RESEÑA
Domingo 01 de septiembre de 2013
Jaume Aurell, Catalina Balmaceda, Peter Burke y Felipe Soza: Comprender el pasado. Una historia de la escritura y el pensamiento histórico. Akal. Madrid, 2013. 493 páginas. 24 €
Pensar históricamente siempre se entendió ser casi una obligación para los estadistas y las personas vinculadas al mundo público. Conocer y comprender el pasado se tornaba así en una especie de punto de partida para la toma de decisiones, así como también un límite de referencia. Hoy es un poco distinto, en medio de la primacía de las encuestas, el desprestigio de la actividad política y, también hay que decirlo, la menor relevancia relativa del conocimiento histórico.
Por eso y por otras razones resulta muy valioso el esfuerzo que han emprendido cuatro autores de tres países distintos, con formaciones diferentes y de generaciones también diversas, que presentan una completa exposición historiográfica desde el mundo clásico hasta nuestros días. Con ello, procura dar unidad a un conocimiento amplio en el tiempo y en el espacio, que en ocasiones se vuelve fragmentario y difícil de conocer. Esta obra, con pretensiones de presentar una visión integrada del conocimiento histórico a través del tiempo, permite acercarse por primera vez -o regresar nuevamente según sea el caso de cada persona- a conocer y leer a los grandes historiadores de la trayectoria universal.
El libro está organizado en nueve capítulos cronológicos y temáticos, en los cuales los autores revisan las continuidades y transformaciones de la escritura de la historia y del pensamiento histórico. Los temas abordados son la Antigüedad clásica (Grecia y Roma), la Antigüedad tardía (el cristianismo y Bizancio), la historiografía medieval, del Renacimiento a la Ilustración, el islam y China, el siglo XIX (historicismo, romanticismo y positivismo), de entresiglos a la década de 1970, para finalizar con las tendencias recientes de la historiografía y un capítulo especial sobre historiografía latinoamericana.
La lectura resulta una apasionante aventura intelectual que nos permite conocer cómo las distintas sociedades han procurado estudiar y comprender su pasado a través del tiempo, en formas que ofrecen cada vez más posibilidades, pero anclados en ciertos principios ya establecidos por los griegos y romanos: la investigación, una adecuada narración, la importancia de los documentos, una articulación necesaria entre los hechos y el historiador que los refiere. También como magistra vitae (tema discutido, pero que siempre vuelve y sin duda tiene algún valor) o la necesidad de que el estudio de las virtudes y los vicios sirvan para el aprendizaje de las generaciones siguientes, en una clara función pedagógica de la historia.
Cada época presenta sus propios méritos, diversos autores, así como tendencias y aportes originales. La línea central del libro es el pensamiento histórico occidental, y específicamente europeo, donde transitan las principales tendencias, revoluciones, historiadores, escuelas y modelos que después se expanden por el resto del mundo. Esto es particularmente claro en los últimos siglos, si bien hunde sus raíces en el pensamiento clásico y medieval. Sin perjuicio de eso, resulta particularmente interesante el tratamiento de historiografías no occidentales, como ocurre en el caso de islam y China, pero muy especialmente en relación a la historiografía latinoamericana, que es uno de los capítulos más largos, y está bien logrado, aunque merecería una ampliación y profundización, así como una revisión del impacto reciente de las distintas corrientes europeas en el nuevo continente.
Entre los indudables méritos está la calidad de los historiadores en sus respectivas áreas de estudio que, ciertamente, incluye también los estudios de historiografía. En segundo lugar, la impresionante continuidad entre la historia en sus orígenes, Grecia y Roma, y todos los demás momentos que sucedieron a la etapa fundacional. La inclusión de distintas corrientes, autores y obras, además de una breve selección de textos resulta vital para leer de primera mano lo que pensaron los historiadores a través del tiempo. Finalmente, que el libro logra ser erudito y bastante completo, a pesar de ser concentrado y no excesivo.
Como siempre, podrían revisarse algunas cosas. Podríamos pensar en un libro más largo y abundante, pero ello tal vez conspiraría contra el interés pedagógico y divulgativo (lo que en modo alguno ha significado reducir la calidad en el tratamiento de los temas). Es claro que una nueva eventual edición requeriría superar algunos ripios editoriales. Por último, los comentarios de los especialistas podrían servir para perfeccionar algún texto, incluir autores u obras omitidas en esta ocasión o revisar alguna conclusión.
En cualquier caso, se trata de un libro que nos dice que el estudio sobre cómo se estudia la historia y sobre el valor del pensamiento histórico están plenamente vigentes. En este caso, además, presentado a través de una obra útil y estimulante.
Por Alejandro San Francisco
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