Lunes 23 de septiembre de 2013
Los Panero, al igual que las figuras de del jazz, se van muriendo. El mundo se va quedando sin paneros (y sin jazzeros), y esto es una pérdida fatal para toda una generación que nos educamos en el desencanto como alternativa vital. La película de Chavarri sobre ellos fue un descubrimiento mayor que la subida a los cielos de Carrero Blanco, o que la mismísima muerte de Franco. La muerte de Franco fue un suceso en blanco y negro de muy baja calidad, casi gris. En ella, los niños preadolescentes de mi época vimos cosas absolutamente incomprensibles: imágenes rancias de un hoy que era ayer, colas inmensas ante el féretro de alguien enigmático en el amor y en el odio, lágrimas y alegrías de amigos, parientes y observadores lejanos. ¿Cómo asimilar algo así? En Nueva York cinco años después se moría John Lennon, pero en España se moría Franco, y por encima de ellos volaba Carrero Blanco en un Dodge negro, tan brillante y umbroso como un féretro lacado. El Dodge rebotó en la cornisa de un monasterio y cayó a plomo en un patio si no monacal sí al menos con sabor a granito de Guadarrama. Con su sordo sonido a metal blindado, a cápsula metálica, la muerte de Carrero Blanco cerró muchas cosas, pero sobre todo cerró mi colegio ese día, lo que era quizá el único aspecto realmente comprensible de aquella muerte para un niño de mi época. “¡Hoy no hay colegio!” gritábamos. “¡Buah! Que vuelen más…” dijo alguno.
Los Panero se mueren sin volar, pero dejan unas sombras blancas y negras que en esos años sellaron el destino de algunas almas. Almas que viven en “El desencanto” de Jaime Chávarri. Porque en su historia, en su caos, en su postura absolutamente antipolítica y plenamente estética, el espectador adolescente adivinaba que había algo más en el universo aparte de libertades o falta de ellas. Que por debajo o por encima de cualquier situación política y social había otras consideraciones personales amargas y dulces, añorantes y profundamente desencantadas. Que, además del mundo político y social al que la transición pintó una sonrisa, había otro universo más estético que ético, más ambiguo que claro, mucho más ambivalente. El universo del desencanto. ¿Y cómo no entregarse a él?
Hoy, que tan de moda está todo lo que lleva la palabra “encanto” (hay hoteles con encanto, restaurantes con encanto, playas con encanto, libros con encanto, y hasta en algún suplemento dominical políticos con encanto…), es fácil ver que Chávarri (o quizá Querejeta) fue tremendamente sagaz al titularlo “el desencanto”. Para algunos, esta palabra selló un destino, el de su búsqueda. Frente a las chicas con encanto, preferimos las que tenían desencanto, a los amigos encantadores los desencantadores, a los trabajos que encantaban los que desencantaban, y así siempre. La opción con desencanto era siempre la mejor opción, la más atrevida, la más interesante, la más plena. Nos gustaba Juan Benet cuando con su chaqueta de tweed faulkneriana y aquel tupé que le ocultaba la frente declaraba que abominaba de la expresión “me encanta”, que por él podía desaparecer de la lengua española, o cuando cerraba la entrevista diciendo que el problema de España es que nunca llueve lo suficiente; o Gil de Biedma cuando en De Vita Beata decía aquello de vivir en un viejo país ineficiente como un noble entre las ruinas de su inteligencia. Todos aspirábamos a ser nobles en alpargatas reales, no de verano, o mejor condes sin condado descalzos, con inteligencias ruinosas y desencantadas.
El universo paneriano, estaba formado por la familia y el individuo. Su esquema, su planteamiento, era fácilmente comprensible y tremendamente atractivo para cualquier adolescente: mi madre y yo, mi padre y yo, mis hermanos y yo, los veranos y yo, la casa de mis abuelos y yo… El fantasma de mi padre, y mi madre y yo… A vueltas con un triángulo obsesivo, solipsista, aparentemente simple, pero que incluía a Sófocles, Freud, Baudelaire, Rimbaud, Dalí, Ezra Pound, Woody Allen… Un cocktail de narcisismo, paranoia, edipismo, esnobismo, humorismo… No sé cuántos ismos había allí, pero muchos más que en el resto de la sociedad española de casi todo aquel siglo, el XX. Porque la sociedad aquella española, para las mentes adolescentes del momento, tan solo ofrecía horrores, con encanto, eso sí: la pompa de la política y la sociedad, el maniqueísmo simplista de gran parte del cine y la literatura, el folklorismo de unas películas repletas de actores bajitos que gritaban mucho, y la ñoñería de una televisión que pensaba que los niños y adolescentes eran fundamentalmente idiotas.
Todo aquello comenzó a variar de rumbo con la transición, pero para los que vimos a los Panero en “El desencanto”, lo único bueno que podíamos encontrar eran grietas y huecos donde moraba el desencanto: las palabras oscuras de Benet o Biedma, los himnos grises de Golpes Bajos o Derribos Arias, las herramientas herrumbrosas de Sicilia o los arrebatos de Zulueta.
Se mueren los Panero, se van muriendo. Michi ya pasó, y ahora es Juan Luis. Tan solo sigue vivo el más improbable de todos, Leopoldo María, el loco, el infame, el innominable, el que escribió “Voy pasando oscuramente de mí a tu memoria”. Pasarán. Morirán. Pero quedaremos algunos buscando por los pozos y las grietas cualquier ligero resto de su lección. Aquella que pregona que la conciencia siempre conlleva desilusión. Y que la desilusión, por tanto, es una señal del conocimiento. El dulce y epifánico mecanismo del desencanto.