Opinión

Sin ideas para Siria

Alejandro Muñoz-Alonso | Lunes 02 de septiembre de 2013
Hace un año el presidente Obama, intentando justificar, seguramente, su inacción ante la guerra civil siria –que había comenzado el año anterior- trazó una “línea roja” proclamando que si el régimen de Asad manejaba o utilizaba armas químicas, cambiaría su actitud ante aquel sangriento conflicto. “Lo tenemos muy claro”, recalcó, dando a entender que, en esa hipótesis, la intervención de los Estados Unidos sería más que probable, inevitable y segura: “Tal cosa cambiaría mis cálculos”. Por las imágenes de televisión hemos visto los horrores del ataque –inequívocamente con armas químicas, en concreto gas sarín, prohibidas por el Derecho internacional- que se produjo el pasado 21 de agosto, cerca de Damasco en una zona bajo el control de las fuerzas rebeldes. Un ataque que, además, parece que no ha sido el único. Pero Obama se lo está pensando, a pesar de que una interpretación flexible de la War Power Act de 1972, le permitiría, como comandante en jefe de las fuerzas armadas, adoptar medidas militares inmediatas, que se concretarían en el lanzamiento de misiles de crucero. Prefiere consultar con ambas Cámaras del Congreso –la de Representantes, donde su partido Demócrata tiene mayoría y el Senado en la que carece de ella- envolviéndose en la famosa frase de Lincoln en Gettysburg: “Somos un gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”.

Lo cierto es que la idea del ataque provoca un escepticismo bastante generalizado. En primer lugar porque habría que precisar cómo sería ese ataque. Descartada la posibilidad de golpear directamente los depósitos de esas armas químicas, en el supuesto de que se tengan localizados -porque tal acción podría producir un infierno químico e incontables víctimas, sobre todo civiles- se podrían atacar otros objetivos militares o aniquilar la fuerza aérea siria, pero ¿con qué resultados? También en este caso se producirían muchas víctimas y daños “colaterales” y la posibilidad de que esas acciones militares llevaran a Asad a la mesa de negociaciones es más bien remota. Además, aún el supuesto de que cayera el régimen sirio nadie está seguro de lo que pasaría después. Desplazados los alauíes de Asad y sus aliados, respaldados por Rusia, por Irán y por Hezbolah, ¿alguien tiene la seguridad de que no se harían con el poder los sectores más radicales del heterogéneo bando rebelde, donde cada vez son más influyentes los yihadistas conectados con Al Qaida?
Rusia, decidida a apoyar a Asad hasta el final -y que, junto con China, vetará en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas cualquier resolución que vaya más allá de un retórico manojo de buenas intenciones- quiere además pruebas fehacientes de que se han utilizado verdaderamente armas químicas y por quién. Nadie ha olvidado la contundencia con que todos los servicios de inteligencia afirmaban que Sadam Husein tenía unas armas de destrucción masiva, que nunca aparecieron. Parecía evidente porque el dictador iraquí las había utilizado contra kurdos y chiíes y no había constancia de que las hubiera destruido. Un misterio que nadie ha aclarado todavía.

A estas alturas de la segunda década del siglo XXI, resulta arriesgado apoyar una intervención militar pues los resultados de las que ha habido en el último cuarto de siglo son decepcionantes y los pueblos que las han sufrido ni han alcanzado una auténtica democracia ni se puede decir que sean más libres y más prósperos que cuando padecían la opresión de las dictaduras. No se impone la democracia cañonazos.Bosnia está lejos de haber logrado su estabilidad. Irak vive una situación de permanente violencia y de conflicto sectario y cuando la OTAN abandone Afganistán, nadie está seguro de que una buena tajada de poder no vuelva a caer en manos de los talibanes. Después vino la mal llamada “primavera árabe” y lo cierto es que la zona denominada MENA (Middle East and North Africa) se ha convertido en un polvorín donde puede ocurrir cualquier cosa en cualquier momento, desde Mali y el Sahel hasta Somalia y Yemen. Es bien conocida y de máxima actualidad la situación que vive Egipto, el más importante y populoso país árabe, pero Libia no anda muy lejos del caos y en Túnez hay esporádicos estallidos de violencia que indican que tampoco allí la estabilidad se ha conseguido. Yemen también tiene problemas de violencia terrorista. Con o sin intervención occidental, toda la zona es una enorme herida abierta.

Obama no cuenta en este momento nada más que con el apoyo de Hollande. Curiosamente, un gobierno francés de derechas (Chirac) se opuso rudamente a la intervención en Irak en 2003 y ahora uno de izquierda se suma a la hipotética intervención en Siria. Quizás haya que recurrir a la historia: Cuando tras la I Guerra Mundial se desintegra el imperio otomano, Irak cayó en la zona de influencia inglesa y Siria en la francesa. Hay, efectivamente, una larga tradición de presencia religiosa y cultural de Francia en Siria y el Líbano. Sarkozy también fue pionero en la intervención en Libia, cuya antigua potencia colonial fue Italia. ¿Había, quizás, otros intereses además de los humanitarios, tan reiteradamente proclamados? Los europeos se quedaron sin municiones en plena intervención en Libia, que no acabó en desastre porque los americanos los respaldaban “desde el asiento de atrás”, como se dijo entonces.
Cameron se ha apuntado siempre al bombardeo. Lo hizo en Libia y lo ha hecho ahora con Siria. Pero se ha quedado solo y su propio partido le ha fallado parcialmente en la Cámara de los Comunes. Una clara demostración de su escasa capacidad de liderazgo. Sin mayoría absoluta y dependiendo de un aliado que le puede dar la espalda en cualquier momento; rehén de los euroescépticos, la mayoría también de su propio partido, que pueden llevar al Reino Unido a una situación imposible y con una Escocia respondona y rebelde, Cameron no está para aventuras exteriores, que no se ve que puedan aumentar su menguada popularidad. El imperio es ya un remoto pasado y el primer ministro británico solo se puede permitir sacar pecho…en el asunto de Gibraltar. Todo un valentón.

Antes de su patinazo en el Parlamento, el pasado 30 de agosto, The Wall Street Journal recogía un artículo aparecido en el Spectator y firmado por Robin Harris en el que, entre otras cosas se decía: “David Cameron tendrá su guerra siria casi con toda seguridad. Quién luchará, por no hablar de quién la ganará, no está nada claro. Pero ya se sabe quién la perderá: los cristianos. Pero no esperen que el gobierno británico hable de ello”. Harris relataba brevemente la situación terrible de los cristianos en Siria, Irak o Egipto que parece no importar en absoluto a los gobiernos occidentales. Y terminaba con esta frase: “Los cristianos de allí (Oriente Medio) han comprendido, después de siglos de experiencia, que las promesas occidentales no tienen ningún valor, porque los occidentales no se sienten nunca comprometidos”. No se puede ser más claro en menos palabras. Quizás esa incapacidad de compromiso explica, más allá de la cuestión concreta de los cristianos, por otra parte tan significativa, que el mundo occidental esté sin ideas ante el drama sirio.

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