Los Lunes de El Imparcial

Edith Wharton: La solterona

RESEÑA

Domingo 01 de septiembre de 2013
Edith Wharton: La solterona. Traducción y postfacio de Lale González-Cotta. Impedimenta. Madrid, 2013. 144 páginas. 17,95 €

De la mano de la editorial Impedimenta, Premio Nacional a la Mejor Labor Editorial Cultural en 2008, se ha editado en castellano la novela La solterona de Edith Wharton (Nueva York, 1862 - Saint-Brice-sous-Forêt, 1937). Esta autora norteamericana destacó durante los años veinte por su mirada crítica sobre la alta sociedad de la east cost de donde ella misma procedía. En dicho contexto, como apunta Wharton en la novela, “la tolerancia social no medía a hombres y mujeres por el mismo rasero” y la práctica más común era la “contención moral”. Muy controvertida y rompedora de esquemas resultó su célebreThe Age of Innocence (1920), obra merecedora del Premio Pulitzer, el primero concedido a una mujer. Cuatro años después publicaba una serie de historias bajo el título Old New York, y entre ellas The Old Maid (La solterona), traducida al castellano por Lale González-Cotta en esta edición, y autora también del interesante “postfacio” (extraño vocablo).

Y aunque no sea lógico empezar por el epílogo, nos recuerda Lale González-Cotta en las últimas páginas del libro su fascinación, después de haber visto la película adaptada de la obra de Wharton del mismo título, dirigida en 1939 por Edmund Golding y con la “elocuencia gestual de la prodigiosa Bette Davies” en su papel encarnando a la protagonista, Charlotte Lovell. A este melodrama cinematográfico de la época dorada de Hollywood debemos que la traductora haya sacado a la luz el libro que ahora nos ocupa. En él se relata la historia de las primas Lovell (Delia y Charlotte), sus amoríos con dos miembros del clan Ralston y especialmente el secreto vínculo que las une en el seno de una sociedad biempensante definida por los lazos de clase, los matrimonios de conveniencia y las buenas maneras.

“En el viejo Nueva York de 1850 despuntaban unas cuantas familias cuyas vidas transcurrían en plácida opulencia. Los Ralston eran una de ellas... No habían llegado a las colonias para morir por un credo, sino para vivir de una cuenta bancaria”. El finísimo tono crítico de Edith Wharton circula a lo largo de todo el libro sin estridencias. Con su elegante y comedida pluma, aunque este estilo “ligero” lo sea solo en apariencia, nos ofrecer un retrato muy realista y amargo sobre los clichés derivados de la condición femenina, del ascenso y de la posición social o de la vida conyugal, en contraste con la ansiada libertad de convicciones.

Nada de amables tienen las referencias de la narradora a la tan entonces menospreciada soltería (“ se iba asemejando cada vez más a la típica solterona: empecinada, metódica, maniática en minucias y propensa a magnificar las más nimias tradiciones sociales y domésticas”); a los estragos de la vida marital por sometimiento (“la evocación de la palabra ‘obediencia’ en la beatífica bruma de la ceremonia nupcial..., y luego la progresión de la costumbre, el insidioso arrullo de la rutina, la pareja yaciendo desvelada en el gran lecho blanco...”); o incluso a la maternidad (“los bebés que se suponía que ‘lo compensaban todo’, pero que resultaba no ser así, por más que fuesen criaturas entrañables”).

Las dos protagonistas oscilan, cada una a su manera, entre sentimiento y razón, impulso y abnegación, ilusión y represión, dentro de un campo de batalla interior que alberga celos, pasión y secretos en este cuadro costumbrista de tintes victorianos, que no deja de ser profundamente claustrofóbico. Tan desolador como la propia Charlotte, la eterna solterona, encadenada al pensamiento de que “una mujer no deja nunca de pensar en el hombre al que ama...”.


Por Pepa Echanove