David Felipe Arranz | Miércoles 04 de septiembre de 2013
Escribir y publicar poemarios es verdadera osadía. Templar el cordaje del alma y sacarlo a la luz en el concierto de la vida, al juicio universal, sin perder un ápice de tensión es un acto de valentía. Mucho más si el poeta ha sido testigo de la violencia de un país.
El irlandés Seamus Heaney, fallecido el pasado viernes, cantaba al fósforo de los grillos, besaba el valle ameno, al agua del tranquilo lago y al mar les contaba sus penas; enhebraba el romance sereno, puro y tranquilo con el abrazo violento del oleaje a las rocas. Dos días antes de su muerte y a pesar de su empeoramiento, el autor de Norte pudo participar en un recital poético. El considerado heredero de grandes escritores de la tierra verde como James Joyce o W. B. Yeats murió con las botas de Talía y de Erato puestas.
Heaney, Premio Nobel de Literatura en 1995, que compartió con sus coterráneos Shaw, Yeats y Beckett –“Soy un monaguillo comparado con ellos, que son como siervos en la alta misa del arte. Yo sólo toco la campanilla”, solía afirmar–, fue el poeta-profesor absorto que piensa en el trabajo giganteo de la Naturaleza, que se conmueve y se inmuta ante el cuadro de fantásticos seres. En los versos de Heaney cristalizaba el mundo telúrico con el vivo esmalte de las palabras: “Los olores cotidianos eran nuevos / en el viaje nocturno a través de Francia: / lluvia y heno y bosques en el aire / creaban cálidas corrientes de aire en el coche abierto. / […] Pensé en ti de forma continua / unas mil millas al sur donde Italia / apoya su lomo en Francia en la esfera oscurecida. / Tu cotidianidad se renovó allí.” (Puerta a la oscuridad, 1969). “Las flores sueltas entre nosotros / se reúnen, componen / una especie de altar del mes de mayo” (Invernando, 1972). El mundo natural venía a impresionar la fértil imaginación del autor de El nivel con sus sonidos y olores briosos, claros y milenarios. “Empecé a ser poeta cuando mis raíces se entrecruzaron con mis lecturas”, indica en el artículo “Belfast”, donde reconoce que que la poesía, “algo secreto y natural”, ha de “abrirse camino en un mundo público y brutal”… o no sobrevivirá.
Crítico con la sociedad de su tiempo –“Mi gente piensa en el dinero / pero habla del tiempo. Los pozos de petróleo calman su futuro” o “Nuestra isla está llena de ruidos nada confortantes”–, Heaney prestaba oídos a la sibila que anunciaba el futuro de la humanidad de no corregir sus desviaciones y su fácil desliz hacia la malevolencia: “Pienso que nuestra forma misma deberá cambiar. / Perros en un asedio. Recaídas de saurios. Hormigas. / A menos que el perdón encuentre voz y nervio, / a menos que los árboles sangrantes y con casco / puedan ser verdes y dar brotes como el puño de un niño / y el pútrido magma incube / ninfas brillantes…”. Nacido en 1939 en una granja del condado norirlandés de Derry, el poeta profesor jamás olvidó sus orígenes rurales, allí donde el cielo cede al conjuro y a las mágicas artes de las letras, y se unió a poetas como Derek Mahon y Michael Longley. Su primer libro, Muerte de un naturalista (1966), ya apuntaba una constante en su trayectoria: la sólida hechura y austera elegancia de los versos blasonados entre el arpa y el trébol de tres hojas, la mies de hogaño hecha presente. En ese ambiente osado y travieso, de fondo vibrante de hermetismo, Heaney recibió su bautismo poético durante la lectura de Lupercal, de Ted Hughes, su referente literario junto a Patrick Kavanagh. Así, Heaney fue anotando en sus versos, entre los rumores de la floresta y sus clases en las Universidades de Harvard y Oxford, desde los disturbios en el Ulster entre protestantes y católicos a la historia de Irlanda del Norte en general.
En De la emoción a las palabras: ensayos literarios o Al buen entendedor. Ensayos escogidos, el vate se vuelve crítico-maestro y recomienda y desmenuza la lectura de William Wordsworth y G. M. Hopkins; a ellos les pide auxilio: “Danos poemas encorvados y fuertes, / bien ligados con correas de canción, / poemas que exploten en silencio / sin forzar, sin violencia”. Heany explica en estos dos magníficos libros cómo las ideas trasladadas al papel se nutren de las experiencias de la infancia; de ahí irá haciéndose un entorno, el futuro desarrollo poético, hasta desembocar –en palabras de Wordsworth–, en un "horizonte de la mente". Tras el oropel del reconocimiento, la modestia de la obra de Heaney ganaba siempre la batalla de la incómoda vida mediática.
La excelencia de su legado la constituyen las besanas de las letras trazadas sobre el suelo de los años convulsos, conjurados con la reja del trabajo de la escritura, quedamente, hasta cubrir la tierra de atardeceres que chascan y crepitan con la mejor poesía, la de la palabra eterna que ni siquiera la Muerte puede silenciar.
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