Lunes 05 de mayo de 2008
Desde hace algunos años, durante el inicio de la primavera aumenta el flujo de la llegada de las primeras pateras a nuestras costas a medida que transcurren los meses templados. Lo que en tiempos era una mera anécdota se ha convertido últimamente en un problema de dimensiones considerables, cuya magnitud traspasa fronteras. Dicha anécdota adoptaba la forma de patera, siendo superada ahora por los denominados “cayucos”, embarcaciones igual de inseguras, pero con una mayor capacidad, con lo que así las mafias rentabilizan aún más el lucrativo negocio de tráfico de seres humanos.
Es evidente que la inmigración ilegal no es un problema exclusivo de España, ya que en Europa, en uno u otro sentido, también se ven desbordados por un fenómeno que alcanza cotas preocupantes. Pero sí es un hecho que la torpeza en políticas sectoriales puede derivar en males mayores. Y si ante una tasa de inmigración ilegal elevada reaccionamos a base de regularizaciones masivas, el “efecto llamada” está servido. Ya son varias las reprimendas que se ha llevado el Gobierno de sus socios europeos, quienes ven en la administración española una ligereza que puede afectar al resto del continente, toda vez que los papeles otorgados aquí sirven en cualquier país de la Unión.
Tan es así que Celestino Corbacho, el nuevo responsable del ramo desde su Ministerio de Trabajo, viene con una aureola de “duro” en asuntos migratorios, impensable en otros tiempos. Firmeza que se antoja imprescindible en asuntos de esta índole. Por otro lado, España ha demostrado una voluntad de acogida y una sensibilidad con los inmigrantes -recordemos las imágenes de bañistas socorriendo a náufragos de algún cayuco- fuera de toda duda; pero el deber de prestar ayuda humanitaria no debe distraer de la obligación, igual de importante, de dejar bien claro el mensaje de que en Europa sólo es posible entrar legalmente. Falta, claro, que en toda la Unión abandonemos la hipocresía políticamente correcta y nos decidamos a enviar otro mensaje muy claro -como llevan haciendo en Suiza desde tiempo inmemorial: quien delinca será expulsado de manera inmediata. Y mientras esos dos mensajes no queden claros, el problema subsistirá. Tenemos meses para comprobarlo.
REFERENDO EN BOLIVIA
A falta de resultados oficiales, todo apunta a que el sí a la autonomía de la región boliviana de Santa Cruz arrasó en la consulta celebrada el domingo, consiguiendo un 85 por ciento de los votos. Ni las violentas protestas que se sucedieron en las calles, ni la contrapropaganda lanzada desde el Gobierno de Evo Morales, han conseguido acallar el movimiento autonomista cruceño, al que parece que se van a sumar otras regiones más: Tarija, Bendi y Pando.
En la práctica, el nuevo Estatuto de autonomía otorga a la región poderes equivalentes a los que puede tener el País Vasco o Cataluña en España. Así, se contempla en el mismo, la posibilidad de que Santa Cruz se rija como un autogobierno, que sólo se subordinaría al ejecutivo central en materias de moneda, defensa o relaciones internacionales. El objeto que ha inducido a defender esta autonomía, está lejos de ser un nacionalismo extremista y secesionista tal y como se entiende por estas latitudes. Con esta medida, las autoridades de la región más rica de Bolivia pretenden escapar del yugo centralista y reformador del MAS (Movimiento al Socialismo).
La consulta se ha efectuado en un limbo legislativo sin que nadie tenga claro hasta qué punto son legales las reivindicaciones cruceñas. Por ello, el Gobierno central se ha inhibido de reprimirla por la fuerza, si bien es cierto que ha alentado las algaradas callejeras, en su mayoría de campesinos, que se sucedieron a lo largo de la jornada del domingo. La oposición a Morales está en su derecho de buscar las vías más efectivas para luchar contra ese Estado populista y de tintes autoritarios que pretende instaurar su presidente. Sin embargo, acciones como la de esta consulta son un arma de doble filo.
Por una parte, se arriesgan a tensar excesivamente la cuerda, apelando a unos sentimientos de identidad regional que difícilmente podrá soportar un Estado tan poco estructurado como el boliviano. Hasta qué punto exageran quienes hablan de una quiebra de la unidad nacional boliviana, vista la extrema división social y belicosidad demostrada en los violentos altercados del domingo. ¿Cómo puede cerrarse la brecha social si el Gobierno es el principal instigador del revanchismo y el resentimiento entre clases? El otro problema al que se enfrenta es la deslegitimación de las instituciones y las leyes que rigen el país. Por más que los fines sean adecuados, los medios empleados pueden desvirtuarlos. Las reivindicaciones autonomistas se acercan peligrosamente al límite de la constitucionalidad. Desafiando abiertamente al Estado, la oposición sienta el precedente de que si el fin lo merece, se puede jugar con la legalidad.
CELEBRACIONES DEPORTIVAS
La celebración de la liga conquistada por el Real Madrid este fin de semana va más allá de lo meramente deportivo. Hace tiempo que el espectáculo del fútbol ha superado tal ámbito y como muestra no hay más que ver las cifras astronómicas que se manejan en torno a él y las audiencias televisivas que genera. Hoy, los futbolistas son iconos mediáticos, auténticos “hombres anuncio”, y facturan sumas de dinero exorbitantes por anunciar esto o aquello. El fútbol es un negocio, y en ocasiones, un escaparate político. Prueba de ello es la superpoblación de los palcos de determinados estadios en partidos clave, a los que asiste gente que no cuenta al fútbol entre sus aficiones, pero que quiere dejarse ver por una audiencia millonaria.
En el caso de España, significarse por uno u otro equipo es a veces sinónimo de una cierta tendencia política. Independientemente de las preferencias de cada uno, una encuesta del CIS revelaba que las preferencias de la izquierda basculaban hacia el Barcelona, mientras que los conservadores se decantaban más por el Real Madrid. Excepciones no faltarán, y no cabe duda de que tal dato ha quedarse en una mera anécdota, pero sí es cierto que de un tiempo a esta parte la política ha empezado por hacerse un hueco en el fútbol. Tal cosa no es buena noticia, toda vez que quien va a un campo de fútbol lo hace con la pretensión de ver un espectáculo deportivo, y no una reivindicación de índole diferente.
Pero hay más. Que el fútbol es reflejo de la sociedad queda patente con el tipo de público que asiste a los estadios. Hace años, el perfil de aficionado tipo era el señor de cierta edad que acudía al campo fumándose un puro; hoy es fácil ver igual número de hombres que de mujeres en las gradas. Viajan con su equipo, se significan con sus colores y son la imagen de una de las competiciones deportivas más importantes del mundo. En España juegan los mejores, igual que en Italia o Inglaterra, sus dos ligas rivales continentales. Por otra parte, los equipos se convierten en embajadores de una ciudad o un país; marcas como “Real Madrid” o “Barcelona” aportan a sus respectivas ciudades más de una satisfacción. Sirva como ejemplo Madrid, cuyo tercer museo más visitado, sólo superado por El Prado y la Colección Thyssen, es el de Trofeos del Real Madrid -a cuyas vitrinas, por cierto, suman estos días su liga número 31. Felicidades.
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