Lunes 16 de septiembre de 2013
El acuerdo alcanzado entre Rusia y Estados Unidos sobre el desarme químico del régimen de al Assad no parece afectar, al menos de manera inmediata, al transcurso del conflicto sirio. De hecho, la violencia sigue instalada en un país donde Naciones Unidas ha acusado a las dos partes de crímenes de guerra. Dos, que podrían ser tres, por cuanto en el seno de la oposición empieza a haber ya enfrentamientos abiertos entre los contrarios a al Assad stricto sensu y los islamistas vinculados a Al Qaeda. No le falta cierta razón al régimen siria cuando asegura combatir contra terroristas. Algunos de ellos lo son, al igual que las propias tropas de al Assad, cuyas atrocidades no difieren mucho –salvo en sus monstruosas proprciones- de las cometidas por Al Qaeda en cualquier parte del mundo.
No toda la oposición siria es trigo limpio. He ahí una de las principales reticencias de la comunidad internacional a la hora de intervenir en Siria: nadie garantiza que lo que venga después de Bashir al Assad sea necesariamente mejor, por lamentable que sea. El riesgo de que el integrismo islámico cobre mayor protagonismo en el seno de las fuerzas opositoras y, por ende, dé argumentos a Bashir al Assad debe ser neutralizado de alguna manera; el problema es cómo hacerlo. Quizá Rusia y Estados Unidos deberían profundizar algo más sobre este tema, toda vez que el islamismo radical es un problema que traspasa fronteras. Incluida las de Rusia.
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