Opinión

Obama, a salvar el prestigio del mundo

José Antonio Sentís | Miércoles 04 de septiembre de 2013
Los asesores del presidente de Estados Unidos, de quienes conocemos perfectamente su trabajo porque está muy bien explicado en las series de televisión, se han ganado el sueldo esta vez. La frase sobre el ataque a Siria en boca de Obama ("No está en juego mi credibilidad, sino la del mundo") merece pasar a la antología de las citas lapidarias emanadas de la Casa Blanca.

Obama no es como ese zafio Bush, que cuando tomaba una decisión bélica lo hacía bajo su liderazgo y su responsabilidad. Obama es infinitamente mejor, porque puede tomar la misma decisión, pero se las arregla para que no sea culpa suya. En este caso se ha arropado mejor que bien: ni más ni menos que en todo el mundo mundial.

El mundo, por lo tanto, está empeñado en bombardear Siria. O, si no lo hace, sufrir definitivamente en su credibilidad, la del mundo. O el mundo ataca, o el mundo es pusilánime y blandito. De hecho, como ya hay una pequeña parte del orbe que no ha apoyado el ataque (el Parlamento británico, la oposición francesa), empezamos a encontrar bastantes nenazas en el mundo. Pero no serán demasiadas, porque el mundo no quiere jugarse su crédito, y Obama parece el único capaz de dárselo, con generosidad y grandeza, por si alguna vez puede colar su efigie en el monte Rushmore.

Una cosa interesante que tiene precisamente ese mundo del que habla Obama es que sólo se juega su prestigio en contadas ocasiones. Por ejemplo, no veo yo que se lo piense mucho en las guerras africanas (la de ahora de la República Centroafricana es bastante salvaje, sin ir más lejos). El crédito mundial se juega en Siria. Obama, por tanto, sólo es una víctima. O, cuando menos, el brazo de los designios ajenos.

En realidad, el presidente estadounidense parece un poco cobardica, pero no está mal pensada su prudencia. Si la operación siria le sale bien (lo que sería milagroso, por cierto, porque estas cosas las carga el diablo) habrá sido líder. Si no sale bien, la culpa será del maestro armero, o sea del mundo.

En realidad, la frase de Obama hay que leerla en términos de Estados Unidos, que es un lugar al que le place confundirse con el mundo entero, que no en vano llaman a su Liga de baloncesto el campeonato mundial. Y eso hace que se entienda mejor, porque no veo a Bolivia, Guinea o Singapur jugándose su prestigio en Siria. Y es lo que explica que los republicanos, que odian a muerte a Obama hasta el punto de asfixiarle en sus cuentas públicas, estén tan amistosos en este asunto del ataque a Siria.

Estados Unidos se juega su crédito. Obama también, digan lo que digan sus frases redondas, su tink tank capaz de emitir la propaganda más poderosa, y a veces la más brillante. Pero hay que pensar en qué y cómo se lo juega. Porque con un ataque a larga distancia no arriesgas nada. Clinton lo hizo con fruición en Irak, pero la guerra sólo fue patrimonio de los Bush, porque Clintos era bueno y los otros muy malos. Luego si algo se juega Obama (perdón, el mundo) en este envite es porque algo piensa que no se limita a unos cuantos misiles de crucero.

Aunque puede ser que sí, que Obama esté tan asustado sobre otro Irak que sólo ordene esa operación de castigo (como si sirviera para algo) pero le parezca que está prácticamente declarando la tercera guerra mundial.

El problema de tantas dudas y vacilaciones es que la contraparte siria lo sabe. Porque en esta absurda operación en la que primero se avisa al enemigo de que vas a atacar, suponemos que para que le dé tiempo a protegerse bien y a camuflar (¡cielos, ellos también!) sus armas químicas, y después casi les pides perdón por hacerlo, ningún resultado puede esperarse. Salvo, digámoslo de nuevo, porque Obama piensa algo que no sean salvas a distancia.

En todo caso, no hay que descartar una genialidad geostratégica. Que todo este teatro esté pensado incluso con Rusia para que entre todos se pueda convencer a los bandos de la guerra civil siria para que dejen de matarse un poquito. Una hipótesis que se confirmaría si Putin, como se empieza a apuntar en algunos mentideros, no se opusiera frontalmente al ataque tras un repentino convencimiento de que hay pruebas objetivas del uso del gas sarín por parte del ejército de Assad.

Si no es así (y sé que parece un exceso de imaginación), al presidente Obama y a sus asesores se les tendrá que ocurrir un buen puñado de frases para la historia. En todo caso, yo puedo apuntar alguna: "No pienses lo que Obama pueda hacer por Siria, piensa en lo que Siria puede hacer por Obama". O, continuando con Kennedy, otra genial de su visita a Berlín, cuando Obama vaya a la zona de guerra: "Yo soy sirio". Incluso, según como termine la cosa, parafraseando a Roosevelt sobre Anastasio Somoza: "Assad es tal vez un hijo de puta, pero es nuestro hijo de puta".

De momento, lo que hemos descubierto es que el mundo es algo serio, y cuando se le provoca, no se anda con nimiedades. Bueno es el mundo como para aguantar provocaciones sin contestar. Qué se habrá creído Assad. Gracias, Obama, por recordarnos ese principio universal. Se nos había olvidado en las últimas decenas de matanzas.

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