Ricardo Ruiz de la Serna | Sábado 14 de septiembre de 2013
Después de tres días de negociaciones en Ginebra, El Secretario de estado John Kerry y el Ministro de Asuntos Exteriores Sergei Lavrov han alcanzado un acuerdo para que Siria elimine su arsenal químico y evite así la acción militar que Washington estaba preparando. Es una salida digna para el Gobierno de Barack Obama, que se precipitó en anunciar unas operaciones que carecían del necesario apoyo político nacional e internacional. Es un triunfo de la diplomacia rusa. Durante los últimos días, el Kremlin ha liderado los esfuerzos para evitar un ataque contra el Asad y finalmente lo ha conseguido.
El interés de Rusia en Siria es complejo. Por una parte, el país árabe acoge la única base militar que Moscú tiene en el Mediterráneo: el complejo militar de Tartus, en el que trabajan unos 600 rusos y que supone un enclave estratégico en un mar por el que Rusia ha combatido desde los tiempos de los zares. La salida al Mediterráneo a través del Bósforo y los Dardanelos fue uno de los intereses rusos durante el Gran Juego y hoy su interés no parece haber disminuido.
Por otra parte, Siria es un socio comercial de la Federación Rusa y un comprador de material de defensa que Vladímir Putin se comprometió a seguir vendiendo pese a las amenazas de ataque se han ido lanzando en las últimas semanas. En especial, gracias a Rusia, el régimen de Asad podría acceder a material antiaéreo como las baterías S.300, cuya adquisición ha preocupado a Washington. Hace algunos días, el Ministro Lavrov eludió confirmar si ese material antiaéreo finalmente se va a vender o no a Damasco. En todo caso, Moscú se aferra a los contratos firmados con El Asad y a su legalidad internacional para suministrar. Según se ha publicado, la Fuerza Aérea Siria cuenta hoy, por ejemplo, con unas cincuenta lanzaderas de Pantsir S1, equipadas con cohetes y cañones antiaéreos además de 12 lanzamisiles Buk M22. Todo esto es material de fabricación rusa. Ciertamente El Asad debe mucho a Moscú.
Por fin, la Federación Rusa ha alzado la voz contra el excepcionalismo estadounidense, que lanza proclamas contra Damasco pero levanta las medidas contra otros regímenes cuya ayuda necesita, por ejemplo, en Afganistán. Así ha ocurrido con el discreto fin de las restricciones a la ayuda militar que pesaban sobre Uzbequistán o la tolerancia con el régimen de Bahrain, que ha reprimido las protestas contra el Gobierno sin que los Estados Unidos protestasen. En un artículo publicado en el New York Times, Vladímir Putin advertía del peligro de esgrimir el excepcionalismo como argumento para justificar sus acciones con mención a Dios incluida: “no debemos olvidar, cuando pedimos la bendición divina, que Dios nos creó a todos iguales”.
Rusia ha jugado, pues, sus cartas con inteligencia. Ha dejado que la preocupación por la regionalización del conflicto sirio incluya en Gobiernos importantes que por separado no pueden impedir una acción militar pero que juntos pueden deslegitimarla gravemente. La reciente cumbre del G-20 mostró las divisiones que existían sobre el apoyo a un ataque contra Siria. La República Popular China ha desempeñado un papel relevante en enfriar los ánimos. El veto asegurado de Pekín y Moscú en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, las reticencias europeas, la frialdad de los países espiados por los Estados Unidos según Snowden, los llamamientos a la prudencia de las potencias regionales y, en general, la falta de decisión política han brindado al Kremlin una ocasión que han sabido aprovechar.
Así, el factor ruso ha evitado un resultado de suma cero en el conflicto sirio, donde todos podrían perder, sobre todo el pueblo sirio. Ahora hay que ver si es posible una solución política donde todos ganen algo haciendo concesiones.