Opinión

Mariano, el cartero de Neruda

José Antonio Ruiz | Viernes 13 de septiembre de 2013
Querido ministro de Asuntos Exteriores, dígale de mis partes al Presidente, aunque sea enviándole una carta con el motorista, que quienes están comenzando a no «encajar» en España son los españoles. No sé si me explico.

By, by, Spain. Baja la prima de riesgo pero sube el riesgo-país. Al paso que vamos, como Cánovas acabaremos perdiendo la fe en el sufragio universal, en la libertad de expresión y en los españoles.

En pleno sarpullido púber, nada tiene de extraño soñar con la emancipación; y menos aún en estos tiempos en los que hasta Movistar ha decidido suprimir el compromiso de permanencia de su clientela. Lo retrógrado es el empeño enfermizo que están poniendo muchos cavernícolas por volver al Planeta de los simios y encaramarse de nuevo al árbol, dispuestos como parecen estar a hacer seguidismo ciego de cualquier Tarzán de los monos que se crea el rey de la jungla del asfalto. Regresamos a Atapuerca. Sin duda en el Pleistoceno había gente mucho más civilizada.

Por una vez ha acertado de pleno Cayo Lara aconsejando a Mariano que siga los pasos de Estanislao Figueras, el efímero presidente que desgobernó durante un trimestre la España republicana tras la estampida de Amadeo I, hace de esto 140 años, y que en un ataque de sinceridad confesó a sus ministros: «Señores, no aguanto más; así que seré franco: Estoy hasta los cojones de todos nosotros».

A Rajoy le puede pasar lo que al condotiero de la FIFA, Joseph Blatter, que a buenas horas ha caído en la cuenta -¡tiene pelotas!- de que en Qatar se le van a freír los huevos hasta los mismísimos camellos, de la chicharrera que hace en verano. Y ni te cuento a Rubalcaba que, con todo su doctorado en Químicas, a la vejez viruela ha descubierto el bicarbonato al asegurar, todo él melodramático, que «hay un problema entre Cataluña y el resto de España».

El abajo firmante se niega a recurrir a las goteras del hemiciclo del Congreso para convertir la chapuza de Dragados en la imagen metafórica de una España que hace aguas por el tejado donde anida la razón de las golondrinas a las que John Keats dedicó su oda Al otoño.

Ahora que es tiempo de berrea, y que los ciervos machos andan desaforados por los montes de Iberia donde cazó Franco persiguiendo hembras que montar, si Mariano tuviera lo que hay que tener, o sea, convocaría un referéndum para someter a la consideración de todos los españoles si están a favor o en contra de que España se independice de Catalonia.

Pero me da la espina que le debe pasar lo que a Johnny Depp: que nunca ha querido ser John Wayne. Ni Arturo tiene cojones para ejecutar la fechoría, ni Mariano para evitarla. Que nadie espere nada de la llamada “minoría silenciosa”, salvo la probable posibilidad de que acabe convirtiéndose en el eslogan de un spot de hemorroides.

Arturo Mas, heredero fulero de Martin Luther King, se proponía asombrar al mundo con la cadena humana independentista (480 kilómetros de estupidez); y a fe que lo ha conseguido, pues todo el orbe terráqueo ha podido corroborar la cantidad de cenutrios que hay en el oasis, donde el abertxalismo catalanoide ha conseguido lo que se proponía: que en el extranjero camusiano corroboren que si este país es una calamidad no es porque alguna bruja barojiana le haya echado el mal de ojo, sino porque no da más de sí.

La celebración del Onze de Setembre ha demostrado que en Catalunya son legionela quienes no tienen sentido alguno del pudor, visto que de chepa para arriba no hay pruebas de vida neuronal. Contraponer el concepto de territorio al de ciudadano y los plebiscitos asamblearios al principio de legalidad, es hacerle un guiño a los neo totalitarismos asilvestrados, fascistoides y fachas.

