Opinión

La lección de Roberto Rossellini y Vittorio De Sica

David Felipe Arranz | Sábado 14 de septiembre de 2013
De la supervivencia al suicidio, de la perentoria existencia a las ganas de morir, el tríptico de Roberto Rossellini –Roma, ciudad abierta (1945), Paisá (Camarada, 1946) y Alemania, año cero (1948)–, del maestro Rossellini, pone de manifiesto la teoría de Stanley Cavell de que el cine puede hacernos mejores. Un cine que nace de la experiencia real y doliente de la contienda bélica y que se erige como monumento y lección que todos han de ver. Rossellini se vuelve maestro cineasta tras la cámara y nos ofrece el resultado de su apuesta –artística,, ética e incómoda para la conciencia como lo fue aquel periodo–, porque “un espíritu libre no debe aprender como esclavo”.

El Berlín roto y sangrante, esqueleto erguido de una Europa arrasada por la II Guerra Mundial, es despiezado –como el caballo yerto sobre el pavimento cuyas carnes saquean con instinto animal los transeúntes— por el ojo del director italiano: un atrevimiento, una audacia el de llevar al limpiabotas, Sciuscià (1947), de Vittorio De Sica a la zona cero, al corazón partido, al epicentro devastado de un mundo que se negó a entenderse y en el que todos perdieron. Cinco familias que se vigilan, que buscan al rebufo del peor oportunismo de la posguerra el rastro maloliente del nazismo que aún se cuela de rondón por los pocos hogares que aún quedan en pie.

De ese ejercicio de la delación y del terror doméstico en hogares convertidos en improvisadas y saturadas pensiones sabía mucho Wolfgang Staudte en Los asesinos están entre nosotros (The Murders Are Among Us, 1948), maravillosa película hecha de escombros y hambre, de penuria y nazis escondidos entre las ruinas de la mala conciencia de Europa. Los planos del fugitivo de Staudte y los del pequeño Edmund de Rossellini saltando por los descansillos y esquivando los boquetes en la escalera revelan hasta qué punto, como en las novelas de Joseph Roth, la elección de los supervivientes representa un esfuerzo banal ante el abrazo letal de los últimos coletazos del mal, igual da que lo ejerzan los dirigentes del III Reich o el reparto de la tarta alemana que hicieron las potencias del Eje.

Nada de agua caliente con que lavar convenientemente y en profundidad los cuerpos, con que deslizar por el sumidero la huella de un recuerdo que se ha marcado, imborrable, en la piel de los berlineses. Los niños se ven obligados a trabajar, falsean su edad e impostan para llevar alimento a su casa: el pequeño Edmund, a los doce años, mantiene a sus dos hermanos y a su anciano padre, postrado en la cama por una enfermedad que le impide realizar cualquier tipo de actividad. Es el Berlín del mercado negro en el que Karl, el hermano mayor, se esconde como el Franz de Sartre de las autoridades: fue piloto de la Wehrmacht y eso podría traerle problemas, piensa él como también el escondido de Altona del padre del existencialismo, historia que con tanta fortuna plasmó en el cine, otra vez, Vittorio De Sica, en Los secuestrados de Altona (I Sequestrati di Altona, 1962), con aquellas manos y cuerpos rotos pintados a trazos secos, como latigazos en la pared, por Ezio Frigerio.

Siempre De Sica. Y Rossellini, claro. El Karl de Rossellini y el Franz de De Sica se ocultan, se envuelven en sus remordimientos en que agonizan mientras los más inocentes salen a la calle: finalmente, ambos también determinan salir a un mundo que ya no reconocen. Karl (Franz Kruger) se entrega a la policía sin ofrecer resistencia en la escalera de su casa: “Tiré mi documentación”. Franz (Maximilian Schell) se arroja en brazos de la muerte recurriendo al suicidio y arrastrando a su padre, el empresario colaboracionista con el régimen hitleriano (Fredrich March).

Fenómenos extremos a un mal extremo articulados en la energía de lo maldito, presentados al espectador bajo la especie del mejor celuloide… para que jamás lo olvide.