Andrés Cisneros | Martes 03 de septiembre de 2013
A cuarenta y cinco años del brutal asesinato de Martin Luther King corresponde evocar su trayectoria dentro del mundo en que le tocó vivir y trajinar.
Se trató de una época dominada por los violentos, que, en todas las latitudes, se disponían a modelar el mundo a su manera. Cuando matan a King, Mandela ya llevaba cuatro años preso, Mao Tse Tung rumiaba su horrorosa Revolución Cultural, en Estados Unidos iban a asesinar no solo a King sino, también, no a uno sino a dos Kennedy. Kruschov aporreaba el atril de Naciones Unidas con su zapato en la mano y, mientras a las criminales dictaduras latinoamericanas solo parecía oponerse la sombría alternativa del castrismo, en la desolada Polonia, Lech Walesa levantaba a un pueblo desarmado contra una espantosa tiranía extranjera, al tiempo que también allí alentaba la luminosa expectativa del inminente Juan Pablo II.
King inmortalizó el título y leit motiv de una pieza oratoria inolvidable: “Yo tengo un sueño,” que, vanamente, intentaron suprimir junto con su vida: el pueblo norteamericano ya ha votado dos veces a un presidente negro.
Y, visto a la distancia, que no es tanta, podemos comprobar que, mientras Mao, Kruschev, Castro, los dictadores lationamericanos y los asesinos de King o los Kennedy ya no son tomados en cuenta, en la conciencia colectiva se alza cada vez más alto la memoria de los que verdaderamente construyeron el mundo en que a nosotros nos toca vivir.
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