«El nacionalismo es una tara, una vuelta a la tribu», ha dicho Vargas Llosa. Pero sobre todo, es un gran negocio fraudulento que está llenando los bolsillos a muchos caudillos indigenistas, maestros en el arte del buen vivir y yantar, que se aprovechan de la incapacidad mental de la borregada.
Tantas reminiscencias esvásticas tuvo el nacionalismo españolista que prosperó al término de la Guerra Incivil, como el cantonalismo catalanista o vascuence. No sé si me da más yu yu lo del “Catalan Way”, o la avioneta fletada por los de Intereconomía para que sobrevolara las cabezas huecas de los encadenados, restregándoles en el cogote el lema “España: juntos, más fuertes”. Nada hay más parecido a un imbécil de izquierdas que un imbécil de derechas, y viceversa.

Más, mucho más miedo y asco que Mas me da el golpista que ha dado la orden de tapar los agujeros que hizo Tejero a tiro limpio en el techo de la supuesta sede de la soberanía popular, hoy reconvertida en Parque Jurásico.

Dicho sea al paso, el azar del destino ha querido que la charlotada de la cadena humana haya coincidido con la “celebración” del 40 aniversario del golpe de Estado de Augusto Pinochet.

No creo en la masa -¡líbreme Dios!-, lacra de la Humanidad. Me doctoré en esta cosa del Periodismo con una tesis sobre la “instrumentalización” política del deporte, con el mismo cum laude que Carmina Chacón, a pesar de la estampida de un catedrático independentista que todavía anda sesteando por el campus de la Complutense, que renunció a formar parte del tribunal «para no significarse políticamente».
Tampoco creo en las sociedades gregarias, ni en España, ni en los españoles en sentido genérico; sino en la libertad individual, esa amante con la mirada enigmática de Marlene Dietrich, que no tiene patria ni dueño al que servir como esclava.

Lo preocupante no es la sedición de los maquetos, sino la dejación de quienes se refugian en la razón de Estado, puta razón, aquejados del síndrome de Estocolmo.

¡Cuánto daño está haciendo a la reputación de España el «Relaxing cup of café con leche» de Ana Botella! El escarnio no conoce límites, por más que nos lo tengamos merecido por los muchos deméritos acumulados a golpe de despropósitos. Así nos va, por haberlo fiado todo al relax y al cafelito. Claro que de justicia es agradecer a los miembros del COI el favor que nos han hecho sepultando el futuro político de la alcaldesa de Madrid, la ciudad más endeudada de España y una de las más arruinadas del mundo.

La señora del ex presidente ha decidido por su cuenta y riesgo que la Villa y Corte no presentará su candidatura para 2024, argumentando que «la carrera olímpica ya ha proporcionado todos los beneficios que podíamos esperar». Supongo que se referirá a la enésima subida de impuestos que se avecina para hacer frente a los gastos de la tercera intentona.

El caso es que le dejamos el Champ-de-Mars libre para que los organice al alcalde de Paris; mientras el alcalde de Barcelona, un tal Xabier Trias, que la tiene como los bloques de cemento del caladero de Gibraltar, pretende que «la España que nos roba» financie la candidatura de la ciudad condal a los Juegos Olímpicos de Invierno. Suerte que para entonces Barcelona será la capital del nuevo Estado independiente.

Sólo nos queda el consuelo de saber que en unos días arrancará la venta de viajes del IMSERSO. Con un poco de suerte, podré regresar a la Seu de Urgel, antes de necesitar el pasaporte, donde este verano a punto estuve de bailar una sardana a las orillas del hermoso río Segre. Si de pronto, en un pronto, se me cortó el rollo, fue porque me enteré que entre sus hijos ilustres figura José Antich, director de La Vanguardia, el mismo que publicó El Virrey, una hagiografía que escribió al dictado del homenajeado Jordi Pujol, y que le sirvió para fichar por la tropa del conde de Godó, que lo ascendió casualmente nueve días después del triunfo electoral del PP de José María Aznar.

Señor García-Margallo, ¿todavía me pregunta por qué no creo en España? (…) Un poquito de por favor, querido José Manuel, estando como está España hasta los “collons”.