los privilegios del clero, sino la igualdad de los hombres. Quizá la cruz ya no simbolice nada de esto (igual le pasa al átomo, símbolo del progreso, en la comarca de Hiroshima y Nagasaki), pero aún así es mejor no burlarse de ella, como sería mejor que nadie tomara a broma mañana las cámaras de gas y los campos de exterminio.