Opinión

¿Qué ha pasado en el Teatro Real?

Alicia Huerta | Miércoles 11 de septiembre de 2013
A pocos días de que dé comienzo la nueva temporada del coliseo madrileño con “El Barbero de Sevilla”, título pacífico donde los haya - más aún si la escena corre a cargo de Emilio Sagi, buen conocedor de los gustos del público de Madrid -, los medios de comunicación han tenido que dedicar al Real un montón de titulares que nada tienen que ver, sin embargo, con Fígaro o Rosina, ni con ningún otro de los personajes de la ópera bufa de Rossini cuyo subtítulo, quizás, sí pudiera venir al caso: Almaviva ossia l’inutile precauzione. Es decir, la inútil precaución. Porque, al final, la vida real parece diferenciarse sólo de la ópera en que no se puede elegir siempre el escenario que uno desea, sino que ha de adaptarse al que imponen las circunstancias y actuar en función de las mismas. Contra ellas o a merced del viento que las empuja. Así, aunque el escenario del Real parecía preparado ya para abrir paso al factótum della città, el otro escenario, el de la vida real, se veía agitado de improviso. Hace una semana, los enredos del conde de Almaviva para birlar a Bartolo su prometida se vieron sustituidos e, incluso, sobrepasados por las declaraciones en los medios de unos y otros, los “directamente implicados” o aquellos “simples mencionados”, todo ello en referencia a la sustitución del que todavía era, de hecho y de derecho, director artístico del teatro de la Plaza de Oriente, Gerard Mortier.

Fue él mismo, en todo caso, quien abrió, consciente o no, la caja de los truenos. Su entrevista en El País, en la que desvelaba el cáncer de páncreas del que fue operado este verano y del que está siendo tratado en Alemania, hizo que el público supiera que su sustitución estaba en marcha. No con carácter inmediato, porque el propio director belga aseguraba que en Madrid se le iba a esperar hasta finales de noviembre, fecha prevista para que se pudiera reincorporar a su puesto, pero sí ya con vistas a la finalización de su contrato en 2016. Tampoco resultaba extraño que en un mundo como el de la ópera, donde las agendas se cuadran de aquí a tres o cuatro años, los responsables ya estuvieran valorando diferentes nombres o candidaturas. Pero Mortier lanzaba un sorprendente aviso: si el finalmente elegido para sucederle no era uno de los seis candidatos que él había propuesto, no esperaría a 2016 para dejar la capital, sino que su salida tendría carácter inmediato. ¿Amenaza? ¿Bravata? ¿Genuino y pasional interés en que el proyecto por él iniciado no se viera comprometido? Personalmente, me gustaría intentar inclinarme por la tercera opción, aunque, seguramente, cualquier respuesta lleve en sus entrañas pequeñas dosis de cualquiera de las posibilidades. Y de otras cosas menos prácticas como la pasión o el orgullo. Nada es absoluto, como mucho, puede probar a disfrazarse de una sola cosa. Mortier, concretizaba, aún más, su desafío y destapaba lo que para él era impensable: que los candidatos realmente en liza fueran de nacionalidad española por imposición política. Y ninguno de los tres: Antonio Moral, Pedro Halffter y Joan Matabosch era de su agrado. Reivindicaba su derecho a elegir sucesor y rechazaba que el criterio de la nacionalidad pudiera estar por encima de otro tipo de criterios.
Se trataba únicamente del primer acto.

Al día siguiente, Antonio Moral, el anterior director artístico del Real, a quien Mortier sustituyó hace cuatros años, se apresuraba a dejar clara su postura en una entrevista para La Razón. Aseguraba que su regreso al Real era impensable, que no existía interés alguno por su parte. El siguiente en aparecer en este inesperado y movedizo escenario fue Joan Matabosch, director del Liceo, y lo hacía a causa de un teletipo de Efe, sin confirmar por el Real, que le daba por nombrado ese mismo día, el lunes 9 de septiembre, en una reunión de la comisión ejecutiva del teatro que iba a celebrarse por la tarde. Pero la anunciada reunión no se celebró. En el Real adujeron cuestiones de agenda que hacían imposible su celebración, señalando que el día D sería finalmente este miércoles, como así ha sido. Pero antes, en la tarde de ayer, el tercer nombre en cuestión, Pedro Halffter, director artístico del Teatro de la Maestranza, también quiso aportar su versión, y salió al paso de las informaciones que aseguraban que el retraso en el nombramiento se debía a que el ministro de Educación, Cultura y Deporte, José Ignacio Wert, había tratado de imponerle como director musical del teatro lírico madrileño, una figura que no existe desde que López Cobos cesó en el cargo con la llegada de Mortier, claro defensor de que la Orquesta Titular del Teatro Real fuera dirigida por distintas batutas durante la temporada y no por una sola. De modo que Halffter remitió un comunicado de prensa a la agencia Efe desvinculándose de cualquier papel en la presunta injerencia política.

De galimatías calificaba este miércoles Gregorio Marañón lo que los medios habían llamado ya terremoto, vodevil, cruce de sables, incendio, baile de máscaras o dinamita a punto de estallar; en definitiva, varios días de pasiones hasta entonces disimuladas que habían encontrado por dónde salir y de parte de qué o de quién ponerse. Imposible no acordarse de la magnífica escena de El Fantasma de la Ópera en la que los personajes llegan acalorados al elegante teatro agitando en el aire sus cartas, las que les han sido enviadas de forma anónima a todos ellos, desde los gerentes del teatro de la Ópera de Paris, Debienne y Poligni, hasta la propia prima donna o el atractivo Raoul. Los destinatarios descubren que quien pretende mandar allí, en aquel templo de la ópera más exquisita, a base de amenazas de que ocurrirá un “disaster beyond your imagination” si no se sigue al pie de la letra lo que exigen las misivas, es simplemente un fantasma, el mítico protagonista alumbrado por Gaston Leroux, que puede ser tan sensible como brutal, tan frío como apasionado. Por supuesto, no le dan ningún crédito y prefieren arriesgarse a que se desate su pasional venganza, pero lo que está claro es que, en la ópera o en la vida, cuando se desatan las pasiones – y todos sabemos que pueden hacerlo en cuestión de minutos – lo difícil es atarlas de nuevo. En volver a esconderlas en los pasadizos subterráneos para que descansen entre función y función, se tarda muchísimo más tiempo.

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