Opinión

Profesor, con pasión y con alegría

Alejandro San Francisco | Lunes 16 de septiembre de 2013
“El Campo de Concentración”. Así se titula un capítulo del libro de C. S. Lewis (1898-1963) Cautivado por la Alegría (Madrid, Ediciones Encuentro),. No se refiere a los campos de muerte que se extendieron en Europa durante los totalitarismos, sino a las relaciones del pequeño Lewis, de sólo 10 años, con su profesor. “Oldie vivía en la soledad del poder, como el capitán de barco durante la navegación. Ningún hombre ni mujer en aquella casa le hablaba como a un igual. Nadie iniciaba una conversación con él… Excepto en geometría (que le gustaba) podría decirse que Oldie no enseñaba nada en absoluto... Intelectualmente –rememoraba Lewis– el tiempo que pasé con Oldie fue casi totalmente perdido”. Y concluía diciendo que “es difícil para los padres (y quizá todavía más para los profesores) darse cuenta de la poca importancia que tienen la mayor parte de los profesores en la vida de un colegio”.

¿Qué puede haber pasado? ¿Por qué algo tan maravilloso como la educación se había transformado en un “campo de concentración”?
Es la ambivalencia eterna de la educación y de la vocación de los educadores en los distintos lugares del mundo. Corresponde volver ahora a un tema de permanente actualidad e importancia, cuando los gobiernos, la sociedad civil y los organismos internacionales buscan fórmulas para mejorar la enseñanza en todo el mundo. En diferentes países se modifican planes y programas de estudio, la cantidad de alumnos en la sala de clase, los instrumentos de apoyo (como la tecnología), el lugar dónde se enseña pedagogía. Todo eso tiene valor, pero nada de eso se acerca al valor preeminente de los profesores. Como explica Inger Enkvist en La buena y la mala educación (Madrid, Ediciones Encuentro 2011), el caso finlandés que constituye un ejemplo internacional centra su esfuerzo en los profesores, su selección, su formación, su calidad. Siempre debemos recordar que pasarán los años y las sucesivas reformas educacionales. Los profesores, lo que ocurre dentro de la sala de clases, permanecerá.
Cuando una persona opta en su vida profesional por dedicar días, semanas, meses y años a la educación debe hacerlo con pasión y con alegría. Esto es central: en la vida podremos apreciar que, más allá de las virtudes o defectos personales, de las propias capacidades y conocimientos, la vocación es uno de los ejes centrales de cualquier tarea bien hecha, más todavía cuando se trata de la enseñanza.

Esto contrasta, muchas veces, con la vida de profesores cuya experiencia pareciera ser mandar y ser obedecidos, ser temidos y vivir de formas sin contenido, de palabras vacías. La cuestión es la siguiente: se debe realizar la tarea de enseñar con entrega y fervor, con apertura a la atención de alumnos, para conversar con los niños o corregirlos cuando corresponde. En caso contrario, probablemente el docente no tiene la vocación necesaria –o la ha perdido en el camino– para desarrollar su tarea formadora y quizá haría bien en dedicarse a otra cosa.

Estoy seguro que alguna vez hemos escuchado razonamientos como los siguientes: “Si yo hubiera estudiado Derecho o Medicina o Ingeniería tendría tales o cuales beneficios”; “Ojalá hubiera...”; “Ojalá el colegio fuera distinto”; “Ojalá mis alumnos fueran más cultos o más educados o más ordenados o lo que sea”; “Ojalá, ojalá, ojalá...”, y tantas otras cosas que en demuestran un disgusto visible en lo que se hace.

En una película digna de ver y de comentar, La Sociedad de los Poetas Muertos, el joven Neil le consultó al profesor Keating por qué seguía en el colegio, si podía estar en otro lugar, quizá mejor. La respuesta del maestro es elocuente: “Me encanta enseñar, no quiero estar en ninguna otra parte”. Esto es crucial, pues un profesor con vocación y con alegría desprecia la mística “ojalatera”, vive comprometido con su pasión educadora y no permite que las dificultades perjudiquen a sus alumnos.

Puede ser en una escuela rural o en una gran ciudad; en un colegio pequeño o grande; estatal o privado; de hombres, de mujeres o mixto; con muchos o pocos alumnos; con grandes tradiciones o muy nuevo: en todas esas circunstancias el profesor debe ser una persona que enseñe por vocación y doctrina, entregado a la maravillosa vocación recibida y con ganas de ejercerla con plenitud de vida.

Es evidente que las condiciones materiales del trabajo de profesor deben ser respetadas, que la valoración social de la educación debe registrarse en los salarios y en las posibilidades de desarrollo profesional, que es imprescindible contar con libros, cantidad adecuada de estudiantes en la clase, horas disponibles para el estudio y el perfeccionamiento. Pero no reside ahí el corazón de la vida del profesor, sino en entender que es depositario de una vocación que es necesario ejercer con pasión.

Como decía Gabriela Mistral, a su vez gran profesora y Premio Nobel de Literatura en 1945: “Si no puedes amar, no enseñes niños”. A esto debemos agregar otros aspectos relevantes, como el amor al trabajo bien hecho, procurar extraer lo mejor de cada alumno, un genuino sentido de la libertad, la coherencia entre la doctrina y la vida, la alegría. Todo esto siempre exigente y difícil, pero imprescindible.

Los profesores deberían ser los símbolos de la alegría en una sociedad. Hemos sido puestos, como decía la propia Gabriela Mistral, “a crear el mundo del mañana”, y una educación de calidad con profesores de verdad debe tender al bien de la sociedad del mañana. Así será con el paso del tiempo cuando recordemos a esa mujer que nos enseñó a leer con paciencia y dedicación; aquel maestro que nos insistió en decir la verdad ante los problemas; a aquel que cantaba con nosotros, nos leía poesías y nos acompañaba en la oración; o la tía querida de nuestros primeros años que –superando los problemas familiares o económicos– estaba con nosotros día a día con la cara alegre.
¡Qué grande es la responsabilidad del profesor y qué maravillosa esta vocación!

Esto se puede apreciar claramente en la maravillosa película francesa Los niños del coro, dirigida por Christophe Barratier. En el colegio “El fondo del estanque” (nombre penoso pero elocuente) se produce una verdadera revolución positiva cuando el señor Mathieu decide organizar un coro, en el cual logra establecer un modo de trabajo, ciertos hábitos, además de hacer sentirse valiosos a niños prácticamente abandonados y considerados inútiles. La contrapartida es un director amargado y gris, que vive de la imagen y no de realidades, detesta su trabajo y eso lo aprecia quien se acerca a él. Felizmente algunos alumnos encuentran su propia vocación y desarrollo personal gracias a Mathieu.

Así es la educación, cuando se encarna con vocación profunda y sincera, dejando de lado cualquier posibilidad de convertir la enseñanza en un trabajo decadente, rutinario y triste, como si la educación fuera una actividad burocrática y no una de las aventuras más maravillosas de la vida.