Opinión

Carambolas catalanas

Juan José Laborda | Viernes 13 de septiembre de 2013
Hace unos años, representado a las Cortes Generales, deposité una corona de flores en el monumento al conseller en cap, Rafael Casanova, el símbolo de las instituciones catalanas, abolidas después de la derrota de Barcelona, el 11 de septiembre de 1714. Sentí una emoción auténtica. Esa ceremonia tenía para mí el significado simbólico de una superación histórica; al fin y al cabo, logré uso de razón en y contra una dictadura centralista. Rafael Casanova significaba el autogobierno de Cataluña para los ciudadanos de esa Comunidad; pero también significaba conquistas y deseos comunes para muchos españoles como yo: los triunfos de Cataluña después de 1977, los sentí como propios, los aprecié como ayudas en el común avance del pueblo español en su clásico doble horizonte: democracia dentro y unidad con Europa fuera. Era sin duda una superación: el homenaje a Casanova era un microcosmos de lo que Cataluña aportaba a España, por ejemplo, la Generalitat como modelo del nuevo Estado de las Autonomías.
El 11 de septiembre de este año ha significado lo contrario. Sin quererlo, los que sentíamos esa fecha como símbolo de la pluralidad (que es consustancial a cualquier democracia auténtica) nos hemos sentido rechazados. Es inútil -aunque sea cierto- alegar frente al independentismo, frente al rechazo de la cultura común española (¡ese rechazo es, aunque no lo sepan, muy ranciamente hispano!), que Casanova no fue un secesionista; fue leal a un rey austriaco que peleó por la corona de España, y aunque nunca aceptó al rey francés vencedor, lo cierto es que vivió en Cataluña hasta su muerte en 1743, ejerciendo su profesión de letrado.
Tras un año porfiando para empeorar las relaciones entre los gobiernos y las sociedades, después de esta “Diada”, ¿tiene arreglo el problema?
Sin duda lo tiene. El ideal sería que se restaurase el clima de cooperación que existía hasta hace poco tiempo; con sus complicidades haciendo tareas propias de una democracia avanzada en este mundo globalizado.
Pero el remedio nunca está en el tiempo pasado.
El problema podría resolverse de una manera nefasta: Cataluña, por una carambola, se precipita por una senda de secesión.
Digo que eso sucedería por una carambola. Por una “casualidad favorable”, o por un “enredo, embuste o trampa para alucinar y burlar a alguien”: estos son algunos significados de la palabra “carambola”, según el Diccionario de la Real Academia. Esas definiciones -y las demás de la voz citada- encierran el sentido de algo que sucede ante la parálisis de la acción humana. Los hombres ponen en marcha el juego de las bolas, pero éstas desarrollan solas los movimientos finales del juego, los que consiguen -o no- la carambola.
¿Por qué tengo la sensación que Cataluña se ve por los actores políticos como un juego de bolas? Se hacen frecuentes condenas del egoísmo maligno del nacionalismo, y en correspondencia, se rechaza el supuesto crónico odio a Cataluña del gobierno español y de una mayoría de ciudadanos del “Estado español”.
Al menos, eso se trasmite básicamente a la opinión pública.
Mientras el conflicto se alienta por organismos que suplantan a las instituciones representativas -ejemplo: la “Asamblea Nacional de Catalunya”-, las ideas no aparecen, pues el debate apenas se eleva más allá de la pura táctica política, ¿incluso de la táctica electoral?
Es aterrador la falta de un debate político serio entre Rajoy y Mas, las dos personas que encarnan la máxima responsabilidad institucional en este grave conflicto. Hay una especie de resignación ante una discusión que parece administrativa. Se oscila entre la fingida normalidad de encuentros ocultados o secretos entre Rajoy y Mas- “el Gobierno habla con todos los presidentes autonómicos”- y las prometidas contestaciones burocráticas a la carta de Mas pidiendo la aplicación del fantástico “derecho a decidir”.
Todo tiene un vuelo bajo entre los líderes políticos. Sin embargo, desde hace un año llegan persistentes mensajes a la sociedad catalana, en los que la secesión pone milagrosamente fin a las desgracias presentes. Como un signo más de la casi completa desaparición del debate ideológico, las aportaciones del mundo académico e intelectual sobre los retos del “nacionalismo soberanista” no son tenidos en cuenta en las esferas del poder partidario. (A este respecto señalo la revista “Cuadernos de Alzate”, números 46-47, dedicado a la “Autodeterminación”).
Vuelvo a las carambolas. Es un juego desde cualquier perspectiva. Los principales jugadores saben que la secesión de Cataluña de España es imposible. No sólo porque la Unión Europea no puede aceptarla, sino porque el llamado “principio de las nacionalidades” será pronto un arcaísmo, como erigir un Estado bolchevique en el corazón de Europa. A pesar de que lo saben, no les importa que las bolas choquen, produciendo una gran consternación (entre la fuerza y la violencia política). Supongamos que se produce una declaración unilateral de independencia. Al Gobierno le encontrará con “absoluta tranquilidad, de manera que actuará con serenidad, pero también con firmeza y responsabilidad” (Vicepresidenta Saénz de Santamaría). El apoyo al Gobierno, como es lógico, crecerá enormemente. En el otro lado, la humillación, la frustración y el rencor será un combustible nuevo para el nacionalismo. También incrementará su base electoral. Para uno y otro, será borrón y cuenta nueva.
Alguien quizá repase las palabras siguientes, que se quedaron en palabras, como de un tiempo sin audacia política: “algo esencial para una reforma (constitucional): que no había un mínimo consenso entre los grupos para llevar a cabo una reforma”( Vicepresidenta Saénz de Santamaría).

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