José Manuel Cuenca Toribio | Viernes 20 de septiembre de 2013
El pequeño haz de los fieles lectores del articulista conoce de antiguo su atracción fatal por el tema de las relaciones personales y su vehículo expresivo. Su experiencia en ello semeja confirmar el pensamiento nietzschiano de que la historia es el retorno de lo eternamente igual. Nacido y criado en su primera niñez cuando el imperio a que aspiraban los mandamases de entonces sólo se materializó en el enseñoreamiento del “tú” en el lenguaje de gran parte de la burocracia controlada por el falangismo, contempla en su ancianidad el triunfo arrollador del mencionado pronombre no ya en un amplio sector social sino en el conjunto de la comunidad española actual.
Pues, ciertamente, en lo que se lleva transcurrido del siglo XXI el avance de la marea igualitaria en el trato personal ha llegado a ser llamativa, con rendición de los últimos focos de numantina resistencia que tenían izada la bandera de la diferenciación pronominal. Así, esferas como las galénicas, reluctantes en las consultas privadas al empleo del tú, o las bancarias, sujetas hasta no ha mucho a un rígido protocolo lingüístico en sus contactos con los clientes en el que nunca se sobrepasó la línea roja de la discreción y el sacrosanto respeto a la ajeneidad, plegaron velas en el cerca ya del quindecenio de la centuria presente. Paralelamente y en un proceso por entero lógico, el nombre de pila sin ningún aditamento u ornato acusó en la cuestión que nos ocupa un resurgimiento muy acentuado, pudiéndose afirmar sin demasiada exageración que en dicho terreno limitamos ya con la fraternidad en que se cifrase la mejor de las utopías que atravesaron la modernidad.
Como signo de proximidad, tal hábito no tendría seguramente mucho que objetarse en un mundo cada vez más cosificado y, por ende, acezante de solidaridad si no fuese porque tal iniciativa no es más que el preámbulo para la irrupción brutal en el santuario de la intimidad, sometida a continuación a una lancinante devastación. Tomada la fortaleza pronominal, ya todo es un paseo militar hacia el destrozo de la individualidad más intransferible. La batalla lingüística siempre precede a la ideológica y ésta a la definitiva librada indeficientemente en el terreno político.
Y en ello estamos, en un acto más de la decadencia irrefrenable en que se eclipsan ante nuestros ojos las postreras perspectivas de la civilización parteada ha 2.500 años en una península asiática llamada Europa, en cuya vieja arca se guardaban el buen paño del recato y el sagrado derecho a la intimidad, preservado por los convencionalismos gramaticales, graníticos como todo lo que en otro tiempo separaba la convivencia de la polis del estado de naturaleza y del buen salvaje...
Empero, observado el cambio referido desde el ángulo de la muy sabia y aleccionadora musa de la historia, no deja de ser curioso y aleccionador. Tras el. desplome no por subitáneo menos impactante del comunismo, éste semeja haber ganado su cruzada más tremente de la igualdad del género humano mediante la supresión de todas las formas pronominales en beneficio de la implantación incontestable y hegemónica del tú y del vosotros. Los griegos y en su pos Nietzsche tenían, para no perder la costumbre, razón.