Los Lunes de El Imparcial

Artemis Cooper: Patrick Leigh Fermor

RESEÑA

Domingo 01 de septiembre de 2013
Artemis Cooper: Patrick Leigh Fermor. Traducción de Dolores Payás. RBA. Barcelona, 2013. 480 páginas. 25 €

Leemos los libros como podemos. Esta afirmación es una reducción de la lapidaria frase que Eagleton escribió en 1983: “Todas las obras literarias son reescritas, aun de forma inconsciente, por las sociedades que las leen”. Una afirmación heredera de Barthes, ya que implica que la lectura es una forma de reescritura, lo que es síntoma agudo de nuestros tiempos. Cuando leemos escribimos, y recreamos cuando interpretamos lo leído. Quizá el siglo de la opinión en el que vivimos sea, de forma enmascarada, el siglo de la creación universal. Todo esto mucho antes de que se inventara la Nocilla y sus derivados literarios. En definitiva, que en todas las épocas leemos y escribimos como podemos, empujados por un inconsciente que querríamos freudiano e individual, pero que acaba siendo junguiano y colectivo, cuando no lacaniano y elusivo.

Los británicos se han definido mucho, al menos literariamente, por el viaje. España lo hizo con las Crónicas de Indias, hasta el aldabonazo de El viaje al Parnaso y Los trabajos de Persiles y Segismunda. ¿O a lo mejor fue el Quijote el que dictaminó, de forma burlona pero imbatible, que el principal viaje era a uno mismo? El caso es que los británicos se han pasado gran parte de los siglos XIX y XX mandando viajeros al exterior, en peregrinaciones a veces quijotescas, y casi siempre relacionadas con labores de inteligencia: militar o literaria, que supuestamente ambos tipos de inteligencia hay. Hay viajeros británicos memorables, con burro y saco de dormir manufacturado, como R.L. Stevenson; los hay también con burro y Biblia, como Jorgito Borrow; o con burro y pantuflas, como Byron, que cruzó el Helesponto a nado, sabemos que con criado, aunque ignoramos si le acompañó su burro. Patrick Leigh Fermor no tuvo burro, y eso, para un viajero británico que quiere ser preciado por la historia, es una gran merma.

Sí tiene, sin embargo, una biógrafa entusiasta, Artemis Cooper, que desgrana su vida con auténtico fervor hagiográfico de compañera de Country Club. El libro lo ha publicado en español la editorial RBA, en una edición muy cuidada, bien traducida, que incluye apéndices, fotos y bibliografía, todo un aparato formal que no llega a arrojar luz sobre las partes oscuras de la vida de Paddy Fermor.

Alguien se podrá estar preguntando, ¿pero quién fue este Fermor? Patrick Leigh Fermor es autor de varias novelas y libros de viajes: Un tiempo para callar, Los violines de Saint-Jacques, Mani, El tiempo de los regalos o Entre los bosques y el agua, todos ellos traducidos al castellano. Nació en una familia media británica de funcionarios en India. Repatriado en casa de acogida, se caracterizó por ser un “hooligan” escolar hasta que decidió hacer un viaje a pie por Europa. No está nada claro qué partes de ese viaje hizo a pie, y cuáles no, pero sí está claro que lo acogieron en su camino algunas de las familias más rancias de la austrohungría terminal. Tras algunas peripecias, acabó en Grecia, país en cierta manera adoptivo. Durante la segunda guerra pasó a desempeñar labores para la inteligencia británica, y en Creta, en un acto de la resistencia, secuestró a un general alemán, Kreipe, con quien compartió su gusto por Horacio y algunas copas de “ouzo” años después.

La utilidad del secuestro queda poco clara: sirvió para que los alemanes desataran una cruel venganza entre los civiles cretenses y poco más. A Paddy le persiguió siempre la muerte accidental de un compañero griego de la resistencia a sus manos, la sospecha de que sus libros son “faction”, mezcla de “fact” and “fiction”, y una retahíla de amantes dudosas entre las que destaca la sufridora Joan Rayner. Artemis Cooper no entra en ninguna de esas complejidades, y el libro se lee a ratos como el registro del Who’s whobritánico de entreguerras, y a ratos como una eulogía en la que un súbdito de su majestad no puede hacer nunca nada malo. Trató al final de su vida a Bruce Chatwin cuando este, también sin asno, le había robado la función literaria. Tras leer el libro, el lector tiene la sensación de que ha asistido al baile de un aventurero esnob disfrazado de dios menor saltando sobre los rescoldos de un imperio. Todo eso con mucha amante, pero sin un mísero burro.


Por José Pazó Espinosa