Sadio Garavini di Turno | Jueves 19 de septiembre de 2013
El régimen venezolano ha considerado como aliados, amigos o “hermanos” a sátrapas como Saddam, Gadafy, Mugabe y Assad, básicamente por el común “antiyankismo” visceral que, en el caso venezolano, ha llegado a extremos de ridiculez delirante, cuando el difunto caudillo denunció que el último terremoto de Haití había sido causado por el ensayo de un arma secreta de la marina norteamericana o cuando Maduro afirmó que el cáncer de Chávez fue, muy probablemente, “inoculado” por la CIA. El apoyo de Venezuela a Assad, durante la guerra civil, ha sido firme y se ha concretado en envíos de gasolina y en una no especificada “ayuda humanitaria”.
Assad ha sido capaz de utilizar, contra su propio pueblo, artillería pesada, aviación y más recientemente armas químicas, prohibidas por el Derecho Internacional. Barrios enteros son bombardeados de forma absolutamente indiscriminada, sólo porqué su población es de mayoría sunita y, por tanto, considerada enemiga de un gobierno dominado por la minoría alawita, una secta del chiismo. La prueba de que la reciente masacre, con armas químicas de un barrio sunita en Damasco fue provocada por el ejército de Assad, se hizo evidente cuando el propio Secretario General de la ONU, Ban Ki Moon, lo confirmó en una conversación privada, que se escuchó por la ya clásica distracción del “micrófono no apagado”.
A diferencia de lo afirmado por el Gobierno Maduro, los EEUU no tiene ningún interés en la casi inexistente exportación petrolera siriana, Obama no tenía le menor intención de intervenir militarmente en Siria, pero cometió quizás la imprudencia de decir, hace alrededor de un año, que la utilización de armas químicas por parte de Assad significaba traspasar una “línea roja” y que, en ese caso, la comunidad internacional debería “castigar” a Assad. De esa forma, Obama puso en juego la credibilidad del Presidente de los Estados Unidos. Frente a la “transgresión” de Assad, no hacer nada hubiese tenido un costo político internacional inaceptable para Obama. Los aliados de los EEUU, como Japón, Taiwán y los mismos integrantes de la OTAN, cuya seguridad externa depende, en buena medida, de la garantía militar norteamericana, perderían la confianza en la misma. Sin embargo, dada la impopularidad de la intervención militar en una opinión pública norteamericana, “cansada” por las guerras de Iraq y Afganistán, en una época de déficit fiscal y crisis económica, creó las condiciones para que Obama buscara el jurídicamente innecesario apoyo del Congreso para tratar de “repartir” el costo político interno de la intervención. La aprobación parlamentaria no era fácil por la “non santa” alianza en contra de la acción militar de las “palomas”, demócratas pacifistas a ultranza, los republicanos aislacionistas y los conservadores incapaces de apoyar a Obama en nada. Por eso, cuando Putin propuso la eliminación, con verificación internacional, de las armas químicas sirias, EEUU aceptó negociarla. El acuerdo se logró en tiempo record. De esta forma Obama evita, por ahora, una intervención impopular, logra un éxito diplomático en la aceptación por parte de Siria de destruir unas armas químicas, que Assad ni siquiera había admitido de poseer y puede afirmar que esto se logró, sólo por la amenaza creíble del uso de la fuerza. El tiempo dirá cuales serán los resultados efectivos del acuerdo. Mientras tanto la guerra civil, que ya ha provocado 120.000 víctimas y 6 millones de refugiados, continúa inexorablemente.
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